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CORONA VIRUS

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 CORONAVIRUS

 

 

 La situación global que vivimos en el mundo desde hace apenas tres meses reviste caracteres novedosos.  De forma inesperada, emerge un nuevo agente altamente infeccioso, que afecta fundamentalmente a adultos,  que hoy llena paginas enteras de  los medios escritos; y las redes sociales echan fuego con el tema. El desafío parece controlable, pero la psicosis humana, el puro miedo, está inflando una bola que amenaza con poner al mundo en apuros. El miedo se expande, la economía se hunde, nuestro modo de vida se tambalea, el virus infecta tanto a ricos como a  pobres,  poderosos y desvalidos. Es como si una especie de maldición pesara sobre el progreso económico y tecnológico de modo que cuanto más progresa nuestro nivel de vida,  más vulnerables somos a fenómenos  imprevisibles como el coronavirus. En el pasado la humanidad ya se había enfrentado a epidemias como la peste negra, el tifus, el cólera o la mal llamada gripe española, que provocaron millones de muertos. Ese escenario parecía hoy imposible, como nos habían asegurado las autoridades sanitarias. Pues bien, ya nos ha pasado, al igual que otras catástrofes asociadas a un desarrollo sin medida, un agente desconocido se burla de todas nuestras certezas y nos coloca frente a la dolorosa conciencia de nuestros límites. El miedo a lo desconocido hace que muchos crean que nos enfrentamos a una suerte de apocalipsis.

 Por primera vez en los millones de años transcurridos desde la aparición de la vida sobre la tierra, el conocimiento científico, la investigación, y la confianza en su razonable aplicación son la única base para hacer frente a esa amenaza minimizando riesgos, aunque a veces la carrera contra el tiempo para enfrentarnos requiera una especial energía e inteligencia. Esta crisis ha llegado a nuestra puerta de manera mucho más brusca y temprana de lo que creíamos, y ha caído como un fardo sobre nuestra cotidianidad. No se trata en modo alguno de que tu o yo seamos culpables, ni tampoco de que te sobrealarmes, sino de que tengamos conciencia de que durante un tiempo las cosas irán a peor y no podremos vivir como antes. Tiempo habrá de revisar el trabajo  de las autoridades y si han actuado con previsión, pero ahora es momento de la responsabilidad colectiva.  De que prevalezca la cordura sobre los intereses partidistas, evitar errores de bulto como los cometidos hasta ahora, que se imponga la prudencia a cualquier otra consideración. Y los primeros en dar ejemplo deberían ser ellos (las autoridades), que hasta ahora se han comportado con irresponsabilidad clamorosa. Claro que, en el pecado llevan la penitencia, han creido que con ellos no iba el asunto y  resulta que muchos han quedado atrapados como las moscas en la miel. Y todavía no ha hecho más que empezar.

 Tu (nuestra) responsabilidad individual consiste  en intentar no contagiarte y, sobre todo, no contagiar a nadie. Y eso implica modificar ciertos hábitos sin esperar a que te lo prohíban las autoridades. Y, también de que en la inmensa mayoría de los casos el coronavirus no mate, su rápida extensión pueda causar, está causando ya, un caos importante. No basta con acusar a los políticos de haberlo comprendido tarde; cada uno de nosotros ha de hacer lo posible por controlar un poco el miedo y ponerles el trabajo un poco más fácil a los sanitarios y a los médicos. Confiemos en el trabajo de los científicos, en la esperanza de que el conocimiento humano investigue de forma rápida y encuentre la mejor solución.                   

A pesar de que el virus y la infección que produce alcanza ya a los cinco continentes, evitar una mayor propagación  es esencial para contrarestar el que el virus (Covid 19) forme parte definitiva del catálogo de infecciones humanas que haya que diagnosticar y tratar en cada caso en el futuro.  En cada informativo nos dan, y nos entra más miedo todavía, el “parte“ de si la Organización Mundial de la Salud ha declarado pandemia, aunque lo que más miedo produce  es la poca capacidad de resolución, información y capacidad  que se les ve a unos y a otros. No sabemos en quien estaría pensando el secretario general de la Organización Mundial de la Salud al confesar su preocupación por los alarmantes niveles de inacción que se observa ante la epidemia -ya pandemia- del coronavirus. Desde Ginebra no se ve Madrid, pero se coge la señal de Televisión Española  y los reality que a diario protagoniza el presidente del Gobierno.

No tengo conocimientos sobre virus, epidemias y pandemias. Solo intuición,  capacidad de observación y oficio. Me sucede como a la gran mayoría de los informadores, incluidos los que a diario nos dan cuenta de la situación en medios  y redes sociales. Nos  hacen llegar emociones contrapuestas,  de esperanza y de temor. Nos abruman con cifras y datos cuyo significado no explican, o si lo hacen resultan condicionados por no se que intereses. Promueven toda clase de medidas contradictorias invitándonos a manifestaciones y mitines multitudinarios para aconsejar al día siguiente el aislamiento por decreto. La televisión estatal entrevista en hora punta a un experto -un enfermero sindicalista- que intenta aliviar nuestroa temores; pero la realidad es muy tozuda y  obliga a improvisar soluciones que aumentan nuestra perplejidad y  nuestra zozobra.

Estamos viendo situaciones de gran sufrimiento emocional. Muchisimas familias no pueden acudir a ver a sus padres ancianos que viven en residencias. O en los casos en que todavía les permita pasar, se enfrentan al dilema de arriesgarse a llevar o dejar allí el virus. De cualquier manera sería una insensatez no respetar el plan de defensa establecido. La prioridad colectiva no está en la calle sino en los hospitales, donde la saturación roza limites y amenaza vidas de enfermos de toda clase, de coronavirus o de otras patologías potencialmente mortales. Un sacrificio general para evitar una crisis de primer grado, al que posiblemente seguirá un desastre económico de imposible cálculo cuyos efectos amenazan los negocios pequeños y medianos. El coste de esta experiencia va a ser muy alto.

También están apunto de caer en desgracia los expertos, cuyas opiniones, como las de los economistas,  empiezan a perder prestigio víctimas de la heterogeneidad de su criterio. La Bolsa ha entrado en pánico y la sociedad en histeria colectiva por los efectos de un virus que se propaga multiplicándose y amenaza al crecimiento mundial: las cifras globales de mortalidad causada se extienden como la pólvora. Persisten preguntas que requieren un mayor tiempo de desarrollo de la enfermedad para ser contestadas.  Por ahora corresponde al Gobierno de Sánchez el deber de  probar que es capaz de hacer algo más que propaganda ideológica. 

elblogdepacobanegas  17/3/2020        

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