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MI FELICITACIÓN DE NAVIDAD

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MI FELICITACIÓN DE NAVIDAD: EL EMBRUJO DE LA NOCHEBUENA 

 

Es una noche maravillosa de inverno transparente, casi tibia, angosta. La luna pinta de plata el azul del cielo y los puntitos brillantes de las estrellas parecen añicos de  limpio cristal refulgente prendidos en la inmensidad del espacio. Tengo un poco de frío. La noche se ha puesto blanquecina y siento una gran curiosidad por todo. La ciudad está encendida y trepidante, contemplo, imaginativamente, la fiesta de la Nochebuenanoche de tregua, de abrazo cordial, de ternura y de solidaridad. Se escuchan villancicos, panderetas, la ironía estallante de las carracas, la burla grotesca de las zambombas. Algo profundamente encantador y misterioso sacude nuestro espíritu, y el íntimo rosario de nuestros recuerdos comienza a pasar dulcemente sobre el fondo estremecido del alma.

 

Del fondo de mi memoria han ascendido bellos recuerdos. Pienso en aquella Nochebuenas familiares y únicas, poniendo en todas las familias el impulso generoso de los hombres; porque el nervio escondido de la Nochebuena consiste en esta fuerza para renovar, cada aña, el culto a la familia y multiplicar la misteriosa dinámica de la cohesión humana. Pero yo quiero hablaros de La Nochebuena más sagrada, neta y plena que corresponde al mundo de nuestra infancia. Mentalmente reconstruimos la fiesta familiar y nos damos cuenta de que nosotros entonces la vivíamos con una intensidad irrepetible, como un poro abierto y una desnuda sensación no quebrantada por el análisis. Esta es ya, para nosotros, la Nochebuena del pretérito, con el encaje trémulo de las primeras percepciones de la vida y el eco de las palabras que no volveremos a pronunciar. 

La Nochebuena cruza tres generaciones y las tornasola de distintos colores, de reacciones desiguales, y pone en cada figura un sello especial e  inconfundible. Porque cada uno de nosotros vive sobre el Universo su hora sentimental y afectiva; queremos hacer partícipes a todos de nuestra alegría natural y encantada. Pero miremos con amor este rictus desconsolado de los mayores que ahoga la libre exaltación de nuestro sentimiento, y pone en el alboroto de nuestras casas el misterio de algo imposible de definir.   

A estas alturas de la vida tiene la Nochebuena pujanzas antiguas, reflorecimientos de impulsos pueriles, deseos de confundirnos con cantos y lágrimas que no acertamos a definir y expresar. El propio contento que sentimos prematuramente conmuta con la inicial sensación de que comienza a marchitarse la rosa del alma. En contraste con aquellas posturas radicalistas y totalitarias de quienes intentan, vanamente, despreciar estos días de universal solidaridad.  

Porque en este mundo actual, regido por políticos de ignorantes extravagancias,   la Nochebuena profunda,  misteriosa y estremecida, pese al calor de hogar, las voces de plata, las miradas vidriosas y las muecas amargas... no permanece  exenta de oscuros presentimientos; de sentencias lapidarias; de desgracias venideras. 

No creamos a quien intenta ensalzarnos la vida insípida y tangencial, que discurre vacía y desequilibrada, al margen de este sendero donde florecen las virtudes superiores de la humanidad. La vida no vale nada sin este caudal fugitivo de emociones y experiencias. La Nochebuena es un regreso único a otras disfrutadas de nuestras vidas: caprichosos cristalitos de colores del último calidoscopio sentimental. Cuando ya no haya fuerza en nuestros brazos ni ilusiones en nuestra vida, cuando en las cuartillas blancas no podamos poner la melodía estremecida de nuestro sentimiento, recordaremos todas nuestras Nochebuenas. Y viviremos la última de nuestra vida convencidos de que vamos a alcanzar la próxima: “el año que viene”. 

 ¡Feliz Navidad!, y mis mejores deseos a todos y cada uno de los amigos visitantes de esta página. 

19 de diciembre 2017 

 

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