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                                       VIII

OTRAS ACTIVIDAES, OTROS AMIGOS, OTROS CONCEPTOS

 

 

 

       ÁNGEL SANCHIS PERALES

 

      En esa prospección publicitaria que se hizo al principio de mi incorporación al diario El Alcázar, conocí a un hombre muy especial: su nombre Ángel Sanchis Perales. Más o menos de mi edad, con una capacidad de gestión contagiosa, delgado, mediana estatura, de aspecto atildado, resultón, imaginativo, ambicioso, con el decidido propósito de conseguir posición y riqueza. Ejercía como responsable, director…, de FONTISA una oficina que gestionaba, vendía o tramitaba bonos de no sé qué invento, creo que de Banesto. Allí no había más empleado que él aunque siempre aparecía con una gran actividad. Nos encargaba publicidad, más o menos periódica. No recuerdo si el primer contacto lo hice yo o alguna de las personas que colaboraban conmigo, pero la cuestión es que se creó una excelente relación; descubrimos amigos comunes: el abogado Ignacio Duato -valenciano como él-, o el escultor Aurelio Teno –que, en su faceta de diseñador de joyería, tenía alguna relación con Ignacio-; se fue creando un círculo cada vez más estrecho.

        Nos veíamos con frecuencia, yo creo que había admiración mutua; él hablaba de su proyecto de crear una gran financiera; aunque en principio parecía una operación demasiado ambiciosa, dado el ambiente en el que se desenvolvía, lo exponía con tal convicción que parecía real y creíble. Yo estaba ocupado en actividades tan diversas que a él, igualmente, le causaba cierta admiración. En esta relación amistosa-comercial surgió la oportunidad de firmar un contrato publicitario para insertar en los diarios Madrid y Alcázar, con una considerable reducción del precio al tratarse de una cantidad fija y programada. Estamos hablando de unas 200.000 pesetas, mucho dinero para la época, cuyos anuncios iniciaron su aparición con la normalidad prevista.

       A los pocos días me llamó para decirme que esa publicidad contratada no tenía ya sentido porque había iniciado otros proyectos y dejaba ese trabajo. Él sabía que teníamos un contrato firmado y por tanto no era fácil la solución, pero sin pensármelo dos veces le dije que no se preocupara, que rompíamos el compromiso, ya tendríamos tiempo de colaborar en otra ocasión. Me lo agradeció efusivamente y me prometió que no tardaría mucho tiempo en devolverme el favor. Así quedó la cosa, pasaron unos meses en que estuvimos un poco distanciados, yo tenía una actividad tan intensa que apenas dejaba tiempo para otra cosa.

       Me llamó un día de junio de 1972, quedamos a comer. Él sabía de mí por mis frecuentes apariciones en  televisión y mis colaboraciones en el periódico, que al parecer seguía. Sin embargo yo estaba un poco descolocado sobre su actividad. Quedé muy sorprendido de sus progresos, había creado un entramado empresarial que parecía cosa de magia. Tres grandes financieras, ECOFIN: Europea de Financiación Comercial, S.A; OFISA: Occidental de Crédito y Finanzas, S.A; y OPERASA: Compañía Española de Operativa Financiera, S.A. Este tipo de empresas se mueven únicamente con dinero, y dada la envergadura de las operaciones que tramitaban hacía pensar que estaban manejando un gran capital. Aqui no ocurre como con los bancos que, en su mayor parte, prestan el dinero de sus ahorradores, o titulares de cuentas, lo que les convierte –aparentemente- en sociedades de gestión; sin embargo las financieras solo prestan dinero y para eso hay que tenerlo. Viven –en la mayor parte de sus operaciones- de la usura, con intereses y comisiones más altos de lo habitual, pero se trabaja únicamente con efectivo y ahí  no hay margen para la magia. Pero esto no es todo, era un verdadero Holding lo que había proyectado; incluía el tema de la construcción, siempre tan rentable, con INMOBILIARIA 25, S.A. Una  agencia de publicidad –de servicios generales- TAP, S.A. Su propia asesoría jurídica –varios abogados- con Ignacio Duato a la cabeza. Todas estas empresas con instalaciones  propias y muchas pretensiones. ¡Ah!, y las oficinas centrales en Capitán Haya,  desde donde dirigía todo el entramado, mercantil y financiero,  desde su majestuosa posición de dios supremo e infalible. Yo estaba tan sorprendido que todo aquello me parecía ciencia ficción, pero enseguida tendría la oportunidad de comprobar que se había quedado corto en la exposición.

       De pronto, en un momento de la conversación,  me dijo: el motivo de mi llamada no ha sido solamente para hablar, recordar otros tiempos o contarnos nuestros progresos, que también, ha sido muy agradable; me he acordado mucho de ti a pesar de haber estado un poco distanciados, así que vamos al grano. Quiero que te hagas cargo de nuestra agencia de publicidad Tapsa, como director general. Es fácil suponer la impresión que me causó su oferta, pero yo reaccioné con absoluta tranquilidad. ¿Y en qué situación queda el actual director?, pregunto. Es un asunto resuelto, hemos llegado a un acuerdo con él y se marcha, no hay obstáculo alguno. Suponiendo que acepte, me lo tengo que pensar, tendría que abandonar cualquier otra actividad a excepción de Televisión Española que no es negociable, compaginando las dos actividades, y pienso que te va a resultar un poco caro. El sueldo, de momento, tiene que ser el mismo que el del anterior director –contestó-, hasta que yo someta al consejo mi nueva propuesta tendrás que confiar en mí; solo te puedo decir que recibirás el diez por ciento de las acciones, supongo que para empezar no está mal. Hay otra cosa que tampoco es negociable, quiero libertad absoluta para hacer, deshacer, y reestructurar la empresa como yo considere necesario. Eso se da por hecho, los directores de mis empresas tienen libertad total de actuación, aquí cuentan los resultados.

       Cuando yo me hice cargo de TAPSA ofrecía una estructura muy poco operativa para ser una agencia de servicios generales; cuantos complementos eran necesarios para la confección de los soportes de cualquier campaña se cubría a base  de free lance y esto no solo encarecía notablemente los costes,  sino que no había inmediatez al tener que depender de oficios y creativos ajenos. Lo primero fue crear el departamento de Arte al frente del cual se necesitaba un hombre con cualidades artísticas, imaginativo, buen dibujante, conocedor de soportes y sistemas auxiliares,  experimentado en esta especialidad como director de este departamento en otras agencias. Se puso un anuncio con el compromiso de confidencialidad al que respondió tal cantidad  de personal cualificado que hizo dificultosa la selección.

       La elección final recayó en un excelente profesional, Andrés del Fresno Fernández, al que se le dio la oportunidad de crear su propio equipo, con medios suficientes, incluido laboratorio fotográfico. Con los recursos y materiales disponibles en aquella época era imprescindible derrochar habilidad e ingenio  para dotar de presencia y atractivo a los bocetos y originales -arte final- que daban vida y efectividad a los mensajes de una campaña. Entonces no existía, ni remotamente, la posibilidad de diseño  por ordenador y otros medios que tanta magia y fantasía ha incorporado al mensaje publicitario. Jamás un artista había podido manejar a su antojo, como ahora, el espacio y el tiempo, narrativos y expresivos,  el color, al servicio de una idea o un proyecto publicitario. Por tanto,  la publicidad de entonces basada en un planteamiento ingenioso y original ha permanecido en el tiempo y en la memoria, con anuncios tan emblemáticos como el toro de Osborne, o el muñeco de Michelin… El instinto anima la creatividad. La imagen es la reina del arte. Una imagen bien elegida domina al conjunto creador.

