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TERRORISMO YIHADISTA

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TERRORISMO YIHADISTA: LA GRAN PESADILLA DE OCCIDENTE.

El terrorismo yihadista es el mayor problema de seguridad al que se enfrenta  el mundo libre. Europa sabe con certeza de lo que es capaz el terrorismo islámico y la gravedad del problema que nos acecha. París, Bruselas, Copenhague, Niza, Berlín y recientemente Estambul, donde se ha podido apreciar lo que puede  hacer un grupo minúsculo, incluso una sola persona.  España sabe con certeza de lo que es capaz el terrorismo islámico, trágicamente presente con una matanza en el restaurante “El descanso” que, presuntamente, perseguía atacar a los militares estadounidenses de la base de Torrejón, pero que terminó asesinando a una veintena de españoles. EL Estado Islámico está golpeando con saña, todos somos objetivo del yihadismo y no es un mensaje alarmista, cuatro de cada diez españoles están convencidos de que la posibilidad de que se produzca un atentado terrorista en España es alta.

Nuestras  fuerzas de seguridad son un ejemplo de eficacia, con los dos de estos días, son más de 150 los yihadistas detenidos en los dos últimos años en España. Las cifras evidencian la gravedad del problema y la amenaza que pende sobre nosotros. Los detenidos tenían en su chabola de Vicálvaro munición suficiente para una matanza infernal con un fusil AK-47, lo que pone de manifiesto la alta cualificación de su infraestructura criminal y, sobre todo, su capacidad de reclutamiento. Estamos ante un conflicto de dimensiones desconocidas en el que el objetivo principal es la población civil.

A pesar de constante desafío y la amenaza que obliga a una alerta permanente, Europa se ha visto obligada a blindarse ante los ataques terroristas en las celebraciones de Navidad y año nuevo. En los sesenta años de vida del proyecto comunitario, nunca había habido una percepción más aguda de que los problemas de seguridad son de orden colectivo, que ningún país por sí solo es capaz de hacer frente a esta amenaza criminal.

Las grandes urbes se han visto obligadas a unas medidas de seguridad inéditas. El ciudadano del mundo se encuentra sobrecogido ante la evidencia de un enemigo de dimensión desconocida e imprevisible. Las autoridades desconcertadas adoptan medidas de riesgo de difícil previsión  y dudosa eficacia. Por citar algún ejemplo. Alemania: solo en Polonia 1.500 agentes de la policía federal han sido desplegados en el centro de la ciudad, junto a más de 500 guardias de seguridad que aportan tres empresas privadas subcontratadas; muros de hormigón impiden los accesos a las zonas de celebración, numerosos vehículos policiales y un sin fin de cámaras de vigilancia... Francia: el Gobierno francés ha movilizado 96.000 personas entre policías, gendarmes y militares. Eso incluye agentes de civil que circulan de paisano para vigilar comportamientos sospechosos... Reino Unido: solo en el área metropolitana de Londres ha movilizado 3.000 agentes durante los fuegos artificiales que suelen atraer a cientos de miles de personas. Es fácil el cálculo sobre los 3.500 grandes eventos meticulosamente planificados en su seguridad que propone la comisaría de la MET... Bélgica: independientemente de despliegue policial, el alcalde de Bruselas, ciudad donde un ataque suicida acabó con la vida de 32 personas e hirió a otras 300 el pasado mes de marzo, afín de poder celebrar los fuegos artificiales para recibir el nuevo año el Ayuntamiento, entre otras medidas, se ha visto obligado a cerrar varias estaciones de metro,  a peatonal calles, y  otros estrictos controles de seguridad... Italia: que vive en alerta máxima. Las consecuencias del atentado de Berlín se perciben en todas las grandes ciudades italianas, donde se han establecido medidas como nunca antes se había visto. Y lo que es peor, el miedo a que entre los millones de refugiados se hayan infiltrado células terroristas que puedan estar en un estado latente hasta que reciban a orden de actuar. El terrorismo islamista lanzó el mensaje de que quería acabar con los principios básicos de la sociedad democrática.

Y podríamos seguir hasta un recorrido interminable. El terror es un lenguaje en el que no hay que buscar más significados que el de la propia muerte. Aquí  nadie está libre, la evidencia la ofrece el país más poderoso del mundo, Estados Unidos ha sido escenario de los ejemplos más terribles; a pesar de su alerta máxima, la amenaza se cierne en cualquier momento y lugar. El pasado viernes en el Aeropuerto internacional de Fort Lauderdale, Florida, a una hora de Miami,  una persona abrió fuego en la zona de recogida de equipajes de la terminal 2, con cinco personas muertas y dos en estado crítico. Cientos de pasajeros presos del pánico fueron evacuados a las pistas de aterrizaje del aeródromo donde se tomaron medidas extraordinarias de seguridad.

Occidente está perdiendo esta guerra, sería infantil no reconocerlo. No hay islamista que no sepa que asesinar masivamente en Europa está al alcance de un niño, es evidente, por tonto, que necesita un ejército y cuanto más se tarde en reconocerlo más trágico será el balance. Occidente vive en un estado de guerra permanente, luchamos contra un enemigo imprevisible al que superamos en todo menos en eficacia: nosotros defendemos la vida y el futuro, ellos la destrucción, el terror y la muerte, incluido la suya propia. Estamos en evidente desventaja.

Los actos terroristas se suceden tan deprisa que antes de asimilar el inmediato se nos anuncia el siguiente. Cada vez son más frecuentes los brotes de violencia que antes eran esporádicos. Ahora en Israel, un país que ha sido capaz de resistir las embestidas de los ejércitos árabes combinados. Un camión arremete en Jerusalén contra un grupo de militares: al menos cuatro de ellos mueren y otros quince resultaron heridos de diversa consideración. Antes de estas muertes, 35 ciudadanos israelíes habían perdido la vida en ataques perpetrados por agresores  árabes desde octubre de 2015.  Nada distinto de lo que está sucediendo en cualquier punto de Europa, la única diferencia es que la defensa armada contra el agresor es inmediata, el asesino es abatido antes de culminar su matanza. Cada israelí sabe que sigue vivo porque su vida es un combate con las armas. El ciudadano europeo se sabe incapaz de hacer otro uso de las armas que no sea servirles de blanco.

11 de enero 2016 Las fotografías pertenecen a sus autores

 

 

 

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