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Covid-19: NADA VOLVERÁ A SER IGUAL

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Coronavirus: cómo cambiará el mundo después del (Covid-19) 

 

 

 

Covid-19: NADA VOLVERÁ A SER IGUAL

Estamos en guerra. La tercera guerra mundial. Quizás la más cruel, traicionera,  violenta y expansiva de las que ha  habido hasta ahora. Resulta realmente dramático tener que repetirlo, porque han  tardado en darse cuenta; España -el mundo, los cinco continentes-, !!está en guerra!! El problema añadido estriba en que en esta ocasión, no se sabe por qué, quien, ni como, el enemigo demoledor y mortífero es un virus para el que no tenemos respuesta; una especie de “mosquito“ aparentemente insignificante que, harto de humillaciones: los matamos a guantazos haciéndonos los distraídos, ha decidido demostrar que no hay enemigo pequeño. Sorprendentemente, olvidando sus diferencias, el mundo se ha unido para luchar juntos, pero no revueltos, incluso los que antes se consideraban enemigos, ahora todos en el mismo bando, con espíritu de supervivencia, pero como no se sabe a donde o a quién disparar, es como matar  moscas a cañonazos. Mucha bomba atómica, armamento nuclear, armas de destrucción masiva, y sabe Dios que artilugios mortíferos y destructivos,  que no sirven más que para destruir el mundo y a quien las utiliza, se cambiarían hoy gozosamente por unos cuantos miles de respiradores, mascarillas y uniformes aislantes para que el personal sanitario pueda realizar su trabajo.  Porque,  en definitiva, todo es tan nuevo  como el coronavirus que la identifica. Antes las guerras eran una cosa muy sorprendente: tu me machacas  a mí, porque sí, porque hoy te has levantado poderoso, pero mañana viene mi “primo  de zumosol“ que se siente solidario y te machacamos a ti y a unos cuantos millones de inocentes que pasaban por allí. Y vuelta a empezar.

No sabemos que nos espera, aunque la historia nos lo recuerde siempre: países mirando a otros países por encima del hombro hasta que su propia curva les alcanza y llega la incertidumbre, el miedo, que es como el desconcierto y hay que ponerse a improvisar; la naturaleza es, por definición, implacable,  y tiene caprichos demoledores para los que el ser humano no se encuentra suficientemente preparado; viene  la improvisación por fases. Y aquí es donde empiezan los políticos a demostrar su incapacidad. En la primera se niega que nada vaya a pasar: para eso estamos nosotros, “yo, y el gobierno que presido“; en la segunda se dice que, aunque algo podría pasar, no conviene precipitarse, prudencia; en la tercera se admite que tal vez debería haberse hecho algo, pero que no hay nada que hacer; en la cuarta   admite que tal vez podríamos haber hecho más, pero ya es demasiado tarde. La tragedia ha tomado dimensiones incontrolables, pero seamos sinceros: nadie tiene ni puñetera idea.

 Admito no saber donde estamos y por lo que deduzco de las  infinitas ruedas de prensa de las autoridades y de los que dicen ser expertos, tampoco lo saben  ellos, hablan mucho, dicen poco, barajan con aire resuelto cifras y estadísticas que luego no coinciden, los hospitales se  colapsan y hay que improvisar grandes espacios de campaña para atender a los enfermos que llegan por centenares, los profesionales de la sanidad, multiplican su esfuerzo hasta la extenuación, jugándose literalmente la vida porque carecen de los mas elementales recursos de protección: mascarillas, guantes, uniformes protectores, respiradores, que llegan pero que no llegan, en juego patético de incompetencia entre las distintas administraciones cuya prioridad es apuntarse el tanto de quién ha llegado primero. La tragedia toma dimensiones insoportables. La vida vale menos que nada. En los hospitales las unidades de cuidados intensivos  no dan abasto, a falta de camas y equipos con los que  atender el  personal sanitario se ve en la necesidad de escoger qué vida  salvar y cual sacrificar, a veces la de ellos mismos. La población recluida el sus casas por decreto -el país paralizado- rinde homenaje puntual, aplauso sincero, prolongado y emocional desde las ventanas todos los días a las 8 de la tarde.