        Se dotó de presencia jerárquica a los distintos departamentos de gestión, creatividad, calidad y control, con sus respectivos responsables de departamento: Jefe de Medios; Jefe de Relaciones Públicas; Supervisor de Cuentas… Se trataba de crear un organigrama acorde con el concepto que yo tenía de una agencia de publicidad, conjugando gran parte de los efectos mágicos del arte de la imagen y su mensaje cuyo portavoz es el artista que se esfuerza al servicio de una misión, de un proyecto que, al carecer de  soporte tecnológico y sus enormes posibilidades de expresión, deberá basarse en el ingenio y la creatividad. Lo suyo no era un simple oficio mecánico o técnico sino una forma de expresión innovadora y autentica; dotada de un lenguaje propio, de una autonomía estética que adquiere una dimensión nueva, unas posibilidades  expresivas al servicio del mensaje cuyo portador es el artista que se exprime a sí mismo con entrega y dedicación. Un equipo compacto, unido al servicio de una idea y de un proyecto común. El esfuerzo de los creadores, su nuevo estilo desplegado con técnica singular definidora del arte realizado con entusiasmo y deseo de renovación, amparado en un diseño más o menos futurista que se pretende eficaz. Esta era mi idea, posiblemente demasiado romántica e idealista, pero era como yo lo veía,  y así es como se hizo.

       Los resultados no se hicieron esperar, durante el primer mes de mi mandato ya habíamos conseguido la confianza de una diversidad de empresas que nos confiaron parte de su presupuesto publicitario: por citar alguna, Telefónica, Solares, Cajas de ahorros Confederadas…, y, naturalmente,  todas las del grupo  empresarial al que pertenecíamos. Entre ellas Nuevo Banco un proyecto estrella de Ángel Sanchis al que aportaríamos  nuestra colaboración con una campaña de publicidad que se supuso definitiva.

       La creación de una nueva entidad bancaria no es empresa fácil ni un proyecto baladí que se pueda improvisar de la noche a la mañana, y mucho menos en aquellos años de tanta incertidumbre política. Para llevar a la práctica un proyecto tan ambicioso, independientemente de apoyos financieros de gran relevancia, era preciso moverse a unos niveles de influencia, crear un entramado de intereses, contactos de altura y sólidos apoyos, que parecía impensable que este hombre hubiera podido conseguir en tan corto espacio de tiempo. Su principal  mérito, creo yo, estaba en su intuición y, sobre todo, en su osadía. La campaña de publicidad inicial fue muy tímida, una especie  de tanteo, de prospección, de prudencia propia de un hombre acostumbrado a poner los sueños en la torre de marfil manteniendo los pies sobre la tierra. Los anuncios para la captación de apoyos estaban dotados de una carga subliminal que contagiaba poder y enriquecimiento. El soporte publicitario ofrecía la sugerente imagen de un hombre sentado en un imaginativo sillón que irradiaba posición y rentabilidad. Y la idea sobre la que giraba el mensaje: ¿Quiere usted ser socio fundador de un banco?. La respuesta fue sorprendente, se interesó por la propuesta gente de muy diversa posición: inversores, hombres de empresa, personas con influencia, militares de alta graduación que veían la posibilidad de rentabilizar su participación en la cruzada aportando privilegios; esto le dio firmeza al proyecto y afianzó su credibilidad. No es exacto, pues esta operación se llevó con un secretismo absoluto, pero muy aproximado, como se puede deducir desde mi posición de testigo  excepcional y cercano. Tras un período frenético de trámite -que llevaría su tiempo-, constitución,  actividad organizativa -en la que un numeroso grupo de personas trabajaban prácticamente día y noche-, Nuevo Banco instalaría  sus oficinas centrales en el número 3 del Paseo de la Habana. El sueño se había consumado, el “buque insignia” de éste “mago” de las finanzas, Ángel Sanchis Perales, inició su travesía con orgullo renovado.

       Simultáneamente, en estos meses de actividad tan diversa la agencia de publicidad –Tapsa- se movía a buenos niveles de ocupación. A través de contactos personales conseguí la concesión de la revista de Información General de la Marina “Correo del Mar”, de la que fui director ejecutivo. Coincidiendo con la salida de Correo del Mar mis compañeros de los servicios informativos de TVE realizaron un reportaje de apoyo dando la bienvenida a la nueva revista y hablando de los que teníamos la responsabilidad de conducirla. (Enero 1973). Tuve un colaborador excepcional, Agustín Cortajarena,  un periodista completo, que además de sus tareas como subdirector se encargaba de coordinar, con el departamento de arte de la agencia, la confección de la revista y de controlar la impresión (25,000 ejemplares), ayudado en todo el proceso  por María Victoria  García Pascua –su mujer, periodista también- que actuaba como redactora jefe. Agustín Cortajarena pertenecía a los servicios informativos de Televisión Española.

 

 

         Se nos murió años después repentinamente en Caracas, mientras cubría informativamente los actos de la visita del  Presidente Felipe González a aquel país, con apenas cumplidos 40 Años.

 

         Casi simultáneamente conseguí la delegación de la revista musical “Disco Exprés”, de difusión nacional. Se editaba en Pamplona y se nutría de información y publicidad, en su mayor parte, de Barcelona y Madrid. Contábamos con la colaboración de un excelente periodista, Juan Carlos Azcue un todo-terreno, compañero en los servicios informativos de Televisión Española, con un excelente resultado en su trabajo se ocupaba de tener a la revista informada de la actualidad musical, y de unos reportajes de fondo realmente interesantes.

        También colaboraba con nosotros un ingenioso dibujante Pedro Lerma Gámez, más conocido como “Petrus”, magnifico caricaturista, se había puesto de moda por su habitual participación en los programas informativos de Televisión Española donde daba una buena muestra de su ingenio y maestría. Se ocupaba de las páginas de humor, de las caricaturas de los entrevistados, de ilustraciones varias de las dos publicaciones –“Disco Exprés” y “Correo del Mar”- e, incluso, colaboraba ingeniosamente en la creatividad de algunos anuncios. “Petrus” era un hombre muy original, un poco desaliñado en  el vestir, y con una rebeldía innata que formaba parte de su carácter, él tenía que hacer las cosas a su modo, aunque aparentemente aceptaba cualquier observación la ejecución era una incógnita, pero siempre muy eficaz.

      Más tarde se vería envuelto en un escandaloso episodio relacionado con  un centro de  rehabilitación de  toxicómanos  Narconon, al parecer, relacionado con la iglesia de la Cienciología.

 

       Por aquellos días –noviembre de 1973- se celebraban elecciones municipales. Un amigo mío, José María Gómez de la Borbolla se presentaba por el distrito Retiro-Moratalaz a concejal del Ayuntamiento de Madrid por el Tercio Familiar. Yo fui su director de campaña y agente electoral, ratificado ante la Junta Electoral Municipal con fecha 7 de noviembre de 1973, y ante el notario de Madrid Don Juan Arroyo Pucheu, 13/11/1973. El centro de operaciones se instaló en el salón “Bruselas” de Iberia Mart, edificio destinado a presentaciones y reuniones comerciales,  y la campaña publicitaria se desarrolló a través de nuestra agencia de publicidad Tapsa.

       Coincidió por aquellos días que un realizador de éxito, un profesional indiscutiblemente brillante, un hombre con capacidad de gestión, Enrique Martí Maqueda había tenido problemas con Televisión Española y estaba literalmente en el paro –entonces no había más televisión que ésta y  por tanto la dinámica que se imponía era o estás conmigo o contra mí-, así es como se vio obligado a buscarse la vida y apareció por la agencia ofreciéndose para cualquier colaboración. Fue muy oportuno pues se le asignó  la responsabilidad de la organización de la campaña durante los días previos a las elecciones municipales. Estábamos implicados casi todo el personal de la agencia, más un buen número de amigos y colaboradores voluntarios que desarrollaban una actividad frenética. Se repartieron cientos de miles de octavillas, se inundaron las paredes de carteles, se buzonearon diversidad de folletos y otros mensajes en forma de cartas personalizadas,  imitación de  telegramas… Enrique Martí Maqueda parecía tener el don de la ubicuidad, estaba en todas partes, incluso grababa con su propia voz los mensajes y soflamas que  difundían, a través de altavoces, coches que patrullaban las calles del distrito, algunas veces él iba dentro del coche -micrófono en mano- improvisando su discurso. Otras con la colaboración de su compañera sentimental de entonces, la actriz Paca Gabaldón, que también hizo lo que pudo. Es apasionante vivir por dentro una operación de este tipo, no hay lugar para el descanso ni momento para el sosiego, se vive al límite, una cosa conduce a la otra, unas veces de  euforia colectiva otras con pesimismo contagioso.

