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POLITICA NACIONAL

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"HEMOS RECIBIDO EL MENSAJE: TOMAMOS NOTA"

2016 pasará la historia de España como el año de la “legislatura frustrada”, la XI, cuando el bloqueo institucional se apoderó del país. Fueron más de 300 días sumidos en la incertidumbre política, incapaces los partidos de formar Gobierno tras dos citas electorales consecutivas, hasta que se produjo la investidura a finales de octubre.

Rajoy ha pasado de apostar por el relevo en el PP a aspirar a un mandato de ocho años, que es lo único que verdaderamente le importa. Pese a lo que quiere aparentar, su mayor éxito ha sido su estrategia de esperar al suicidio político de Pedro Sánchez y confiar en que el PSOE le devolviera el poder. Nadie discute ahora su particular forma de manejar los tiempos. Recuperar el Gobierno, encargar a los suyos un congreso a su medida, en el que la única incógnita es su secretaria general, María Dores de Cospedal, que previsiblemente seguirá en el cargo. En su camaleónica estrategia, siempre bajo el paraguas de la opción menos mala, ha pasado de bajar los impuestos a todo lo contrario, de subir las pensiones en función de la pérdida de poder adquisitivo a un humillante aumento de un 0`25 %, a no intentar reestructurar el inasumible aparato del Estado, y otras iniciativas de regeneración y desigualdad social que se han desinflado como un globo de feria. Es decir, pagar los excesos de una administración incapaz de apretarse el cinturón. A ellos lo único que Les importa es ganar las elecciones y aplicar el recurso  fácil: estrujar un paco más a las clases medias, condenadas a cargar  sobre sus espaldas todo el peso de una política basada en la irresponsabilidad.

El panorama en el parlamento es desolador. Si damos un repaso a sus antagonistas, la cámara que iba a ser apasionada y convulsa es ya un órgano inoperante de ideas como todo lo que toca Rajoy. El PSOE está cautivo, desmochado de liderazgo. Sin voluntad ni recursos, imposibilitado para superar la división que instaló en su seno en el Congreso de Sevilla de 2012 y elegir un secretario general con suficiente respaldo con voto de los militantes para no ser cuestionado al día siguiente y aclarar su relación con PSC, que podría acabar con el partido catalán fuera de los órganos federales. Pedro Sánchez que pasó un período de abatimiento personal tras lo ocurrido en el tumultuoso Comité Federal para enfriar los ánimos en un PSOE que es un solar según admite su presidente, el asturiano Javier Fernández, ahora acaricia la idea de intentarlo de nuevo: muerto per no vencido. Lo que sí ha quedado claro es que Pedro Sánchez, ni se le percibe como una esperanza de futuro, ni genera las expectativas para ello. Los tres principales intentos de Sánchez por atraer el foco de la atención pública han resultado un fracaso. Ni su caravana abierta a los militantes, ni su convocatoria de afines con apenas 50 incondicionales de segunda línea, ni la apertura de una sede pirata paralela a Ferraz, han sido germen de una propuesta convincente. Ni siquiera ha sabido aprovechar la profunda crisis que Podemos está ofreciendo a su militancia con un espectáculo jamás visto en un partido de apenas tres años de vida. Su perfil bajo se ha convertido en un handicap desesperanzador para sus simpatizantes.

Pablo Iglesias disperso en un viaje a la radicalidad y en su proyecto de autodestrucción, ha alcanzado tal grado de extravagancia ajena al sentido del ridículo que parece un ídolo de rock en fase terminal. El partido que según las encuestas suponía un sorpasso para los socialistas, ha quedado fracturado en tres familias de las que gozaba cuando no estaba en el parlamento. Solo un pacto entre Errejón e Iglesias puede lograr que la línea oficial sea ampliamente mayoritaria. Su labor de oposición pasará en el centro del debate, aunque saben que su liderazgo depende de cómo se comporte e PSOE. Podemos ha perdido su capacidad de iniciativa de la que gozaba cuando no estaba en el parlamento.

Ciudadanos lucha contra la irrelevancia. Obligado a entenderse con el PP pero sin fuerza para ser su socio imprescindible, se ve atrapado entre Rajoy y la necesidad de este de pactar con el PSOE. Rivera se ve obligado a proyectar imagen de actor protagonista, aunque cualquier día de estos no le invitaran ni a cenar.

Con ese paisaje lamentable, donde queda constatado que no nos queda nada que echarle a Rajoy, los españoles desconcertados o casi resignados, a pagar a escote. Así las cosas, y como la izquierda es incapaz en la actualidad de proporcionar un candidato que permita anunciar un panorama esperanzador, hay que conformarse con el propio ecosistema de Rajoy. Ni siquiera Cataluña, que sigue siendo en 2017 un problema para la unidad de España, la gran amenaza para el Estado que, con tanta negociación pusilánime y condescendiente, el tabú del pensamiento ilusorio está ocultando un peligroso movimiento de placas subterráneas. Los otros grandes conflictos políticos y sociales - la economía, el empleo, la corrupción, la inestabilidad, la desigualdad social- quedarán condicionadas por el “marrón” que nos dejará la “operación dialogo”; no importan otros intereses que los suyos, los irán encarrilando según convenga, y si no a esperar. 

El presidente, cada vez más satisfecho de haberse conocido, mira el nuevo año con optimismo tras haber logrado acuerdos cediendo ante la oposición, especialmente con el PSOE al que consiguió sacar del “no es no” a la abstención, negociando algún puntual pacto y confiando en sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado de 2017 convertidos hoy en su gran reto.  Pese a la debilidad aritmética en el Congreso, Mariano Rajoy predice una legislatura larga, ahuyentando el fantasma de las urnas que algunos creyeron agitar cuando en la cena de Navidad del PP de Madrid el Presidente despidió a la militancia con “hasta las próximas elecciones”, sin duda pensando en los retos que le esperan en las negociaciones, especialmente en lo referido a la reforma laboral, los socialistas exigen renunciar al núcleo de la ley para poder llegar a un pacto y será muy difícil que el Ejecutivo acepte esta exigencia. Constituye un error, además de clamoroso, superfluo, rearmar a la oposición para reconstruir su tópico populista.

Aún así, los socialistas saben que uniendo fuerzas con Podemos y los grupos nacionalistas su partido cuenta con mayoría parlamentaria suficiente para legislar en contra del Ejecutivo. Y todo ello a cambio de ningún beneficio, porque con las minorías parlamentarias nada práctico  pueda salir adelante sin consenso. Sin previa negociación solo sirve para armar una política estéril que perjudica tanto a la oposición como al Gobierno. Un ejercicio incierto que, por su particular forma de ser, Mariano Rajoy ha pasado de estar a punto de perder el poder, pese a ser el más votado, a dominar los tiempos, de apostar por el relevo a aspirar a un mandato de ocho años que, pese a lo que quiere aparentar, es lo único que verdaderamente le importa.

En cualquier caso. El próximo 3 de mayo se cumple un año de la disolución de las anteriores Cortes y la convocatoria de las elecciones del 26 de junio. A partir de ese momento, según la Constitución, el presidente del Gobierno puede optar por un adelanto electoral, en la creencia de que las encuestas aparentan estar a su favor.

12 de enero 2017  Las fotografías pertenecen a sus autores

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