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¿TIENE FUTURO LA UNIÓN EUROPEA?

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 ¿TIENE FUTURO LA UNIÓN EUROPEA?

 

El futuro de la Unión Europea está en la progresión a un más eficaz planteamiento y en un nuevo diseño que le permita sobrevivir al trauma del Brexit y las divisiones que deja la crisis política de los refugiados.

El trauma de la decisión de Reino Unido representa una prueba formidable; si a esto unimos el calendario de elecciones en Holanda Francia y Alemania, en las que el nacionalismo puede avanzar e incluso conquistar el poder, el panorama puede ser de infarto. O bien no sucumben a la ola del nacionalismo aislacionista de la que se han visto víctima los británicos –y no británicos- y consolidan un proyecto sólido en favor del proyecto comunitario, o la UE se verá abocada a una supervivencia sin futuro. La Comisión y el Parlamento Europeo dirigen el nuevo proyecto, aunque no participen todos los países, algunos muy reticentes: Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia, en general los países del Este creen que generalizar este camino les arrinconaría a la hora de tomar decisiones si no quieren avanzar más hacia la integración política. Y el primer campo en el que esta idea se abre paso es la defensa común, la voluntad de permanecer unidos después del trauma del divorcio británico al tiempo que se fijan metas para los próximos diez años y, sobre todo, transmitir a los ciudadanos europeos un mensaje de solidaridad, ilusión, confianza y unidad, en un momento de incertidumbre sobre su futuro. Un nuevo escenario que permitiría a la UE una mayor capacidad para afrontar los desafíos que proliferan en todo el mundo.

La iniciativa de los cuatro grandes, Alemania, Francia, Italia y España, de lanzar la Europa de varias velocidades para que aquellos que quieran diferentes proyectos de integración puedan hacerlo a su medida, sin esperar a convencer a aquellos países más reticentes, puede ser una respuesta conveniente. En un momento en el que más Europa no es una idea especialmente popular, reducir el debate sobre el futuro a una lección entre más o menos Europa resulta un engaño simplista.

Resulta obvio que los 27 integrantes avanzaran en la misma dirección, pero es absolutamente claro que a la vez se ha ido ampliando a lo largo de la última década dando ingreso a países con situaciones políticas, económicas y sociales absolutamente heterogéneas. Hay un amplio grupo de estados de menor población, comprometidos con una mayor integración, que miran con recelo el liderazgo de los grandes, pero que comparten con ellos el deseo de avanzar hacia una nueva Europa fuerte y unida. Por tanto, que nos digan claramente a qué velocidad quieren la Europa rápida, si quieren que sea auténtica y con visión política. Es decir, unos Estados Unidos de Europa o una Europa Federal, qué papel van a jugar los ciudadanos, si van a estar de meros espectadores como hasta ahora, de nacionalismos discriminatorios o de derechos iguales. El ciudadano vive en un estado de incredulidad e indiferencia y es ya un imperativo afirmar el fracaso de 13 años del experimento del euro que desesperada e inútilmente lucha por sobrevivir. No es necesario que todos avancen a la misma velocidad pero sí que todos remen en la misma dirección. Un ejemplo de cómo podemos hacer más con los países que desean hacer más, sin olvidar los intereses del conjunto, una de las asignaturas pendientes de la UE. Además es hora de terminar con una forma de gestión burocrática con una ingeniería social alejada de los sentimientos de los pueblos que la integran. Y ya no digamos el plan de ampliar de 27 a 35 el número de asociados en la próxima década es ya un sueño del que todos se burlan.

La cumbre de los 27 en Bruselas, ya sin el Reino Unido, viene a confirmar la estrategia que había muñido previamente en Versalles Holand, Merkel, Rajoy y Gentilone: la quizás mal llamada Europa de dos velocidades, que para los europeístas es ahora la única solución posible para avanza, necesita una reflexión urgente. La cumbre de Roma del próximo 25 de marzo tendrá una fuerte carga simbólica porque conmemora los 60 años de Tratados de la Comunidad Económica. Rajoy debe aprovechar la ausencia de los ingleses y la nueva reestructuración a la que obliga para abandonar posición de comparsa y dejar clara su postura sobre una mejor Europa en la que España debe ocupar un papel de liderazgo. De hecho, diferentes velocidades siempre ha existido, respecto al euro, la fiscalidad y la política de defensa. Áreas que deben estar permanente abiertas a los países que quieran sumarse aunque no hubieran estado en el planteamiento inicial.

El sueño de los padres fundadores de la Europa federal es ahora un imposible, pero no lo es que vaya adelante con países en condiciones de llevarla a cabo. Europa está en una crisis de legitimidad democrática que le imposibilita para articular la voluntad de los países más grades. Si se amenaza a unos con quitarles unos fondos que les corresponden por derecho para imponerles sumisión contra la voluntad de sus pueblos, se estará a un paso de la disgregación.

Es evidente que en un mundo globalizado los países por sí solos no tienen ya peso suficiente para resolver los grandes problemas. Los que no deseen profundizar en la integración política puedan optar por mantener su estatus actual, pero no deberían impedir al resto que avance en este camino que está en la base del proyecto comunitario y que es la mayor garantía de futuro de nuestros ciudadanos. La clase política de la UE no es más que un reflejo de las sociedades que la integran, hasta ahora cada vez más cuestionada desde sus propias oposiciones internas, y precisa una política socialdemócrata de consenso ejemplarizantes, porque no tiene sentido hablar de varias velocidades cuando se trata de diferentes direcciones.

El hombre siempre ha necesitado alguien a quien escuchar. Pero hace falta que los ciudadanos entiendan que en gran parte han perdido la memoria del origen de libertad, justicia y derecho. Una sociedad articulada necesita personas de valía que estudien los problemas, compartan su saber y sus instituciones morales y de buen gobierno. Y no nos olvidemos, somos los ciudadanos los que tenemos con nuestro voto la oportunidad de apostar por este ideal o dejarnos seducir por nuevas utopías que nos llevarán a un nuevo desencanto.

Lo que ha sucedido en esta cumbre con la actitud de Polonia, intentando hacer prisioneras a las instituciones europeas de un incomprensible debate interno, es intolerable, por eso puede ser efímera esa satisfacción de los grandes y la Comisión por sus advertencias ejemplarizantes. Polonia ha sido aislada y derrotada en su esfuerzo por impedir que siga de presidente del Consejo un Donald Tusk que es un hombre eficaz de Bruselas, pero un activo enemigo del Gobierno de su País. No se trata de crear una nueva línea divisoria, un nuevo telón de acero entre el Este y el oeste, Si Polonia y, en general los países del Este, no pueden superar ahora sus miedos a una mayor integración en el proyecto europeo, deben abstenerse de poner palos en las ruedas de los demás, porque no es cierto que así defiendan sus intereses nacionales.

España está logrando que la UE mire más a Iberoamérica y apuesta por un europeísmo constructivo. Trabaja decididamente por estar en el grupo de cabeza de los que quieren una mayor integración política empezando por el campo de la defensa y la seguridad. Una solución que es buena para España y para Europa.

15 de marzo 2017

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