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          El candidato, José María Gómez de la Borbolla, basaba sus propuestas en ideas muy avanzadas para la época: considero indispensable la igualdad de derechos de la mujer; su total integración en la sociedad actual; su liberación mediante la organización de guarderías infantiles; y especial atención a  las justas exigencias de las amas de casa.

 

       Mientras tanto, el grupo empresarial al que pertenecíamos ofrecía un  vertiginoso y espectacular  ascenso, con la incorporación de otras empresas de nueva creación. NUVASA: Nueva administración de Valores, S.A.; NUEVOS VALORES: Sociedad de cartera; Y BANCO INDUSTRIAL DE BADAJOZ (En constitución). Todo ello promovido eficazmente por su promotor y gestor en una  expansión continua e imparable. Ángel Sanchis Perales era un hombre de una ambición desmedida, aunque sí controlada, que motivaba la realización de proyectos que habrían sido impensables sobre el papel en tan corto espacio de tiempo. Dirigía todo aquel grupo empresarial con mano de hierro, con  energía desbordante y control férreo. Su equipo más cercano estaba compuesto por personas curtidas en este entramado financiero, dotadas de esa coraza que inmuniza contra cualquier tipo de  sensibilidad, ajenos a las miserias humanas, poco o nada receptores a cualquier rasgo de humanidad, familiarizados con la manipulación y el equívoco planteado con razonamientos creíbles con posibilidad de incumplimiento. Su hombre más cercano, su persona de confianza, reunía sin excepción todas estas cualidades que acabo de describir, aparecía adornado con plumaje de pavo real pero su instinto rezumaba un doble fondo predispuesto a la acción traicionera del cuervo. El problema estaba en que era un hombre tan curtido en la manipulación que sabía disfrazar sus dobles intenciones con matices  de amabilidad y lisonja tan efectivos que cuando llegaba a consumarse la traición ya era tarde para reaccionar. Supongo que este es el secreto que favorece el ascenso tan vertiginoso de un entramado financiero tan próspero que se mueve en unos parámetros de insensibilidad alimentada por necesidades y miserias de personas que irremediablemente carecen de otras opciones. Práctica por otra parte generalizada en España, en cualquier proceso bancario o financiero.

       Sin embargo yo tardaría mucho tiempo en llegar a esta conclusión tan desfavorable, pues mi admiración por el amigo rayaba en la devoción. Ángel  Sanchis era un hombre amable, de gran sensibilidad aparente, comprometido con su palabra, creíble en sus compromisos, cuidadoso en las formas, caprichoso  en los gustos. Al menos esa era mi percepción, los ojos con los que yo le veía. Mi relación con él era entrañablemente familiar, quizás el único director del grupo que tenía acceso directo sin el protocolo formal al que él sometía a todo el que estaba ligado a su inexorable mandato. Yo tenía con él una confianza, un grado de confidencialidad que jamás me hubiera hecho pensar que podría decepcionarme. Pero claro, tampoco le  había dado oportunidad. Las diferencias entre personas de tan distante posición económica solo afloran cuando la necesidad de la parte más débil acusa su debilidad de forma manifiesta, y este no era el caso. Ni siquiera fui lo suficientemente hábil para hacerme con algún privilegio. No tengo nada que agradecerle, si acaso todo lo contrario.

      La creación de Nuevo Banco llevaba implícito un planteamiento de expansión de dimensiones incalculables; la diversificación de oficinas en Madrid se ofrecía como un hecho evidente, y su proyección nacional como previsible. Ante estas perspectivas lógicas se imponía un arranque espectacular; había que darse a conocer a nivel popular y consolidar su posicionamiento con una gran campaña publicitaria que hiciera familiar -como entidad bancaria- su nombre y su logotipo, facilitando su desenvolvimiento comercial lógico, despertando confianza a posibles ahorradores y empresas,  consolidando su normal funcionamiento.

      El presupuesto de esta campaña -de dimensiones considerables-, daría estabilidad a nuestra agencia de publicidad -Tapsa-, y muchas posibilidades para ampliar su proyecto.

      Nos pusimos a trabajar sobre la marcha dispuestos a aprovechar esta oportunidad realizando un trabajo eficaz y original. Los bocetos y mensajes  estaban basados en una estética de impacto con modificaciones radicales de la realidad. Lo imaginario a través del mensaje; la alineación  del artista que trabaja, o crea, combinando realidad y fantasía; la conexión estética que da forma a una expresión artística a cuya realización se aspira basada en una imagen que despierte el interés que ejerce la publicidad sobre el individuo y su entorno familiar. Era el esfuerzo sublimado de todos hacia un proyecto que nos era común. El pensamiento unilateralmente dirigido a una sola idea, cualquier cosa podía servir de referencia. El arte alcanza su cima a través de la imagen que primariamente es también una creación del alma humana, aunque frecuentemente haya sido posibilitado y embellecido por la técnica existente. Ello quiere decir que la imagen a que nos han acostumbrado los medios de comunicación solo podía ser un referente, el resultado previo y vital de una forma de comparecer ante el mundo, porque la imagen, en esencia, es el fruto perceptible de una percepción, de una sensación, de algo que estaba en el fondo creador de nosotros mismos.

       Sumido en esta profunda reflexión, con el convencimiento de que estábamos haciendo algo que podría significar el afianzamiento de la agencia y su futuro, sucede algo inexplicable que daría un giro radical a los acontecimientos. Ángel Sanchis me llama para decirme que ha vendido Tapsa y que Pedro Ruiz Nicoli –su Consejero Delegado- se hace cargo de la dirección. Me da a entender que pronto estaré ocupando un puesto similar en otra empresa, el grupo es muy grande. Yo reacciono tan fríamente que la situación se hace tensa y la explicación  innecesaria.

       Pocos días necesité para dejar en orden el traspaso. Me despedí del personal –uno a uno-, enviamos un saluda –cosas de la época- a clientes y proveedores comunicando mi marcha y presentando al nuevo director. El día de la despedida recibí una agradable sorpresa, el personal en muestra de afecto me entregaba un regalo  y un recuerdo que me llenó de emoción; un trabajo enmarcado, muy ingenioso –que conservo-, en el que aparecía todo el personal de la empresa; se le había acoplado, en perfecta sincronía a las caras de cada uno, cuerpos de futbolistas de los años treinta con el equipo muy conjuntado y yo, en un extremo, con traje de la época como presidente del club. No sabría explicar la emoción que sentí, solo expresar mi agradecimiento infinito a  cuantos  me hicieron  tan feliz ese día.

 

     Tapsita es el nombre coloquial con el que se refieren a la agencia al recordar esa época. Posteriormente, bajo la dirección de Pedro Ruíz Nicoli, TAPSA  llegaría a convertirse en la empresa de publicad más importante y de mayor facturación de España y, posteriormente, asociada con NW AYER, en multinacional con presencia en una gran parte del mundo.

 

 

 

 

 

     LAS VERDADES NO SE DESTRUYEN, SE CAMBIAN

 

     A pesar de que mi amistad con Ángel Sanchis aparecía quebradiza y más bien  deteriorada por esta circunstancia la relación nunca se dio por perdida. El afecto y la amistad  no se  improvisan de la noche a la mañana, están ahí, y no solo son una evidente necesidad  emocional, comparten sentimientos a través del corazón si el cerebro no ha sido condicionado e influido por el odio  o  la venganza: ingredientes que, en mi caso, no tienen fácil acomodo. Soy hombre temperamental, celoso de mi amor propio, y reacciono con energía cuando algo me perturba. Pero nada más, el tiempo suaviza el efecto -como el tapón a la gaseosa-, no conozco el rencor y menos con un amigo al que tanto admiraba. Había por medio muchas horas de relajada conversación, complicidad y sinceras confidencias, incluido algunas intimidades. Conmigo transmutaba personalidades diametralmente opuestas; cuando nos veíamos a solas, despojado de cualquier estudiada postura, se mostraba cercano y asequible, sin posibilidad de asociarlo con aquel otro que aparecía revestido de autoridad y exigencia en las reuniones mensuales de directores, donde las felicitaciones de unos provocaba  los colores a otros; muy hábil. O los controles de empresa donde el director de turno exponía su estrategia acompañado de su jefe de contabilidad.

