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Los políticos están más interesados en sus cuitas que en la amenaza  del terrorismo yihadista.

Solo nos acordamos de Santa Bárbara si el ruido de nuestra impotencia anuncia desastre. Cuando el estruendo destroza los tímpanos y nos parte el corazón. Cuando los muertos rompen la aritmética y se cuentan por decenas. Cuando la procesión de ataúdes pasa cercana y pensamos que en ellos podrían ir nuestros hijos o nuestros hermanos.

Es triste y desalentador que solo aprendamos a zarpazos, cuando la ruina y la desolación rompen la vida y anuncia la muerte. Cuando nuestra dignidad condiciona el presente y oscurece el futuro. Cuando el universo queda reducido a un escondrijo porque el peligro nos arrebata la iniciativa. Cuando nuestra libertad queda condicionada por la seguridad. Cuando la impotencia nos deja sin aliento.

Más allá de estas reflexiones, o las solemnes evocaciones que emanan de los atentados perpetrados en Bruselas, los de noviembre en París, los anteriores de Nueva York  o Madrid, los... Produce la sensación de que estamos indefensos.  Que a pesar de la prevención  y   estados de alerta máxima, no se ha sabido hacer frente al problema.

 La costumbre se ha convertido en rutina.  Los mandatarios de la UE son incapaces de exigir medidas duras porque la organización está desarticulada e ineficaz, carece de cohesión y mecanismos operativos. Esta es la sensación de los votantes en cualquier país si se formulara la consulta.

Los políticos están más en sus cuitas que en hacer frente a problemas que reclaman atención y consenso. Más allá de los             posibles dimisiones o no de Rajoy y  Sánchez –va a ser que no-,  las fracciones de partido en situación de bloqueo, las disputas ideológicas de tú o yo. Es evidente que Bildu o  Podemos sienten por los terroristas una manifiesta afinidad afectiva; estos son los promotores del “cambio” capaces de buscar justificación a una bomba detonadora en un aeropuerto o estación de metro, con resultado de muerte o mutilación (no sé que es peor) para cientos de inocentes  que ni  siquiera conocen. Aceptados en las instituciones. ¡Qué aberración!, los electores deben tomar buena nota. Este país ha sufrido tal transformación que no lo conoce ni la madre que lo parió.

 Bélgica busca a los terroristas en plena crisis de gobierno, dimiten los titulares de Justicia e Interior –por ineficacia- cuando todavía no han enterrado  a sus muertos; un país dividido en dos –la parte francesa y la flamenca-, con medios ínfimos  para hacer frente a un ejército en la sobra como es el yijadistas en una ciudad convertida en nido de terroristas. Y la responsabilidad conjunta de las democracias europeas, están más en sus circunloquios que en hacer frente a una amenaza que puede acabar con el mundo occidental.

Hasta que no se  pongan de acuerdo en reconocer que estamos en guerra, sin paliativos atenuantes, no saldrán del conformismo, ni empezaremos a entender la solución.

Estamos implicados en una guerra sucia, cobarde, despiadada, contra un enemigo atípico y peligroso que ha demostrado sobradamente su eficacia desde la certeza de una superioridad fanática; auténticos profesionales de la demagogia criminal. Yihad significa guerra santa, se nutren de nuevos conversos sin antecedentes personales que se convierten en los más peligrosos y eficaces. Se mueven sin restricción por nuestras ciudades, por nuestros barrios, inadvertidos por su apariencia de normalidad que es su arma más mortífera. No es una confrontación abierta, la ejecutan por fases, con medios físicos, y cibernéticos -tan avanzados en composición y diseño para su autopropaganda- que para sí los quisieran algunos medios de comunicación del alto vuelos. La mayor dificultad está en que son más de 1.500 millones de musulmanes, la mayoría gente honrada e integradora, y se mueven con una tolerancia que nosotros abrazamos como democracia y ellos como coartada. Su credo es el odio, la venganza, la destrucción. Y  superioridad basada en el desprecio a su propia vida. Estamos en desventaja.

Desde 1995 Europa ha padecido intensas oleadas de actividad terrorista promovida en nombre de la yihad, en parte como consecuencia de la posición e influencia ganada en las guerras de Siria e Irak, promovida por Daesh, cuya ramificación activa no solo se ha extendido en Europa, afecta a todo Occidente: la radicalización es un fenómeno complejo, no solo como problema de terrorismo, también de desestabilización geopolítica con mezcla de criminalidad e impunidad en barrios marginales, carne de cultivo para el más radical fanatismo. Contra la que no solo valen las armas, que también, los ejércitos deben actuar sobre el terreno. Gobiernos fuertes con el compromiso, decisión y los valores necesarios para derrotar a Daesh militarmente en Siria, Irak y Libia –con EEUU, en una acción bélica coordinada- hasta destruir su califato del terror y sus campos de entrenamiento. Y, simultáneamente, en nuestras ciudades donde es mucho lo que se puede hacer para interceptar la carroña que vienen entrenada para poner en práctica su fanatismo criminal. Para ello es Indispensable la unidad coordinad de todos los estados miembros de la Unión Europea, firmeza y presupuesto, multiplicar la inversión para dotar a los servicios de inteligencia y cuerpos policiales de los medios necesarios. Imprescindible el rastreo continuado en las redes sociales con los más sofisticados sistemas. Control riguroso de las comunidades musulmanas  establecidas en los países europeos. Y, especialmente, a los imanes de turno o la influencia de internet, creen garantizada su salvación si acaban con la vida del cristiano invasor. Una legislación eficaz, exigente, que permita prevenir y evitar la posibilidad de una segunda oportunidad. O ellos o nosotros, no vale no valen medias tintas. Nos va en ello la supervivencia.

Elblogdepacobanegas  27 de marzo 2016

Comentarios   

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