 En el ámbito económico, la sociedad y la economía mundial se enfrentan a un reto nuevo. En España con una “clase“ política desfasada, que no evoluciona, que vive en hibernación como si los problemas no fueran con ellos: bastante tienen, unos y otros, con mantener sus privilegios,  y encontrar una frase, supuestamente ingeniosa, para ridiculizar al adversario en el Parlamento -cuna de oradores ilustres que daban gloria y esplendor- en el que estos no encajan porque necesitan traductor y les falta iniciativa. Ya lo hemos visto: con menos cerebro  que el “bichito“ al que se enfrentan. Otros en cuanto tienen la menor ocasión tiran por la calle de en medio y  hacen lo que los unos no se atrevieron, se apuntan méritos que conducen a más porque inteligentes no parece que lo sean, pero listos... todo lo que se diga es poco. Han dejado pasar ocasiones de mayoría sin afrontar las reformas estructurales del aparato del Estado con miras al futuro, hoy presente, que exige nuevos planteamientos y espíritu de solidaridad: ya está bien que la factura siempre la paguen los mismos.

 Un Ejecutivo socialista sin experiencia que gobierna a golpe de ocurrencia, con una intencionalidad que horroriza y una ingenuidad tan  infantil  que inspira ternura; coaligado con fuerzas populistas y neocomunistas bolivarianas de boquilla fácil (mucha labia) que sin el menor rubor y prudencia, practíca: bien para mi y hambre para mañana. Las recetas que propone Iglesias y su troupe  para la crisis que nos espera, suenan a desguace; intervencionismo, mucha subvención, poca laboriosidad y odio a los empresarios. De estos equilibrios depende que España salga a flote. Y no solo peligra tu bolsillo: también tu libertad. Conviene tenerlo presente.     

 Mientras tanto, el "bichito" que parece insignificante se ha crecido, se ha envalentonado y nos hallamos ante una catástrofe nunca vivida desde la segunda Guerra Mundial. Las cifras son tozudas, y la estadística demoledora. Hemos alcanzado más de 145.000 personas diagnosticadas oficialmente con el Covid-19 y superado la escalofriante cifra de 15.000 personas fallecidas, al margen de los cientos de miles de ciudadanos  más que probablemente  lo  están padeciendo aislados en sus domicilios con síntomas leves, y muchos otros centenares de fallecidos en las residencias de ancianos sin autopsia posible para determinar la causa. Estas estadísticas no parecen ser muy fiables, pues según algunas Comunidades Autónomas, las cifras de muertos y enterrados en cada una de ellas no coinciden con los hechos reales, y habría que multiplicarlas por tres, que nos sitúa, por tanto, en un escenario dantesco.

 A partir  de ahí el Gobierno se ha puesto a legislar caóticamente sin un parlamento que le pida cuentas de sus actos. De haber prevalecido la prudencia sobre los intereses de partido se habría podido evitar el retraso mortífero de coordinación entre las distintas administraciones al optimizar unos recursos esenciales, indispensables  para frenar la expansión nacional, sobre todo Madrid, Barcelona,  y otros ciudades grandes y pequeñas especialmente castigadas por la pandemia. Tiempo habrá de sentar al Gobierno en el banquillo moral de la opinión pública para que dicte sentencia sobre su gestión, su cúmulo de negligencias y, también, por el tsunami económico que se cierne sobre los españoles. De momento, solo cabe llorar a los  muertos, solidarizarse con los miles y miles de familias que han perdido a sus familiares, felicitar al personal sanitario convertido en héroe indiscutible de esta guerra frente al virus, elogiar la entereza de un país repleto de voluntarios, de empresas privadas y de ciudadanos comprometidos que para paliar la tragedia y dar ánimo salen a cantar a los balcones, a tocar la guitarra o dar palmas de agradecimiento. 

elblogdepacobanegas  9 de abril 2020

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