      Ángel Sanchis se había marcado dos metas: escalar la cima del Everest de las finanzas, y disfrutar de los placeres de la vida sin más límite que su salud, con la que era muy cuidadoso. Convencido de que el dinero lo compra todo –más si va acompañado de poder-, puso al servicio de esta causa cuantos valores personales y estratégicos disponía. Su grandes dotes de persuasión le permitieron conocer gentes muy influyentes que resultaron ser elemento esencial  en sus proyectos, entre ellos, Carlos Robles Piquer (un político muy activo en cargos) que sirvió de vínculo entre él y su cuñado  Manuel Fraga al que Sanchis quedó fraternalmente unido, ofreciendo apoyo y soporte económico para crear la que más tarde sería  Alianza Popular. Fraga disponía de despacho en las oficinas de Sanchis que aportando esfuerzo, tiempo y dinero, se comprometió en el proyecto de forma definitiva. Utilizando su magia estratégica, organizaba cenas en su casa a las que invitaba a un número determinado de empresarios –entre ocho y diez- que aportaban entre 500.000 y un millón de pesetas cada uno para la causa, repetidas en ocasiones sucesivas. Esta eficaz colaboración de Ángel Sanchis en el proceso de constitución del futuro partido político de don Manuel que tardaría en consolidarse, acabaría catapultándole a la política, a la fama –a los medios de comunicación- por motivos muy distintos a los que, posiblemente, él habría deseado; cómo veremos más adelante.

      Mientras tanto. La capacidad empresarial puesta de manifiesto por Ángel Sanchis, acompañada de otras complementarias: habilidad, agudeza, ingenio, cualidades esenciales en una planificación tan ambiciosa y exigente como la pretendida por él, a veces no resulta suficiente. El éxito no solo conlleva el mérito de conseguirlo, exige capacidad para mantenerlo,  y he aquí la cuestión: Nuevo Banco le quedaba un poco grande. Él ejercía de Presidente -su autoridad indiscutible-, pero la gestión en una empresa de estas características necesariamente tiene que estar en manos de profesionales de alto voltaje (Consejero delegado, Director General…) que, en este caso del banco, le superaban sobradamente en experiencia. El  poder de decisión -la habilidad de gestión-, cuando se mueven intereses y se toman decisiones que son inherentes, inmediatas y difíciles de controlar en tiempo, exigen un depósito de confianza que si el supervisor no supera en conocimientos específicos los hechos se ofrecen consumados y, fácilmente, defraudados.

     Tal es así que pasado algún tiempo, en un encuentro casual durante una gestión que fui a realizar a Nuevo Banco, no pudo ocultar su preocupación por una maniobra financiera -con grave riesgo para la entidad- realizada por un alto ejecutivo que había defraudado su confianza. Muy grave debió ser el problema para que poco tiempo después abandonara su gran proyecto de expansión por todo el territorio nacional y empleara su magia empresarial en una decisión que, conociéndolo, resultaba impensable: un día me llama para decirme que ha vendido sus derechos en Nuevo Banco y que por su participación ha recibido 2,000 millones de pesetas. Una cantidad que causa escalofríos si nos situamos en la época; casi imposible en aquellos años 70. Se había convertido en uno de los hombres más ricos de España (año 1978, a cinco de su creación). Sin embargo, como en este hombre las cifras nunca sorprenden, me atrevo a pensar que no dijo toda la verdad y me inclino por creer que la cantidad recibida era mucho mayor. Mi respuesta fue: nunca dejas de sorprenderme; March lo dijo: la riqueza no se destruye, simplemente cambia de bolsillo. A lo que él añadió:…o por otra mejor. Cierto. ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? Pronto lo sabrás. De momento me voy de vacaciones. He organizado un crucero privado para toda la familia de mi mujer y mía, cónyuges, hijos y parientes, en un viaje que no olvidarán en algún tiempo.  

      Pronto sabríamos que la operación de fusión se realizó con un grupo empresarial llamado Banco de Levante. Una entidad bancaria que se ofreció al mercado con aires renovadores y un entramado tan oscuro como desconocido pues, poco tiempo después, quebró aparatosamente. Al parecer, había acumulado un agujero de 10.000 millones de pesetas; a pesar de haber recibido ayuda del FGD con unos cuantos miles de millones. No sé que tramoya jurídica emplearían: con una impunidad impensable en aquellos tiempos, cada acción reconvirtió su importe nominal en una peseta simbólica. Supongo en la ruina a muchos de los accionistas mayoritarios. Mi hermano Pepe y yo disponíamos de una insignificante cantidad de títulos que ni siquiera con esa peseta fueron compensados. Lo más sorprendente es que (no sé con qué trámite -tramoya financiera- u operación empresarial intermedia) lograron emerger nuevamente al mercado; esta vez, con el nombre de Citibank, entidad que goza de muy buena salud. Un número considerable de altos directivos de la nueva empresa procedían del sector más próximo a Ángel Sanchis, o de Nuevo Banco, que es lo mismo.

       Más tarde he sabido, cuando ya estaba cerrado este capítulo, que el personal de Nuevo Banco desembarcó en Banco de Levante duplicando la plantilla. El jefe de la asesoría jurídica de aquel sustituyó al abogado José Antonio Gil  que dejó la asesoría del Banco de Levante para dedicarse en exclusiva a TVE –donde también trabajaba-, siendo generosamente indemnizado por su Director General Idelfonso Santos, igualmente  reemplazado. También me afirman que el abogado de Nuevo Banco que se hizo cargo de la asesoría sustituyendo a Gil se volvió loco, literalmente.

 

      Naturalmente, Ángel Sanchis no se había amilanado porque su gran proyecto se hubiera venido abajo. Con la lógica inyección de moral, y la seguridad que debe imprimir un respaldo de esta cuantía, nuestro protagonista reanudó su insaciable proyecto empresarial con la misma energía de siempre: entidades financieras, sociedades de cartera, inmobiliarias, eléctricas, hasta chupa chups exportaba en grandes containers. Su radio de acción se ofrecía ilimitado si tenemos en cuenta -como hemos comentado- que, además, seguía empeñado con don Manuel Fraga –hombre al que el Estado le cabía en la cabeza- en el proyecto de crear un gran partido político: Alianza Popular; financiando parte de la campaña y proporcionando medios e infraestructura. Como sabía sacarle partido a cualquier ocasión, era cónsul honorario de pequeños y exóticos países cuyos títulos comentaba –oportunamente- como adorno personal, y alguna prebenda que supongo implícita.

     Al margen del negocio y personas relacionadas convenientemente, no era hombre de salidas en busca de placeres, ni bares o restaurantes. Disfrutaba de los encantos de la vida a plena satisfacción pero cuidando muy mucho el terreno que pisaba, atrayendo hacia sí cuanto podía alegrarle, vigilando con celo su propia privacidad. Se había rodeado de una estructura empresarial y personal tan compleja que su intimidad quedaba protegida hasta de su propia familia. Disponía de comedor privado –excelente cocina- para sus comidas de negocios, contiguo a su despacho. No sé si tenía amigos íntimos, aunque yo me consideraba uno de ellos. Sabía actuar con método. Dedicación absoluta al negocio y entrega personal a la familia en la parte de su tiempo que a cada uno dedicaba. Tuve la oportunidad de compartir alguna de estas jornadas familiares en su casa de la Moraleja (en Madrid). Rodeado de comodidades (sencilla apariencia): piscina climatizada cubierta, sauna, zona deportiva y algún aparato de gimnasio; pasamos la mañana  en solitario hablando de nuestras cosas. De política –como teníamos afinidad era fácil entenderse-, coincidíamos; de televisión, repetía que pronto tendría ocasión de ayudarme a consolidar mi posición, a pesar de que yo insistía en que estaba cómodo y en un trabajo atractivo.  Más tarde en el jardín, mientras tomábamos un aperitivo, se dispuso a cocinar una paella al estilo de su tierra –Valencia-. Al aire libre -zona preparada al  efecto (fuego de leña, o carbón, no me acuerdo)-, con meticulosidad de experto y cuidando hasta el más mínimo detalle; realizaba personalmente el proceso asistido por dos señoritas uniformadas del servicio doméstico que, con el mismo ceremonial que el equipo médico de un quirófano, atendían con prontitud el cumplimiento de cuanto solicitaba. Sobradamente cumplió las expectativas, la paella estaba exquisita. Degustada en reunión familiar con su mujer y sus hijos a los que, en acertado criterio, protegía celosamente su intimidad situándoles al margen de sus actividades (profesionales o no), salvo en ocasiones muy excepcionales.

