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GIBRALTAR ESPAÑOL

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La salida del Reino Unid de la Unión Europea, una oportunidad de oro para España. 300 años de conflicto pasarían a la historia si los políticos españoles demostraran saber estar a la altura. Como primera medida, la cosoberanía sobre el Peñón podría ser una solución para suavizar los efectos del Brexit. Los ciudadanos de Gibraltar obtendrían la nacionalidad española, conservarían la británica, y con un autogobierno similar al actual: siempre que sea limitado en el tiempo.

El 23 de junio los británicos decidieron democráticamente salir de la Unión Europea. El éxito de Gran Bretaña se ha basado en abrir su economía al mundo, en ser un país de bienvenida. Cameron se equivocó, pensó que tenía ganado un referéndum de permanencia en la UE que después perdió, y su derrota abrió un melón cuyas repercusiones finales nadie, ni siquiera los británicos, son capaces de evaluar.

España y el Reino Unido comparten muchas cosas; entre otras, la de ser las dos naciones europeas con más proyección atlántica. Reino Unido es el cuarto destinatario de las exportaciones españolas. Dos sectores españoles se verán especialmente dañados: el turismo y el inmobiliario. Se habla de restricciones severas a la libre circulación de personas, mientras se intenta mantener la libre circulación de mercados. Un importante número de ciudadanos de un país residen en el otro, contribuyendo así a la creación de riqueza en los dos, por no hablar de las empresas que han apostado por uno u otro a la hora de planear sus inversiones estratégicas.

Estaba claro que con el Brexit nos vamos a hacer daño y si, además, el Gobierno británico pretende una negociación dura, es evidente que nos vamos a perjudicar mucho todos. El mejor escenario para desarrollar este trabajo en común es el que proporciona la Unión Europea, por lo que la perspectiva representa un auténtico revés general. Por eso resulta tan importante el escueto mensaje transmitido por el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, al recibir a la premier británica, Theresa May, diciendo que “trabajaremos para preservar los importantes lazos entre España y el Reino Unido”, es decir, para minimizar los efectos negativos de una decisión que no va a ser buena para nadie.

Cuando España ingresó en la Unión Europea se vio obligada a aceptar las condiciones especiales para Gibraltar, lo que les ha permitido seguir disfrutando de su estatus a costa de España y Europa. Pero han caído en su propia trampa, si el Reino Unido se va de la UE, Gibraltar se va también, a menos que otro país miembro de Comunidad asuma sus relaciones exteriores. Con todos sus inconvenientes, el Brexit ofrece la oportunidad de resolver un contencioso que viene enturbiando las relaciones hispano- británicas desde hace siglos. Los lazos que unen a Gibraltar con la UE son a través del Reino Unido. Si esta sale de la UE, Gibraltar sigue a misa suerte. Así que deben atenerse a las consecuencias, lejos de las bravuconadas y salidas de tono del ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo. España queda automáticamente liberada de sus compromisos respecto a Gibraltar, volviendo a lo que había: el tratado de Utrecht y las resoluciones de la ONU, olvidándonos de Bruselas, Córdoba y demás trampas en que se ha ido cayendo.

