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POLÍTICOS

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Políticos 

 

Eso de querer ser una cosa  y aparentar otra resulta un ejercicio de  hipocresía tan contradictorio como ir por la vida desnudos  y pretender que no se les vea el plumero. 

Deja de pensar en ti y resuelve los problemas. Es lo que piensa el electorado harto de tanta mentira.  La vida real va más allá de la idílica. Hay que salir de la  zona de confort en la que se encuentran nuestros políticos  para cambiar las cosas. La política ha llegado a tal extremo de caricatura que resulta una aventura distinguir entre lo falso y lo real. Es posible que se les vea venir, pero el efecto debe deslumbrar a tal extremo que solo la anestesia podría justificar tanta pasividad Hacer una cosa y la contraria, decir si pero no, ser y no ser al mismo tiempo, disfrazar la inconsistencia entre lo que se defiende y lo que se hace, pretender que dos cosas distintas tengan el mismo aspecto, es como engañarse a sí mismo al confundir el amor con la desazón. General falsas expectativas para hacer caer en engaño a quien lo perciba. Eso es la política del momento o la pretensión y la costumbre de los políticos practicantes. Y no es nada fácil, créanme,  es algo que necesita  valor, práctica y perseverancia, algo parecido a caminar por el alambre o la cuerda floja del trapecio, pero sin alambre y sin cuerda: puro oficio que dominan, malabaristas del equilibrio,  realidad virtual. 

 

 Eso de querer ser una cosa  y aparentar otra resulta en teoría un ejercicio de  hipocresía tan contradictorio como ir por la vida desnudo  y pretender que no se les vea el plumero. Y se les ve, claro que se les ve, pero la costumbre obnubila y crea ficción. Es la práctica habitual, lo estamos viendo. Un buen político se caracteriza por los desafíos a los que se enfrenta y las metas que persigue, por la credibilidad que despierta, por su entrega solidaria y esperanzada: valores como la confianza, la generosidad deben estar en el reconocimiento público. No a la interpretación, que desde el miedo o la ansiedad, o la dominación, produce este mundo falso que hemos creado, fruto del resentimiento, la voluntad de poder, la falta de religión y moral que deberían estar en el subsuelo de toda educación humanizadora, lejos de la sospecha, el escepticismo  y la perplejidad que hundirán al hombre a la desesperanza. 

 Los políticos actuales, nunca pudieron pensar que su capacidad podría llegar a más ni España a menos, pero nadie se rasga las vestiduras. La ascensión de esta generación mediocre al poder supone un lastre para el avance de la sociedad y un freno en las instituciones y empresas; son como una secta sin orden ni concierto, pero no tan estúpidos como para no saber emplear determinados trucos para medrar.  La oportunidad de hacer las grandes cosas sin la preparación de llevarlas a cabo, y la posibilidad de apropiarse de los “méritos” si, en principio, nadie se percata de ello, conduce a la otra: se rodean de una corte de mediocres, más tontos sin duda, se muestran inflexibles con los subordinados y,  sobre todo, propician el odio. No hay nada que odien más los mediocres que la superioridad del talento. Que suplen con habilidades para apropiarse de los méritos ajenos, sin que nadie perciba el rencor que van acumulando por lo que creen que es una injusticia que se comete con su ambición. Nunca les ha preocupado el trabajo mal hecho y sus consecuencias, se creen impunes,  y pueden proyectar su rencor sobre los demás.  

Lo estamos viendo en Cataluña con el fracaso del referéndu y una mala definición del éxito como comportamiento que predispone. Unos consideran que han perdido una batalla, no la guerra, otros no saben si han ganado o han perdido porque las cosas a medias necesitan un final. Si alguien piensa que el éxito en las elecciones del  21 de diciembre está en que los independistas sufran un serio retroceso, o que los constitucionalistas consigan nivelar en escaños, sufrirá un desengaño, pues para lo único que habrán servido es para demostrar que la fractura sigue, que el problema de Cataluña no se resuelve moldeando la Constitución ni adaptando la Ley sino dejando bien claro que este país se rige por una Constitución y el Estado de Derecho, que la justicia es igual para todos y, sobre todo, que el que la hace la paga. El movimiento nacionalista no tiene marcha atrás ya que esta impulsado por la inercia de la insatisfacción y el resentimiento. Por tanto no valen vacilaciones, la pregunta que cabe hacerse es cuál va a ser la forma, el método o la estrategia, y actuar con determinación diciendo basta ya al movimiento nacionalista desde la Ley y la democracia. Eso no quiere decir que, en base a las duras experiencias que se han vivido estos meses, haya de concienciarse de que la sociedad catalana necesita un respiro ilusionado, que hay un buen número de separatistas difíciles de reciclar, hipnotizados, que pase lo que pase van a seguir siendo separatistas. Lo lamentable es que en esta trampa caiga la izquierda con experiencia y aspiraciones: ningún Gobierno cabal podría consentir la secesión. Los soberanistas no se conformarán con una concesión a la medida, ya gozan de más autonomía que la mayoría de los estados federados y su ambición no tiene límites. Es tiempo de reflexión de cara al futuro partiendo del respiro de la aplicación del 155, que no es otra cosa que un artículo más de la Constitución, no con tantos signos de agravio con que lo hemos sacralizado.  

El gobierno se tiene que poner a trabajar con mensajes más comprensivos: estabilidad política y jurídica, recuperación del trabajo, convivencia, que no va  ser fácil a corto plazo... Queda por tanto mucha tarea por hacer aunque la fe ya no será tan ciega, porque a ello habrá que añadir las consecuencias y el tiempo perdido.  

Los ejemplos resultan obvios. La democracia consiguió triturar el plan Ibarreche, ahora solo hemos conseguido descabezar la locura Puigdemont. A la razón visceral, no pueden atribuírsele capacidades de las que carece Si los partidos constitucionalistas no aceptan de una vez la naturaleza del verdadero sentido de Estado y aplican unidad de criterio, volveremos al llamado “Proceso de Paz” protagonizado por Rodríguez Zapatero y su ceguera política,  haciendo buena la expresión: “De victoria en victoria hacia la derrota”. 

28 de noviembre 2017 

 

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