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UN DÍA CUALQUIERA

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UN DÍA CUALQUIERA 

La emoción, el sentimentalismo tóxico, el desencanto ante temas candentes, distorsiona el razonamiento y condiciona el juicio de lo que vemos y oímos. Unos minutos de televisión, un ratito de tertulia, un soporte de radio mientras desayunamos y un repaso por la prensa de papel, puede ser suficiente para caer del guindo e interrumpir el autoengaño. Salvo que seamos cómplices morales.

 

La cuestión es que vivimos el mayor auge de populismo desde las primeras oleadas del siglo XX. El fantasma que, esta vez, no solo recorre Europa sino el mundo entero, pregonando progreso más conceptual que real. Un brevísimo repaso permitirá contemplar el panorama: la crisis económica, niveles de desempleo, más insoportable en Grecia y España, desmoronamiento de las clases medias, la inoperancia de la UE. El soberanismo que ha traspasado el umbral de lo imaginable, el desconcierto en las redes sociales que han sido determinantes junto a la traición de las televisiones, pérdida de influencia y declive de los medios de comunicación escritos, banalización del debate político desecho de inteligencia invadido de chabacanería, la clase universitaria presa en su burbuja y en su funesta endogamia. Toda la vida pública es política y termina derivando: el Brexit británico, que ha puesto al Reino Unido en situación límite, pasando por la mayor crisis económica desde 1929. La fatal irrupción de Donald Trump no ya en la esfera política estadounidense sino en el planeta tierra. La rabia que genera el presidente empresario es la mejor prueba de su histórica victoria. Ahora se le llama enemigo del pueblo que le alzó al poder y le acusan de querer acabar con las libertades y acentuar el problema que este país tiene con la inmigración. Así comienza el descrédito de la opinión crítica, hasta convertirse en fugaz ocurrencia. Al derrumbe ha colaborado también desde los círculos de la política sino de los denominados mediáticos, intelectuales, hasta conseguir un formidable esperpento de dimensiones internacionales. El destinatario final, el pueblo soberano que recibe el castigo de quienes pretenden servirle sin escuchar otras cosas que su propio egoísmo y termina resignándose a todos los desengaños.

España también se encuentra en una encrucijada de inoperancia que debería preocuparnos si quedara algo de pensamiento estratégico. La democracia dice poco y la traición dice mucho. Lo fácil es echarle la culpa de nuestras desgracias a las crisis de las economías occidentales cuando la consecuencia era que vivíamos en una burbuja sin querer darnos cuenta de lo que ocurría, o que no interesaba reconocer la realidad que luego pagamos los de siempre. Podemos está contento con la victoria de Trump porque al final, los populismos sean de extrema derecha o izquierda defienden lo mismo: el comunismo como ideología. Supongo que algo tendrá que ver lo de la “Transversalidad”, pero Errejón perdió y me temo que nos vamos a quedar sin saber lo que significa el invento, no sé si tendrá que ver con pasar como lo que no son: Errejón quería que Iglesias se cortara la coleta.

El PSOE, que avanza imparable hacia su destrucción gane quien gane las primarias en mayo: Pedro Sánchez, Susana Díaz, o Patxi López, cuyos partidarios están enzarzados en una guerra con duras descalificaciones y duras peleas políticas personales. Fuentes oficiales de la organización justifican los ataques por el malestar de muchos militantes con la insinuación de Sánchez de que persigue interese espúreos que alguno de los dirigentes de su propio partido pronuncian con este jugo de palabras: “Entre Pedro y Podemos: Podremos”. Pedro Sánchez insiste; “Queremos que PSOE sea el referente de la izquierda en España..., si nuestro color favorito es el rojo, el rojo del PSOE”, desafía a Díaz y barones. Susana Díaz responde que no va a permitir que nadie enfrente a los socialistas, en una alocución retórica. En este juego de palabras y frases hechas, Rodríguez Ibarra escribe en ABC: “El PSOE se blinda ante un hipotético regreso de Pedro Sánchez”, “Habrá una guía de oposición en la se detallarán las líneas rojas que nadie podrá saltarse: por ejemplo, la soberanía nacional”. Pero todos saben, y ahí está la cuestión, que su exsecretario general es previsible, la forma en que Pedro Sánchez ha desequilibrado la correlación de fuerzas con el “no es no”, ha alcanzado un grado inquietante de autodesconfianza en el que se le ve capaz de votar contra sí mismo: un tipo sin proyecto y sin ideas galvaniza a sus afiliados con freses sin significado y unas cuantas consignas de desahogo revanchista. El PSOE se está quedando sin espacio, después de dos comicios fallidos parece querer renunciar al tercero que se aproxima. ¿Cuantas derrotas necesita para darse cuenta que con esta obcecación está renunciando a ganar? Salen con la batalla perdida.

Y el PP en su letargo complaciente. Se han olvidado de sus principios: orden, familia, igualdad de oportunidades, estado de bienestar, “valores”, unidad como nación, flexibilidad en la aplicación de la ley y el orden, incumplimiento de su programa electoral. Credibilidad, es clave para que se respete a un partido político y esencial para su recuperación. Ampararse en el “menos malo”: Sin nosotros no se va ninguna parte; puede ser efectivo como salida de urgencia, el desencanto tiene corto recorrido. La derecha, o se hace más práctica con sus medidas, o el asunto pinta mal. El electorado está cansado de tanta pantomima.

Mariano Rajoy y su Gobierno asumen que no se van a aprobar los Presupuestos Generales del Estado de 2017, y los del 2018 predicen algo parecido. El pacto con Ciudadanos, que posibilitó la investidura de Rajoy, hace aguas. Y la posibilidad de que Pedro Sánchez gane las primarias del aumentan día a día. La suma de todos estos factores apunta a elecciones anticipadas.

Resumiendo, los políticos han lavado sus vergüenzas. La conclusión a la que hemos llegado los españoles es que España no es diferente, ni igual, ni parecida, es un instrumento en manos de la irresponsabilidad.

9 de marzo 2017

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