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Jornada de reflexión - 26-J

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Del voto oculto y la confusión del electorado depende el triunfo del populismo.

Pronosticar lo que ocurrirá con las alianzas después de las próximas elecciones, es anticipar un futuro caprichoso, más sensato es encontrar la parte lógica de los acontecimientos y exponerla con prudencia.

Ahora bien, saber presupuestar o pronosticar en este caso no deja de ser una ligereza conociendo el percal que se maneja. El bipartidismo se ha agarrado a la esperanza del voto oculto, la posibilidad de una remontada, una conjetura más remota que objetiva.

La pasada legislatura fue un ejemplo de lo que habría podido ser un ensayo a la valenciana o lo bolivariana  y  la poca talla moral de nuestros políticos. El Congreso se convirtió en una bacanal  que podría ser una muestra de lo que nos espera: vetos, estigmas, las mismas barreras personales e ideológicas que arrastraron al fracaso la breve legislatura anterior y provocaron la repetición de las elecciones. Unas elecciones que aún no se han celebrado  y ya han sido anticipadas por las encuestas, interpretadas y declaradas fallidas. De hecho todo está ya tan claro que solo es posible si se dan por seguro el  fracaso y la aniquilación de los partidos y del régimen parlamentario: “joder, qué tropa”. Si levantara la cabeza Romanones, vería que otra sabio iba cogiendo las hiervas que el arrojó.

Todo son conjeturas. Cuando quedan solo cuatro días para las elecciones, en el PP comienzan a pensar en el de después. Y lo ven peligrosamente en manos del PSOE, a pesar de la vertiginosa caída que se le pronostica. Todo depende de si se produce o no el sorpasso de Unidos Podemos sobre los socialistas,  las últimas encuestas dan como segunda fuerza más votada, unos seis puntos por detrás del PP, y cuatro puntos por encima del PSOE.  Los populares Piensan que si esto se confirma Pedro Sánchez sea sustituido en el próximo congreso y la situación se reconduzca  y se abra paso a un posible gobierno negociado con el PP. Más probable resulta la creencia de un gobierno en solitario que, en principio, sería un ejecutivo débil sin posibilidades de llevar a efecto un programa serio como el que necesita España en estos momentos. Con Pedro Sánchez es muy difícil  hacer conjeturas, su ambición le sitúa en un lugar de vehemencia para el que en nada influye su posición tercera o cuarta, da igual.

Pedro Sánchez ya anunció hace unas semanas que, si algo hará distinto en esta legislatura es no esperar a que fracase  Mariano Rajoy en las negociaciones de investidura. Después del domingo, lo mismo da si queda segundo, tercero o cuarto, el PSOE abrirá negociaciones con las “fuerzas del cambio”, y mucho tendrán que emplearse los varones para que él no priorice cumplir su sueño de ser presidente de gobierno aunque para ello tenga que vender a su... su alma al diablo.

Ahora bien, no solo pueden fallar las encuestas y el PSOE mantener a segunda posición, sino que fallen las previsiones  y junto con los ultras tengan tantos escaños como para obtener el visto bueno de los varones. Porque lo indudable es que los extremistas han obtenido la legitimación suficiente para formar ese gobierno. Y  a ello ha contribuido la derecha que ha colaborado  a que Ciudadanos se esfuerce más en vetar a Mariano Rajoy que en rechazar la extrema izquierda y, por supuesto, la pérdida de una gran parte de su electorado por su política de complejos,  concesiones y arbitrariedades que ha propiciado estos movimientos al amparo del descontento.  

La izquierda siempre ha sabido venderse mejor que la derecha, rentabilizar sus fallidos proyectos, y a pesar de que los socialistas han sido tan corruptos o más, les dan sopas con honda a la hora de desplegar sus trapicheos. Pedro Sánchez es una caja de sorpresas, capaz de decir una cosa y la contraria, en un ejercicio de prestidigitación que ya no sorprende  a nadie. Muchos dirigentes de su partido, incluidos los catalanes, no entienden su concepto de nación y  su confusa postura en la defensa de la unidad de España. La demagogia personalizada al servicio de la ambición. Entre unos y otros han conseguido que esa hermosa provincia española se  haya convertido en tierra de nadie y en la más completa ruina. La tragedia de Cataluña no es que pueda alcanzar la independencia, lo que puede ser irreversible es el déficit de libertades públicas que padece esa gente que no se atreve a expresar públicamente sus sentimientos por miedo a ser estigmatizada por el adoctrinamiento oficial, similar al registrado hace años en el país vasco.

Al bipartidismo le esperan  días y horas trémulos. Una campaña en la que se habla más de vetos que de votos, es el síntoma más clara de la enfermedad de la política española. Este es el resultado de la nueva política y de los mensajes de la supuesta regeneración democrática, con una nueva corriente revanchista, un populismo que disfruta de la intolerancia infinita e la extrema izquierda, enemigos de la libertad y las leyes.

elblogdepacobanegas 25 de junio 2016

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