Se trata de la primera vez que un estado miembro quiere abandonar la Unión, lo que abre un período de incertidumbre, sin olvidar los riesgos y desafíos implícitos, puede esconder también alguna oportunidad. En concreto, en el ámbito de seguridad y defensa, si por algo se caracteriza la posición de Londres es por su bloqueo sistemático de toda medida que acercase a la UE al objetivo de definir una política común. El Brexit llevará a Reino Unido a una etapa de incertidumbre que podría conducir a situaciones extremas como el cierre de las fronteras entre España y Gibraltar. Cuando en el pasado los ingleses deciden rechazar las resoluciones de la ONU, España cerró la Verja –octubre de 1969 hasta el 15 de diciembre de 1982- que, ahora podría repetirse en defensa de legítimos intereses. La provocación constante sin una respuesta contundente nos ha conducido a una expansión de tierra y servicios que les ha envalentonado; al no hacerlo, comienza un período en que España va cediendo terreno, mientras que Gibraltar avanza, hasta tener hoy una de las rentas per cápita más altas del mundo. La verdadera razón fue que Gibraltar interesaba cada vez menos a los dirigentes españoles, especialmente de la izquierda, por considerar una herencia de franquismo y, sobre todo, por falta de patriotismo y sentido de Estado. Los ministros españoles han ido cayendo en la trampa de sus colegas británicos, con promesas de abrir negociaciones a cambio de concesiones españolas, que luego caían en saco roto con el argumento de que no se pueden negociar sin el sí de los gibraltareños. Desde que el 4 de agosto de 1704 Gibraltar fu cedida a Inglaterra por el tratado de Utrecht, con la ciudad y castillo, puerto y fortaleza, los ingleses han utilizado su dominio con una humillación constante. El expansionismo británico se ha ido apropiando de la mitad del istmo aprovechando la debilidad y la circunstancia dela Guerra Civil para instalar allí un aeródromo. El Brexit proporciona, ahora, una oportunidad de oro que se ha de aprovechar sin la más mínima vacilación. España debe forzar al Reino Unido a reanudar sin demora las negociaciones, utilizando todos los recursos a su alcance, por muy oportunistas que aparezcan, imponiendo su derecho para siempre.

Como paso previo, España ha propuesto una fórmula de soberanía conjunta para Gibraltar con el objetivo de que el Peñón pueda seguir teniendo acceso al mercado interior europeo cuando se produzca la salida de los británicos de la UE, como fórmula intermedia para resolver el histórico contencioso. La propuesta contempla que el Reino Unido y España asuman conjuntamente las competencias en materia de defensa, relaciones exteriores, control de fronteras e inmigración y asilo de Gibraltar. Una doble nacionalidad española y británica y un estatuto de autonomía que les permita mantener prácticamente su régimen de autogobierno, garantizado por una declaración conjunta de los gobiernos británico y español en Bruselas y Naciones Unidas.

Esta nueva iniciativa no debe valorarse exclusivamente desde un punto de vista socioeconómico, o de relaciones bilaterales entre ambos países, sino en el marco más amplio de la UE en proceso de reconstrucción tras la crisis, y de un mundo globalizado en el que se agravan día a día los riesgos y amenazas para la seguridad. La seguridad de la UE depende de que haya paz más allá de sus fronteras, como lo prueba la repercusión de esos fenómenos en nuestro propio territorio, en forma de atentados o movimientos migratorios masivos.

Aunque Madrid no abandonaría su reclamación de soberanía plena, de aceptarse esta solución se atenuaría un contencioso que dura ya más de trescientos años, desde que, al finalizar la Guerra de Sucesión, España se vio obligada a ceder por el Tratado de Utrecht la soberanía de la plaza y las aguas interiores del puerto, pero no del istmo que es une a tierra (ilegalmente ocupado por el Reino Unido) ni de las aguas que le rodean que, por una política de complejos, se les ha permitido demasiadas concesiones. Aprovechando la oportunidad de oro que supone el Brexit, puede que finalmente estemos en dispuestos a vencer esa reticencia.

Puede ocurrir que los ingleses, a los que en dureza negociadora pocos ganan, consigan de la UE una salida favorable –quedarse con lo que les interesa de la Comunidad y deshacerse de lo que les molesta-, sino también Gibraltar, logrando que mantenga un estatus especial en vez de salir con ellos. Exteriores lo sabe y se dispone a actuar con igual dureza, llegando, si es preciso, a bloquear el acuerdo del Brexit del Reino Unido si no se respetan los derechos de España.