    Tras la sobremesa, nos sentamos en una sala de estar contigua; de forma muy relajada, sin protocolo, mostrando con naturalidad sus flancos más vulnerables. Puso la televisión, inmediatamente le trajeron una abultada bolsa de pipas de girasol –excelentes- que consumía metódicamente sin prisa pero sin pausa. Uno de los motivos de conversación –a propósito de no sé qué comentario- fue una colección de alfombras, con las que recientemente habían decorado la casa, cuyo presupuesto habría escandalizado a gente con muchos recursos; circunstancia que me sorprendió pues era hombre poco acostumbrado a ostentaciones. Procedía de una modesta familia valenciana de clase media que hizo algún dinero con la huerta. Y tras algún tiempo por otros países, se instaló en Madrid en busca de fortuna. Dimos por finalizada la visita al declinar la tarde.

    Pasó  algún tiempo, nuestras reuniones eran cada vez  más esporádicas. Hasta que un día: habíamos quedado citados, tenía algo que proponerme. Cuando llegué al despacho, junto a su mesa de trabajo, en un lugar preferente, una gran maqueta –perfecta en su ejecución- se mostraba llamativa y desafiante. ¿Vas a construir una ciudad? No. Es una finca que he comprado en Argentina, tan grande que es preciso recorrerla en avioneta. ¿Y qué vas a hacer con ella, cazar? -Ponerla en cultivo y explotarla: si conoces algún ingeniero agrónomo que quiera trasladarse a vivir a Argentina, esta es su oportunidad.

     El carácter de broma que yo había utilizado en el interrogatorio chocaba con la seriedad de sus respuestas y la normalidad de su planteamiento. La visión comercial de este hombre y su capacidad para desarrollar proyectos iba más allá del razonamiento y de la lógica. Estábamos hablando de una extensión de más de 270 kilómetros cuadrados –mayor dimensión que la ciudad de Buenos Aires-; más de 27.000 hectáreas de terreno cultivable. La explotación de una finca de estas dimensiones, en otro continente, a más de diez mil kilómetros de distancia, resultaba –cuanto menos- increíble. Sobre todo si tenemos en cuentas que la finca necesitaba un replanteamiento (estructural y agrícola) casi total, una dimensión nueva por su escasa, o mínima, situación de cultivo. Otra cosa muy distinta habría sido que se hubiera planteado la posibilidad de irse a vivir a Argentina, pero tal y como lo tenía diseñado aqui en España parecía como de ciencia ficción que lo presentara con tanto convencimiento. Este era su olfato para los negocios; una excepcionalidad personal, una cualidad innata.

     La conversación de ese día transcurrió por esos derroteros. Su realidad empresarial –que sometía a control personal férreo-. El gran proyecto político de crear un nuevo partido –como compañero de viaje de don Manuel Fraga-, en momentos de tan compleja y peligrosa realidad española: con intención de participar en las primeras elecciones democráticas desde la dictadura. Y, para completar la trilogía, esta proeza  trasatlántica (en el continente americano) que, de no conocer sus habilidades habría podido considerarse una fantasía de imposible realización.

     Poder llevar a la práctica -no tres proyectos de esta magnitud- solo uno  habría resultado una proeza digna del mejor elogio; aunque con este hombre todo parece sobredimensionado, los resultados hacen rendirse a la evidencia. Es como si poseyera dotes mágicas y el don de la ubicuidad. No es solo la ambición, el optimismo, la perseverancia, o el ansia de poder-que también- los ingredientes esenciales que lo alimentan, son otras cualidades personales las que permiten transformar una idea increíble en un negocio global, cualquiera que sea el tamaño de la meta pretendida.  La cuestión es que él lo tenía muy claro, y así lo expuso:

    -La puesta en marcha, la intensa labor que requiere un planteamiento empresarial de esta envergadura, no es cosa que se improvise de la noche a la mañana, necesita su tiempo, el que yo pretendo para desarrollar y consolidar otros proyectos que tengo en perspectiva. Lo demás vendrá por añadidura. -A propósito. Hay algo que quiero proponerte.

   -¿No estarás pensando que me traslade a vivir a Argentina?

   -No, no. Se trata de un asunto más cercano.

   -Pues tú dirás.

   -Te ofrezco la dirección de un negocio de gran atractivo y mucho glamour; un importante centro de nueva creación, un complejo de verdadero lujo, con  instalaciones en las que no se van  a escatimar medios: baños turcos, centro de belleza, relax, estética y tratamientos específicos, con personal especialmente seleccionado donde, independientemente del rigor científico y rigurosa profesionalidad, prime la satisfacción del cliente más exquisito y exigente. Allí se podrá comprar todo, o casi todo, cuestión de presupuesto.

    Le escuchaba en silencio, incapaz de creer lo que me estaba proponiendo. Sin pausa y seguido de su discurso añadí:

    -Una especie de paraíso donde satisfacer los más libidinosos instintos. Una casa de meretrices de lujo (//-//) con marca registrada.

    Tan sorprendido quedó con mi respuesta que no supo qué decir. Lo había descolocado. Rematé diciendo:

    -Prefiero honra sin barcos. Querido amigo: no sé qué me humilla más, la proposición que me haces, o el concepto que pueda merecerte para que te hayas atrevido a plantearlo. Lo siento por mí, pero también por ti: la decepción es mutua.

    El desengaño acontece cuando aquella ilusión que se creía verdadera queda defraudada por otra que resulta ser cierta, provocando frustración y negatividad. De cualquier manera,  gran efecto debió causar en él mi tajante  negativa y razonamiento: nunca volví a saber sobre este negocio. Es más, me atrevo a afirmar que la reflexión consiguiente le llevó a sentirse incómodo, a desestimar el proyecto.

    A partir de aquí nuestra amistad sí quedó muy deteriorada aunque, repito, la relación nunca se perdió.

 

 

 

 

 

 

   

 

 

  DE TESORERO A POLITÍCO: RECTIFICAR ES DE SABIOS

 

    Ángel Sanchis ejercía como tesorero, recaudador, jefe de intendencia y conseguidor de recursos de Alianza Popular desde la colocación de su primera piedra, pero sin el peso y la responsabilidad a que obliga el nombramiento oficial. En su línea de hombre de empresa, su  definitiva participación aparecía revestida de eficacia, generosidad y altruismo, exenta de crítica, y acompañada de agradecimientos que, con el tiempo, la política transforma en influencias. No eran tiempos fáciles  para el país –por la complejidad del proceso de transición-, ni para el futuro partido -dado sus escasos recursos e infraestructura organizativa-; las circunstancias, por tanto, aconsejaban  mucha prudencia, más en un hombre de tan claro poderío económico y empresarial que, hasta ahora, había sabido nadar y guardar la ropa con su astucia habitual. La cosa estaba tan revuelta que incluso Fraga se había negado a formar parte del gobierno de transición presidido por Suárez a pesar del reiterado requerimiento del Rey. Se trataba de una transición económica y social con ingredientes inquietantes que Fernando Ónega resume así en su libro “Puedo prometer y prometo”: “Una devaluación de la  peseta por Villar Mir durante el gobierno Arias que apenas había tenido efectos de estabilización; un clima de incertidumbre política que no atrae al inversor; unas medidas de contención salarial adoptadas por los gobiernos de Arias y Suárez que resultaron inútiles por la presión de los sindicatos, cada día más fuertes y osados  porque también estrenaban libertad, se reunían muy respaldados y su principal prioridad era consolidarse, no limitar su acción por las necesidades del país”. El proceso evolutivo obligaba a los partidos a un constante ejercicio  participativo -de incierto fututo- con responsabilidades financieras que, posteriormente, habría que asumir sea cual fuere el resultado de las urnas.

