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CUESTIÓN DE CONCIENCIA

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LOS JUICIOS PARALELOS, LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA, SINÓNIMOS DE CACERÍA MEDIATICO-JUDICIAL   

Rita Barbera, senadora y exalcaldesa de Valencia, falleció ayer en un hotel de Madrid víctima de un infarto a los 68 años de edad, tras haber sufrido un año de calvario político y judicial. Formaba parte del Grupo Mixto de la Cámara Alta después de que el tribunal Supremo abriera causa contra ella y tras negarse a dimitir como senadora como le pedía su propio partido. Cuenta con una larga trayectoria en la política autonómica valenciana donde fue diputado desde 1995 a 2015. 

 La noticia alcanzó el Parlamento antes que comenzara la sesión. Los periodistas apostados en el corredor de acceso al hemiciclo, muchos de los parlamentarios se enteraron  por ello de la muerte de Rita Barberá. Por primera vez el silencio era conmovedor, se les demudaba la expresión. Llegó entonces el presidente Rajoy y otros miembros del PP, procuraban no hacer ninguna declaración y apelaban al respeto de la familia, en el intento de la inevitable  interpretación de pequeñas infamias hipócritas. Con todos  impresionados suena el timbre que convoca y la presidenta propone un minuto de silencio. El respeto y la condolencia se vio alterada por la gran entrada de Pablo Iglesias con uno de sus numeritos mediáticos. No hay una jornada parlamentaria en que los de Podemos no dejen muestra de su bajeza moral: no distinguen entre adversarios y enemigos, el cargo y el ser humano. El gesto miserable del grupo de Podemos  abandonando el hemiciclo, retrata su cicatería moral, la mezquina demostración de rencor póstumo. Esta es la España falsa y cobarde que tenemos. El afán revanchista que empuja a esta turba a perseguir a sus víctimas hasta la misma tumba. 

El acoso inmisericorde a Rita Barbera ha tenido el final pretendido, no sé si se quería sangre, pero ha tenido muerte, una respuesta enmarcada en el odio visceral, en el ataque indiscriminado, en el cumplimiento de la sentencia de ese juicio paralelo a que someten los populismos cuando las  ideas de los otros no coinciden con las suyas. Generalizado, esta vez, por una sociedad mediatizada que navega sin rumbo porque el miedo la atenaza. Lo más lamentable es que los demás, los otros, los que no coincidimos con sus planteamientos, todos, hemos caído en la trampa y hemos sido contagiados: les hacemos el juego. Una especie de contagio progresivo que nos mantiene adormecidos, confundidos y obnubilados. España vive en la miseria moral. La política se ha superado y demostrado que todavía no ha tocado techo, a pesar de la indignidad creciente que todos conocemos sin hacer nada por evitarlo. Nos hemos acostumbrado a vivir en la vergüenza o, peor,  en la desvergüenza. La deshumanización ha llegado al encefalograma plano y hemos perdido la sensibilidad para distinguir entre lo razonable, lo conveniente, lo oportuno, o lo inapropiado y miserable. Debería sonrojarnos, pero hemos perdido la capacidad de análisis, el sentido de la responsabilidad.   

Si tiramos de hemeroteca, porque la memoria se ha vuelto frágil al recordar el elogio, Rita Barberá forjó un modelo  de gobierno municipal refrendado por sucesivas mayorías absolutas que, 24 años después, han sido empañadas por sospechas de corrupción. Sin embargo, hasta el día de su muerte nunca había recaído sobre ella una sola sentencia judicial. Más allá de las sombras que acompañan a las luces de su período de mando, su empuje ayudó a reinventar Valencia, su ilusión convirtió la ciudad en un hermoso balcón al Mediterráneo, una mujer que ha dedicado su vida política al partido y a su ciudad a la que dio un cambio como en ninguna otra urbe española se había producido.   

 La senadora y exalcaldesa  fue castigada por un nuevo modelo de opinión pública que se siente con derecho a pisotear la presunción de inocencia de forma sistemática. El ocaso de Barbera había comenzado meses atrás, en concreto tras las elecciones municipales de mayo de 2015. Aunque su lista fue la más votada, perdió la mitad de sus apoyos (103.000 votos) respecto a 2011 y se vio avocada a la bancada de la oposición que no llegó a ocupar. Entonces es cuando comenzó a notar el desapego de su otra familia: el Partido Popular. Vergonzosa fue la falta de humanidad con que la trataron muchos de sus compañeros, carguillos del PP le torcían la cara cuando coincidían en la Cámara. De nada servían ya los muchos servicios aportados, sus cinco mayorías absolutas: arrasaba hasta en los barrios que  imaginaban impensables. Recaderos del PP, hoy desolados, la abandonaron a su suerte tratándola como una apestada, ejerciendo de “tontos útiles” intentando cubrir la cara de otros más hipócritas y mezquinos que ahora cubren sus vergüenzas con lágrimas de cocodrilo.  

Su pesadilla comienza con el estallido  de la Operación Taula, que investiga una trama de corrupción en las Administraciones valencianas. Una de las causas, relativas al posible banqueo de capitales en el grupo municipal del PP, le salpicó. Su condición de aforada alargó la agonía. A pesar de que solo le han podido imputar una donación de 1.000 euros a su partido, que ella misma ha reconocido, el acoso mediático, la crítica descarnada, la persecución implacable, la tiranía informativa, le ha llevado a sufrir la denominada “pena de telediario”. El linchamiento de Rita Barberá ha sobrepasado los límites de la política para instalarse en su vida personal; el acoso indiscriminado había inundado su círculo privado, su ámbito  familiar,  ha minado su  salud y ha acabado con su vida, a pesar de que la causa contra ella está avocada al fracaso. En pleno proceso judicial sufrió una oleada de infamias en las redes sociales,  y algunas cadenas de televisión la han sometido a un ataque diario absolutamente desproporcionado en comparación con el rasero aplicado a otra clase de escándalos mucho más indecentes. Barberá ha muerto sin ni siquiera un suplicatorio de procesamiento. El magistrado Conde Pumpido, que instruye el caso,  había decidido no pedir el suplicatorio al Senado para proseguir la investigación contra la aforada. Tanto ruido para tan desgraciado final. Allá cada cual con su conciencia.  

24 de noviembre 2016 

  

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