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CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

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UN PAÍS SIN RUMBO PORQUE HA PERDIDO LA BRÚJULA, EL TIMÓN, O LO QUE SEA.  

Abrir puertas al diálogo, buscar pacto y desplegar mesas de reuniones entre los partidos resulta siempre positivo si es a partir de unas ideas claras sobre lo que es y ha de ser España. Y siempre que se tenga en cuenta que no hay marco legal posible para robar al pueblo español la soberanía que le pertenece. Porque la democracia no consiste únicamente en votar, como repiten machaconamente sus peores enemigos, sino en respetar las reglas de juego vigentes para que los participantes en el mismo, llegado el caso, no puedan cambiar el tablero de sus pretendidos territorios. Los populistas se han acostumbrado a la agitación y se apuntan a cualquier sacudida que contribuya a sembrar el caos.

La pusilánime respuesta del Gobierno y de las instituciones ha dado vuelos y licencias de gran riesgo: entre pirómanos y colaboradores no va a haber bomberos para hacer frente a esta epidemia incendiaria.  Y ya no digamos convocar consultas en estos momentos de riesgo político más parecido a la ruleta. En un arranque de autoconfianza displicente y sobrada el Gobierno de Mariano Rajoy se ha sentado con un grupo de tahúres  y les ha entregado la baraja. Ni Euskadi con el intento de Ibarretxe, ni Cataluña con esta tropa de prestidigitadores oportunistas, ni cualquier otra comunidad autónoma, pueden, como amenazan y de hecho lo hacen,  decidir unilateralmente prescindiendo del resto de los españoles,  como quieren interactuaren España cuya soberanía no les pertenece.  

 Parece ser que la reforma de la Constitución se ha convertido en la panacea para la solución de los muchos problemas que nos agobian, y yo dudo que la mayoría de los políticos que con tanto fervor pregonan esta reforma tengan el conocimiento, visión política, altura, generosidad e inteligencia  para afrontar con éxito la modificación de un instrumento que ha servido con eficacia para que los españoles hayamos  podido vivir en paz, con nuestras diferencias, durante casi cuarenta años. La Constitución del 78, acordada entre todos los españoles y refrendada en referéndum, cumple y establece las normas de ese proyecto de vida en común que es la nación moderna según Ortega. Un gran pacto  que incluye derechos y deberes, garantías y obligaciones, asentadas en los dos principios fundamentales del Estado de Derecho: la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la obligación de cumplirla de todos ellos. La reforma institucional, caso de que consiga, ha de afrontarse con la prudencia que exige el marco de convivencia de todos los españoles, y su modificación no puede basarse en un texto que surgió de la crisis sufrida por un PSOE que tras la era de Rodríguez Zapatero perdió la noción y la idea de España. Si hoy sufrimos una grave acometida de independentismo se debe a que se ha debilitado el patriotismo español, sobre todo por la inhibición culposa del PSOE, entregado desde Zapatero al pachangueo con el nacionalismo. Y así les va de bien. 

Hay muchas otras reformas que emprender. El politiqueo de salón y la pusilánime convivencia de una política de compadreo y complacencia, ha dado lugar a interpretaciones de conveniencia que cada partido ha ido forjando según conviene a los intereses propios, en las comunidades que gobiernan. Después de casi cuarenta años de consenso, España merece algo más que un apaño coyuntural para emprender un nuevo camino institucional que ponga un poco de cordura en tanto desorden, y esta legislatura ofrece una oportunidad de oro. El camino más directo, y puede que único, es hacer de España un país del que nos sintamos orgullosos. Un país moderno tolerante, abierto, donde los ciudadanos puedan desarrollar sus posibilidades y se sientan iguales en derechos  y deberes, con una justicia independiente y unos partidos políticos que antepongan e bien común al de sus dirigentes.  

La legislatura sigue pasando por el dialogo con el PSOE y el posible acuerdo con este partido en los grandes asuntos de Estado. Uno de ellos es la política territorial y, repito, la eventual reforma de la Constitución que, en su caso, podría servir para dar una respuesta unitaria al desafío independentista catalán. Pero el PSOE se encuentra sumido en un profundo caos de convivencia y organización, falto de proyecto y de criterio, enfrentado y dividido, a pesar de la sensatez y esfuerzos del presidente de la Gestora, Javier Fernández, hoy parece imposible con tanta ambición de unos y tanta dejadez de otros.  

 

Formaba parte del guion que el PSOE se alineara con los sindicatos para participar en las protestas convocadas los días 15 y 18 de diciembre contra el Gobierno, en demanda de a reforma laborar entre otras exigencias. La anterior legislatura comenzó con la convocatoria de dos huelgas generales y de protestas en las calles contra los recortes. Sin embargo aquella estrategia resultó un fracaso, al punto de que nunca más a lo largo de la presidencia de PP hubo otra huelga general. Los sindicatos ya habían quedad sobradamente en evidencia. Ahora UGT y Comisiones Obreras solo pretenden recuperar parte de protagonismo perdido y del crédito social dilapidado, desvanecido por la pérdida de decenas de miles de afiliados y de innumerables casos de corrupción sindical. El ejemplo del millonario Fernández Villa en Asturias, los desmanes contables de UGT en Andalucía, la complicidad sindical en el fraude masivo y organizado de los cursos de formación, el enriquecimiento de algunos sindicalistas de referencia con los ERE... entre todos, han llevado a los sindicatos casi a la irrelevancia y al total distanciamiento de los trabajadores, que hace tiempo dejaron atrás estrategias desfasadas de lucha social. 