 

   Alianza Popular se constituye como Federación de Partidos el  21 de octubre de 1976. Este mismo año, el 1 de diciembre, es presentado públicamente como partido Alianza Popular. El 6 de febrero de 1977 tiene lugar el Congreso. Manuel Fraga decide concurrir a las  primeras elecciones de la democracia (15 de junio de 1977): celebradas éstas, Alianza Popular obtiene un 8% de los botos, 16 diputados y 2 senadores. Los resultados electorales producen un buen número de deserciones y aumentan dramáticamente los problemas de financiación del partido, amén de las deudas adquiridas. Por un momento se piensa en que Ángel Sanchis sea nombrado responsable oficial de las finanzas, pero ni él considera llegado el momento ni las grandes discrepancias internan aconsejan la decisión. Se trabaja con muchas dificultades. El 6 de diciembre de 1978 se aprueba el referéndum a la Constitución  (Manuel Fraga fue el elegido por su grupo como miembro de la ponencia en la elaboración de la nueva Constitución Española) El 29 de diciembre es publicada en el  BOE. El 2 de enero de 1979 se disuelve la cámara y el 1 de marzo  nuevas elecciones generales. Ha llegado el momento. Ángel Sanchis está cada vez más implicado y comprometido, de hecho actúa como Tesorero Nacional y adjunto a Manuel Fraga convirtiéndose en el segundo hombre más poderoso del partido: se le proporciona un despacho en la calle Orense, en Madrid.

 

    Los malos resultados de Alianza Popular en las elecciones de 1979 –grandes perdedores junto al Partido Comunista- crea un clima de desánimo generalizado al que colaboran los acuciantes problemas financieros, y las discrepancias con algunos de sus miembros en el apoyo a la Constitución. La fuerza arrolladora de Fraga consigue mantener la senda de la moderación y el mensaje de que es un partido con posibilidades, dispuesto al juego democrático y el respeto al adversario político.

   Pero la realidad se impone y las dos tendencias, en las que aparece dividida Alianza Popular, se encuentran cada vez más alejadas del acuerdo. Llegado el momento de la votación final de la Constitución en el Congreso ocho -de los 16 diputados con que cuenta- votan a favor, el resto  se abstiene o vota en contra y, semanas después, abandonan el partido. Fraga inicia contactos con otros políticos –Alfonso Osorio, José María de Areiza…-, con vistas a formar un partido político de posición más moderada con el que concurrir a las próximas elecciones generales: Coalición Democrática. El resultado no puede ser más desastrosos: 9 escaños.

   Son tiempos difíciles, el partido no levanta cabeza, la financiación se convierte en una misión imposible; no se logran resultados electorales y por tanto los ingresos que se reciben en función de los votos y la presencia parlamentaria apenas cubre una mínima parte de las necesidades –ya no digamos las deudas contraídas-; en más de una ocasión Ángel Sanchis tiene que poner dinero para pagar las nóminas de los trabajadores del partido. Pero es hombre poco dado a los lamentos, más bien de los que se crecen ante la adversidad, no solo fue cubriendo y parcheando la situación económica, sino que se ocupaba de otros temas de organización. Cada vez que había elecciones movilizaba a cuantos empleados, familiares de todos ellos, amigos, conocidos, gente de alguna manera relacionada, en su intento de formar un verdadero ejército de apoderados e interventores: elemento esencial en cualquiera de los comicios. El acercamiento a los medios de comunicación afines fue otro de sus cometidos; con aportaciones en forma de suscripciones que distribuía por el mismo procedimiento. Yo mismo  recibí una comunicación del diario “YA” con un abono gratuito: por un año. Pocos días después una llamada de Ángel Sanchis; en la conversación sale a colación el tema: me ofrece la posibilidad de una colaboración escrita en el periódico. Rechazo el ofrecimiento. Es una época en la que estoy ocupado en mil tareas y un excelente momento en TVE. Fue una proposición tentadora pues eran tiempos en los que este rotativo todavía ocupaba un buen lugar de reconocimiento.

    Fraga se ocupa de la política, Sanchis en su línea de controlar la organización. Su amigo y confidente -uno de sus consejeros en el desaparecido Nuevo Banco- Carlos Robles Piquer es  nombrado nuevo Director General RTVE (23.10.1981); se rodea de hombres de su confianza, sobre todo, en los servicios informativos: Joaquín Castro Beraza, Santiago López Castillo, Pedro Macía… y, a su vez, nombra a su cuñado Rafael Calvo Hernando director de Televisión Española: procedente del diario YA donde ejercía como  Subdirector. Como estamos viendo todo queda en casa y pertenece a un círculo que Ángel Sanchis controlaba antes, y después.

    En este contexto, recibo la llamada de una señorita que se identifica como secretaria del señor Calvo Hernando, director de Televisión Española. Quiere hablar conmigo y me pregunta cuando puedo reunirme con él. -En este momento no tengo nada ineludible, le digo, el tiempo que tarde en llegar. -De acuerdo, ahora puede ser una buena ocasión. 

   Inmediatamente asocio a Ángel Sanchis: posiblemente había llegado el momento de cumplir la promesa tantas veces anunciada. Pero he aquí el dilema: me había hecho el propósito de no ocupar jefatura alguna –por los motivos expuestos en otro  apartado de este relato- y, mucho menos, cargos políticos; yo únicamente quería ser realizador y en esos tiempos estaba en el mejor momento posible; realizador del programa más visto y premiado de la televisión: “Más vale prevenir”, alternando con la dirección de algunos espacios dramáticos, y otros especiales. Una situación de privilegio que cumplía todas mis aspiraciones. Por tanto el problema que se me presentaba no era cosa menor; la película cuyo argumento fui construyendo a lo largo del trayecto: mi negativa no solo podría resultar inadecuada sino una descortesía al amigo que con tanto interés, supongo, habría propiciado la recomendación de lo que, sobre el papel, aparecía como una  situación de privilegio.

   Resumiendo. No más de 40 minutos ocupó la conversación. Mi falta de entusiasmo debió contagiar al señor Calvo Hernando, pues poca química produjo el encuentro; jamás volví a hablar con él, no sé si porque yo tuve una mala hora, o él una mala racha: pocos días después fue cesado fulminantemente.

 

   La consecuencia más inmediata se produce por la presión de Robles Piquer sobre los Servicios Informativos de Televisión Española con su política de  nombramientos y el control de la información que, al parecer, ejerce Mauro Muñiz –dirigente del Sindicato Apli- que provoca indignación en un sector de los profesionales de la casa encabezados por Luis Mariñas -la gran espoleta de la revuelta- al ser sus textos –dice- corregidos y aumentados de puño y letra por Robles Piquer. Se produce un cruce de adhesiones, escritos firmados por profesionales de uno y otro bando, y la división en dos frentes irreconciliables; con ceses en cadena e influencias al más alto nivel. La cuestión es que este conflicto convierte a Robles Piquer en un personaje incómodo del que conviene desembarazarse; fue sustituido, de forma inmediata, por Eugenio Nasarre que practicó una política salomónica.  

                                                                                                                                                                                                                                                       

                                          

    Estamos en 1982. Contra todo pronóstico Ángel Sanchis es nombrado, de manera oficial, Tesorero Nacional de Alianza Popular. Lo que es presentado como un éxito personal y el inicio de una carrera con futuro -al convertirse en uno de los hombres más poderosos del partido como adjunto a Manuel Fraga- sería, a mi juicio, el comienzo de un incomprensible error que marcaría su vida futura, y el principio del fin de su próspero emporio empresarial. Al parecer, de la noche a la mañana había perdido su intuición para estar en el lugar adecuado en el momento  adecuado -error que marca para toda la vida- y, por supuesto, su habilidad para ver con claridad el futuro sin la neblina que produce el miedo y los obstáculos. Pero démosle tiempo al tiempo.