Fieles a su tozudez, ante la Comisión de Exteriores de la Cámara de los Comunes, el ministro británico de Asuntos Exteriores, Boris Johnson, aseguró que no habría cambios en la soberanía británica de Gibraltar por el Brexit, y manifestó que la salida de la UE no afectará al estatus soberano de la colonia, oponiendo una resistencia implacable si España lo solicita. Pero da la casualidad que, en este caso y dadas las circunstancias, España no tiene nada que solicitar, solo aplicar su derecho vetando cualquier acuerdo en la UE que incluya a Gibraltar, como cualquier país que se precie en el mundo. De esta forma, y aplicando la firmeza necesaria, la cosoberanía sigue siendo la opción más viable, siempre que sea limitada en el tiempo, una oportunidad que debe ser aprovechada sin la menor dilación. Como primer paso, la propuesta amistosa que ha puesto España sobre la mesa es la mejor opción para esta anacrónica colonia, un peñón que desde hace mucho tiempo es un engorro para Londres y que, a pesar de las bravuconadas de Boris Johnson, no podrá sobrevivir fuera de la Unión Europea. Por tato, España debe aprovechar la ocasión de recuperar las cesiones que nunca debió consentir, pues el Brexit cambia por completo las posiciones. Los británicos consideraron en su momento un triunfo que al negociar su entrada en la UE, consiguieran que esta reconociese el Peñón como “un territorio europeo cuyas relaciones exteriores asume un Estado miembro”. Un estatus distinto al de “colonia” que le da la ONU. No contentos con ello lograron que Gibraltar conservara su privilegiado estatuto, no estando sometido a la política aduanera, comercial, presupuestaria, e incluso agrícola (como si tuviera agricultura) comunitaria. Cuando España ingresó en la UE se le obligó a aceptar las condiciones especiales para Gibraltar. Por tato ahora el Brexit ha vuelto a poner las cosas en su sitio.

Es lo que ha causado alarma en el Peñón, donde se buscan desesperadamente fórmulas para evitarlo. Entre los más directamente perjudicados se encuentran los gibraltareños, que de la noche a la mañana pueden verse legalmente aislados de su entorno geográfico y sin capacidad de desarrollo económico natural. Ni siquiera les será de utilidad su proverbial actitud para sacar beneficio de su condición de paraíso fiscal si sigue dependiendo de una Gran Bretaña que abandona la Unión. Los gibraltareños son muy conscientes de ello y han movilizad todos sus recursos, que son muchos, para mantener sus privilegios, incluyendo los que llaman la importancia estratégica de la base de Gibraltar, que ni de lejos puede competir con las de Rota y Morón.

Al mismo tiempo, barajan todo tipo de soluciones diplomáticas, desde la posibilidad de incorporarse totalmente al Reino Unido, lo que no sabemos si este aceptará, a firmar el tratado de Schengen, lo que les privaría de sus ventajas financieras. Aunque su arma secreta, en la que más confían, es otra. Picardo se ha gastado un dineral en su entorno, que llega nada menos que a Sevilla. El PSOE, y no digamos Podemos, apoya la política de buena voluntad y vecindad con la colonia británica, escudándose en los trabajadores españoles en ella, cuando se trata de hacerles colonos de una colonia.

Aunque el pleno desarrollo de a estrategia no esté asegurado, ya que todavía existen visiones de seguridad muy diversa entre los restantes veintisiete países, no cabe duda de que la autoexpulsión del Reino Unido debería ser un punto a favor del avance hacia una política de seguridad y defensa de la UE, sino del todo común sí al menos mucho más coordinada y efectiva de lo que ha sido hasta ahora.

Esto ocurre en un momento en el que la UE, como afirma Estrategia Global, se enfrenta a desafíos sin precedentes, como la inestabilidad en el este de Europa, el terrorismo y la violencia en el norte de Africa y Oriente Próximo, o el subdesarrollo y las presiones demográficas del África Subsahariana. Solo desearíamos que el actual ministro de Exteriores español no se añadiera a la lista de los que han sido engañados, consciente o inconscientemente, por sus colegas británicos. La actitud del Gobierno británico tendrá mucho que ver en el resultado de este proceso hacia lo desconocido. Hará bien Theresa May si no echa e saco roto la mano que le tiende España.

3 de noviembre 2016

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