El problema proviene de esa extrema izquierda populista que pretende la extinción de los sindicatos tradicionales, sin que hasta ahora ni  UGT, NI CC.OO., como el PSOE hayan sabido dar una respuesta exitosa. Movilizarse contra el Gobierno a las primeras de cambio es una inútil muestra de intransigencia. El apoyo del PSOE a las movilizaciones de los sindicatos contra el Gobierno descartando como anticipo de una huelga general como quiere Podemos, enmarcándolas exclusivamente en la necesidad de mover la voluntad del Ejecutivo. El presidente de la gestora socialista evitó señalar quién compondría la delegación socialista. Sin embargo, las circunstancias que envuelven el actual paisaje político obligan a mirar más allá de lo aparente, porque un Gobierno en minoría tiene que pensar en la mayoría y hacer de la necesidad virtud por pura supervivencia. Y como el socialismo, por razones obvias, también tiene que hacer de la necesidad virtud, podría darse a feliz paradoja de que esta legislatura alumbrara un milagro imposible de presagiar hace mes y medio. Que todos piensen un poco en España en estos momentos de incredulidad y agotamiento donde parece ser que el sistema se ha quedado viejo, inservible. 

Estamos en un momento de cambios profundos, de inestabilidad y desconcierto. Pero no es solo la política española. La francesa, la inglesa, la italiana, la alemana, la norteamericana, por citar solo las más próximas, lo están tanto o más. Y no me aventuro con otros continentes, donde hasta las dictaduras sienten temblar la tierra bajo sus pies. Nos hallamos en un momento de desafíos inesperados, de problemas sin solución y de soluciones que no resuelven nada. El mejor ejemplo lo tenemos en Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, ha elegido presidente a Donald Trump, pero los norteamericanos no se enteran de que aquello por lo que y para lo que le eligieron es muy difícil de alcanzar. Algo parecido ocurre con el Brexit en el Reino Unido. Por mucha satisfacción que produzca en el orgullo británico mandar  a paseo a la UE, no compensa los problemas que les crea. En España seguimos esperando el milagro: un Gobierno en minoría y una oposición mayoritaria, amigos y enemigos al mismo tiempo. Ya nadie cree en nada, o como la verdad molesta inventamos otra. O una vieja mentira como el nacionalismo, el comunismo o el populismo. Como si, de repente, el estado de valores que se ha quedado viejo, inservible, tuviera que inventar la democracia y enterrar la demagogia y la tiranía. 

España es el segundo país, tras Rumanía, con mayor porcentaje de población en riesgo de pobreza de la UE. La izquierda quiere recuperar los cinco años de abandono de las políticas sociales en la mayoría absoluta del PP, olvidándose de las suyas que darían para mucho juego. El PSOE va a utilizar el debate presupuestario para forzar al Gobierno a aprobar medidas para atajar la desigual distribución de la renta y los altos índices de población en riesgo de pobreza, que tendría que haber iniciado el PP. No solo no ha sido así sino que ha tropezado en la misma piedra. Camino de convertirse en rutina, la primera medida tras los nombramientos es subir los impuestos, a pesar de que había margen para bajarlos, según dijeron cuando ponía las barbas a remojar. La subida actual afecta a la misma cuestión de principios que las de su primera legislatura o ausencia de ellos, y revela la convicción esencial de que para exprimir a  los contribuyentes siempre existe algún pretexto. Los populistas, conscientes de que la fórmula de su éxito consiste en combatir la miseria y mejorar el nivel de vida de los ciudadanos, incluyendo promesas imposibles de cumplir, capitalizan la oportunidad que les brindan en bandeja.  De conseguir alguna de las mejoras que proponen, aprovechando la  debilidad parlamentaria de Rajoy, el éxito será capitalizado por los socialistas que, por necesidad numérica de escaños, les tienen  comiendo de su mano.  

Sin embargo Rajoy, siempre en  la línea de su espoleta retardada, La primera decisión de su Gobierno es una nueva subida de impuestos contradictoria con  sus propuestas  electorales. Las promesas de Rajoy son tan volubles como oportunistas, llenas de dispersiones, complejos y retoricas parlamentarias; que solo recuperará diez minutos antes de convocar las próximas elecciones. Especialista en hacer pasar por virtud lo que antaño habría sido considerado como defecto. Es tan torpe que se ha vuelto a olvidar de la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones y, en definitiva, de la clase media a la que ha empobrecido en una actitud suicida alegando un estado de crisis agónica del cual solo se enteró, parece ser, al llegar a la Moncloa pese haber basado toda su campaña contra Zapatero en la descripción apocalíptica del déficit y la economía. Una clase media extenuada por el esfuerzo, abatida por la continua prospección de sus rentas menguantes. Mientras los gobiernos municipales y  autonómicos, incluido el nacional, se han apresurado a recuperar la depreciación de sus sueldos de forma tan inoportuna que han escandalizado hasta sus homólogos exentos de moqueta. Dejando una morralla de torpes errores que practican la repetición como farsa, pero que han proliferado en el resentimiento social  y en el colapso del sistema. A la derecha cada vez le quedan menos causas propias, entregada como está a un pragmatismo funcional que convierte su programa en papel mojado. Nunca un gobierno que se tiene por liberal ha recortado tanto las libertades económicas y el Estado de bienestar, negándose a cuestionar siquiera la posibilidad de reducir sus gigantescos aparatos clientelares. La mayoría de los electores creen en otra forma de gobernar y desean una Administración menos costosa y más pequeña. 

8 de diciembre 2016 

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