    Solo por la influencia de Fraga se entiende  la decisión de Sanchis a embarcarse, de forma pública, en una aventura tan incierta como comprometida. No había recursos ni posibilidades, el partido en la ruina y le supongo consciente, además, de que su nombramiento obedece a una táctica concreta, implicarle para que se convierta en un reto sacar al partido del atolladero económico en el que se encontraba sumido, responsabilizándole –de forma subliminal- ante un posible fracaso que él no se puede permitir.

    Con la habilidad que le caracteriza estableció unos modelos de gestión –tan eficaces- que más tarde serían utilizados por sus sucesores. Salió a la calle en busca de recursos: recaudar –pedir, son sus propias palabras- entre particulares y empresas privadas, de múltiples y variadas formas y, siempre, agudizando su singular ingenio. Envió –repetidamente- miles de cartas a empresarios y personas con posibles. Al no tener capacidad de agradecer –ironizó en el Congreso de los Diputados- tenía que recoger donativos y migajas de los empresarios que colaboraban con el PP.

    Sanchis  -siempre en su estilo-  trasladó  al partido  a una buena parte de su equipo de confianza de Nuevo Banco  con el fin de crear una estructura. Coincide con ellos un joven Luis Bárcenas (amigo de Luis Fraga, sobrino de Manuel Fraga). Son tiempos en los que el partido sufre reveses uno tras otro, llegan las tensiones y los cambios. La influencia de Sanchis Perales tiene dos botones de muestra: Rafael y Salvador Sanchis Perales,  hermanos del tesorero. Los colocó y mantuvo en cargo.

 

    Mientras tanto Alianza Popular recibía sus primeros síntomas de recuperación y algún balón de oxígeno de cara al futuro. El 20 de octubre de 1981 se celebran las primeras elecciones al Parlamento autonómico gallego; Alianza Popular gana las elecciones y se alza como primera fuerza política. La segunda victoria llega en Andalucía donde, de ser un partido testimonial, Alianza Popular pasa a ser la segunda fuerza con 17 diputados, a mucha distancia del PSOE que obtiene 66, pero por delante de UCD que saca 16.

   Convocadas por el presidente Calvo Sotelo elecciones anticipadas para el 28 de octubre de 1982, Alianza Popular concurre con el nombre de Coalición Popular (asociada con otros pequeños partidos) y obtiene 106 escaños, más uno en el País Vasco que concurre coaligada con UCD. Y se sitúa como segunda fuerza política detrás del PSOE que ha obtenido mayoría absoluta. Manuel Fraga se convierte así en el líder del primer partido de la oposición.

  

    En 1986, Ángel Sanchis inicia una aventura que marcaría su vida de forma definitiva; se implica directamente en el oficio de la política para la que no está capacitado: limitado de cultura y escaso en oratoria solo queda la fidelidad, o la ambición en un territorio donde Coalición Popular carece de poder por sus escasos resultados, y todos sus esfuerzos culminan o conducen a conseguir la subsistencia. Comparte la tesorería con un escaño por Valencia -en las elecciones generales celebradas el  22 de junio de 1986- en las que el PSOE repite mayoría absoluta y Coalición Popular escasamente se mantiene en 105 diputados, uno menos de los que había logrado en 1982; el partido deambula con más pena que gloria. Su  participación  en el Congreso le convierte en un  hombre gris, de escasa apariencia, donde sus posibles habilidades negociadoras o de gestión quedan difuminadas ante tanta lumbrera ocasional. ¿Qué necesidad empuja a este hombre de tan brillante trayectoria empresarial, intuitiva percepción en el planteamiento comercial, de múltiples recursos, con sus necesidades cubiertas a todos los niveles, a participar en este juego de oportunistas en el que hay poco que ganar y mucho que perder? Nada es tan funesto al éxito como el entusiasmo desproporcionado del mediocre, o del inteligente carente de sensibilidad; pero también para el que se pasa de modesto, calcula mal sus posibilidades, o permanece difuminado en el anonimato. Una cosa son los ideales -en los que está justificado el riesgo de la propia vida- y, otra, la política convertida en religión de la nueva realidad española  que solo ilumina los detalles que más conviene a su propia realidad. 

 

   Revalida escaño en tres años, esta vez por Madrid –en las elecciones generales de 29 de octubre de 1989-; el Partido Popular se presenta a estos comicios tras la  refundación de Alianza Popular a la que se acogen la mayor parte de los miembros de la Democracia Cristiana: la junta directiva nacional, a propuesta de Manuel Fraga, designa candidato a José María Aznar. El Partido Popular apenas mantiene sus 125 escaños. Felipe González (PSOE) se queda a un escaño de conseguir su tercera mayoría absoluta, aunque puede gobernar como tal gracias a que el grupo de Henri Batasuna se ausenta durante toda la legislatura.

       

    Ángel Sanchis abandona las finanzas del partido. En principio, su intención es dedicarle más tiempo a sus negocios -que languidecen peligrosamente-, y a su participación política en el Congreso donde ocupó la presidencia de alguna comisión. A petición propia –la reflexión se impone- fue sustituido en el cargo de Tesorero por Rosendo Naseiro miembro del equipo que había practicado: aprendido y asimilado sus modelos de gestión. Evidente es que un hombre que ha tenido la responsabilidad absoluta de tan complejo y comprometido sistema de financiación –en unos momentos en los que, necesariamente, hubo que hacer juegos malabares- no podía desaparecer de la noche a la mañana y, por tanto,  no es de extrañar que siguiera involucrado, incluso, en los entresijos más perversos.

    En 1990 se vio en medio del caso Naseiro, bautizado así por su sucesor Rosendo Naseiro. Fue procesado, junto a éste, por un potencial episodio de financiación irregular del  Partido Popular con empresarios de la construcción en Valencia que se sustentaba en pruebas grabadas (escuchas telefónicas) muy contundentes pero obtenidas de forma irregular, un argumento que utilizó el Tribunal Supremo para anular la causa. Como consecuencia Ángel Sanchis dimitió de su acta de diputado ese mismo año, a pesar de que resultarían absueltos en 1992.

    En política, las consideraciones se miden por la eficacia del momento y la conveniencia del receptor, se prescinde de lo que no interesa con la misma indiferencia  que entusiasmo al proponerlo. Vales tanto como sirves. Y en este caso  Sanchis ya no valía nada. Quedó bastante noqueado y anduvo sin rumbo  algún tiempo. Le dieron un premio de consolación: fue nombrado asesor del grupo parlamentario -con una retribución de 400.000 pesetas (unos 2.400 euros)- que en la práctica no ejercía, y sus negocios –existentes o posteriormente emprendidos- no funcionaban con la eficacia a que nos tenía acostumbrados.

    Un día me encuentro con un personaje que había sido uno de sus hombres más cercanos. Naturalmente le pregunto por él. La respuesta me dejó muy preocupado: las cosas iban tan mal que la situación resultaba insostenible. Inmediatamente me puse en contacto. Me tranquilizó verle muy animado y quitando importancia a mis temores. Las cosas no van tan mal, saldré adelante como siempre, me dijo. Pero en esta conversación no hubo la complicidad, la cercanía, la confianza de otras veces, sabía que no estaba siendo sincero conmigo.

    Como no quedé tranquilo, pasados unos días y después de algunas reflexiones, me puse a la máquina y escribí una extensa carta en la que quise expresarle mi amistad, recordarle los tiempos que habíamos compartido, su capacidad para los milagros,… Pero debí poner más corazón que cerebro: la crítica se me fue de la mano y, me temo, fui excesivamente duro. De ninguna manera procede la inclusión del escrito, solo alguno de los párrafos finales: 

                        (----)

    Haciendo una reflexión profunda sobre tu comportamiento, siempre llego a la misma conclusión, a la que había llegado otras veces. A ti te gusta que te adulen, por eso  siempre estás rodeado de aduladores. El adulador es un ser consciente de sus propias miserias, y almacena envidia, odio, resentimiento…, ingredientes que juntos son explosivos, y el resultado es el que tú ya conoces.

     No hace mucho, me encontré con un ejemplar de esta especie, y en tono ciertamente despectivo me dijo que las cosas te habían ido muy mal, que habías liquidado todos los negocios y tomado la decisión de trasladarte a vivir a Argentina. Lógicamente, pensé que la cosa era grave; el barco había zozobrado, y tu séquito abandonaba ante el naufragio. Como recordarás, estábamos bastante distanciados y no tenía de ti más noticias que las que me llegaban del exterior, pero aquella información me preocupó, sentí deseos de verte y saber lo que había ocurrido. Luego resultó que, aunque importante, había sido una borrasca de verano y seguías fuerte y poderoso como siempre. Al menos, es lo que quisiste hacerme creer. Me alegré mucho por ti, lo sabes muy bien, siempre me he alegrado de tus espectaculares progresos, de verdad, de corazón. (----)

 

 

     Todo parece conjurarse pero, supongo, –estos- son gajes implícitos en este oficio tan depauperado de la política. La supervivencia exige, necesariamente,  adaptarse al terreno y, en este caso, estamos hablando de un hombre experimentado, escurridizo y camaleónico: un maestro en la sutil manipulación de la realidad para ponerla al servicio de su proyecto. De ahí mi incredulidad y mi sorpresa.

    Me viene a la memoria una reflexión. Antes, alguien con más inteligencia que yo, había dejado escrito algo sobre  “La conjura de los necios”: Cuando nace un auténtico  genio se identifica por el siguiente signo, todos los necios se conjuran contra él.

     Se impone la pregunta: ¿Qué reflexión suscita una mente con estas cualidades a la hora de hacer balance, preguntarse si ha valido la pena este calvario, y en aras de qué ideales ha soportado tanto sacrificio, o tanta ingratitud?

    Y preciso. Lo que no quiere decir que yo esté pretendiendo ocultar que su realidad posible habría sido otra si su participación estuviera enmarcada en circunstancias más propicias y recientes. Como diría mi amigo Juan Rodríguez: en modo alguno pretendo  posicionarme, lo hago con una intención estrictamente clarificadora.

      Una de las virtudes de Ángel Sanchís es su extraordinaria capacidad para anular el tiempo. Si en cualquier ficción el poder de evocación tiene una importancia extraordinaria, su valor más sólido es la capacidad para reconvertir ese  pasado funesto en presente con futuro: su innata facilidad para reconstruir, y renacer hasta de sus propias cenizas. Paradójicamente el político agonizante, aparentemente indefenso, se convirtió en tiburón; como el jugador más experto esperó al momento adecuado, preparó su estrategia,  y se dispuso a jugar en el sofisticado  ajedrez político del partido con sus mismas armas.

    No sé cuales serían sus argumentos: durante el gobierno de Aznar consiguió un crédito de 18 millones de dólares del Instituto de Crédito Oficial  para invertir en su finca argentina La  Moraleja S.A. (27.000 hectáreas, en la provincia de Salta, al norte del país) convertida en milagro de la naturaleza y ejemplo de explotación agrícola, e industrial: soja, extracto de limón, transgénicos; explotación forestal y plantaciones de maderas nobles: teka, caoba, cerezo, roble…

   Entre sus contratos destaca uno con Coca cola para suministrar zumo de limón a sus jarabes de refrescos durante 20 años (procesa 1.000 toneladas al día, en época de cosecha) con lo que prácticamente asegura la supervivencia de la finca.

   Con su habilidad habitual –y alguna influencia añadida-, ha contado, al parecer, con el favor y la complicidad (aval y apoyos políticos) de los sucesivos gobiernos argentinos (ministros de industria y agricultura) y, especialmente, con los gobernadores de Salta (provincia donde se encuentra ubicada la finca): disfruta de algunos privilegios.  La Moraleja  se ha convertido en una de las 5 compañías más importantes de Argentina,  y  la primera explotación de cítricos en lo que el país es líder mundial; exporta alrededor de 50 millones de dólares todos los años; emplea a más de 1700 campesinos y operarios. Cuenta con pista de aterrizaje, ferrocarril en sus proximidades, y un gaseoducto para dar energía a su finca exclusivamente.  Solamente el sistema de riego supone una inversión de 50 millones (en 10 años) para duplicar la superficie dedicada a cultivo: 15.000 hectáreas de maíz, soja y otras frutas y verduras; 2.500 hectáreas de cítricos, especialmente limón. La explotación (y zona habitada) aparece protegida por fuertes medidas de  seguridad y, permanentemente, rodeada de vigilantes jurados armados. Está valorada en más de 300 millones de dólares.

   Son datos aireados por los medios de comunicación y supongo que, si mi fantasía no se ha desbordado, este es -más o menos- el programa; y  así podría resumirse esta nueva tesis doctoral practicada por Ángel Sanchis desde que desapareció de Madrid -tras su paso por la política-, se hizo invisible, como si se lo hubiera tragado la tierra, para convertirse en el rey de la “pampa” argentina, donde ha vivido a lo Clark Gable en sus mejores películas de aventuras.

   De hecho, lo que más sorprende de este hombre es su capacidad para reinventarse, su optimismo, esa disposición continua para disfrutar de las delicias de la vida. Ahora suponemos de donde viene el origen de “Una proposición indecente”. Aunque el éxito se le atribuye a Robert Redford y Demi Moore en la famosa película dirigida por Adrian Lyne  (en 1993), la patente estaba registrada por Sanchis: temblarían los cimientos de algún sector de la sociedad madrileña (y supongo que argentina) si se estrenara la verdadera versión.

   A lo largo de este relato, asistimos al discurrir cotidiano de un hombre que, en contraste con su falta de protagonismo, no puede vivir sin sorprenderse cada día a sí mismo. Sanchis podría aparecer como personaje cinematográfico de gran atractivo argumental (más, si se añadieran otros aspectos que no se han tenido en cuenta en esta especie de biografía no autorizada) al que se le ha querido presentar como un individuo oscuro y mafioso por algunos medios de comunicación. Como hombre de empresa es posible que no tenga remilgos a la hora de planteamientos y decisiones comprometidas. Incluso, podría saltarse algunas reglas al adentrarse en el terreno de la ética y rozar la honorabilidad, o ser poco riguroso en escrúpulos referido a manejos empresariales: yo, dentro de la terminología disponible en el mercado de la política española (y mundo financiero relacionado), lo calificaría como un pícaro tramposillo que, a veces, se convierte en lobo disfrazado de cordero. Pero es una buena persona que va a cara descubierta, se le ve venir: crea riqueza y puestos de trabajo; lo que le hace aparecer como un bicho raro –la excepción-. La gran mayoría de nuestros políticos, desgraciadamente, ejercen a fondo perdido con una impunidad que produce escalofríos.

    Hasta que un día, cuando menos lo esperan, el futuro se planta ante ellos y, queriendo o no, todo parece cambiar para luego resultar un espejismo. Es el caso de Ángel Sanchis: un nuevo proceso relacionado con su colega –el ex tesorero del Partido Popular- Luis Bárcenas, en el que –indirectamente- se ha visto implicado;  un asunto de posible blanqueo de dinero –a través de su finca argentina La Moraleja-, un nuevo escándalo de corrupción política -de grandes dimensiones- que le ha obligado a reaparecer salpicado, convertido en pieza codiciada por los medios de comunicación. No es un caso aislado, en los últimos años  los políticos –sus partidos- se han visto envueltos en largos procesos judiciales, en furiosas polémicas de corrupción política, en las que unos y otros se lanzan ofensivas –más con miras a la galería que efectivas- y a sabiendas de que un mismo salvavidas pueden compartir como única solución posible. Hoy por ti, mañana por mí (es su privilegio): la justicia no es igual para todos. Garantía que perdura incuestionable al mantener controlada la -no- separación de poderes, pilar fundamental en una democracia real. La sensación de corrupción generalizada ha invadido al ciudadano de a pie, y esta vez sí es posible (por la degradación de la ética y el naufragio de la política) predecir algunas consecuencias electorales cuyos resultados –provocados e influidos por el desencanto-,  todos –administradores y administrados-, tendremos que lamentar.

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