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SE ACERCA LA NAVIDAD

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Se acerca la Navidad

Todo sigue su curso bajo las estrellas amigas que yo voy contando en las noches serenas de reflexión.

 

 Ahora le toca a la Navidad. La gran ciudad se pierde en el tumulto de la vida azacanada y multitudinaria, todo se reabsorbe en esa agitación de su trafago  ciudadano ensordecido por mil ruidos dispares que han robado al hombre la virginidad milagrosa de su puro silencio. En vísperas de estas fiestas entrañables y queridas, algo profundamente encantador y misterioso sacude nuestro espíritu y al compás de nuestros pasos. La cadena de las antiguas sensaciones,  comienza a pasar dulcemente sobre el fondo estremecido del alma y el íntimo rosario de nuestros recuerdos. Trabajamos, pensamos, vivimos condicionados por nuestros sueños,  las súbitas exaltaciones del espíritu, las corrientes transitorias de la vida, los desmayos y sentimiento que despiertan el rumor de los tañidos de nuestras sensaciones. 

 

Todas las fiestas tienen un marco propio, una aureola, una temperatura, una expresión psicología específica y adecuada. Ahora la ciudad, como por arte de magia, nos trae un sentido especial de Navidad, una escenografía mágica y una sensación misteriosa de Nochebuena. En el color del cielo, en el hielo que se deshace, en las hojas húmedas de sus árboles, en la alegre decoración de sus calles y plazas, en la atractiva llamada de los escaparates  con productos artesanos con los que adornaremos nuestros hogares. Algo misterioso que sacude nuestro espíritu, el compás de nuestros pasos y el archivo de nuestros recuerdos, al margen de la vida insípida y tangencial que discurre vacía y desequilibrada. Es como si una brisa brumosa y fresca rodease la ciudad  y enviase al centro de  todas estas calles trepidantes el sabor intacto de las flores y ramajes. 

Esta, como en otras nochebuenas, nuestra alegría, nuestra paz, al calor de la comodidad y las comidas copiosas, quieren ser un carrusel para que se monten todos en la loca verbena de unas horas fugaces. Vuelve la bondad de nuestros corazones, se multiplica nuestra fe misteriosa y entibiada, pensamos en un trato más humano y fraternal para todos y, como una magia infantil, lanzamos las ruidosas instalaciones de la caridad. 

Todo va pasando y todo, inexorablemente, se va repitiendo. La vida no vale nada sin esta caudal de emociones, de experiencias, que deja sin marcar la blanda cara de nuestra personalidad. No creáis en aquellos que nada les influye, ni nada les perturba, la esencia de ser hombres consiste en estar abiertos totalmente bajo el ancho cielo y sentir en un instante toda la historia peregrina de nuestra vida. 

Todo sigue su curso bajo estas estrellas amigas que yo voy contando en las noches serenas de reflexión.  En la textura de mi espíritu, faltan los muelles elásticos de la acomodación a este donaire universal, a esta eterna pirueta entre la alegría y la tristeza que realiza de continuo el hombre como un equilibrista contradictorio.  Nos incorporamos al ardiente festival de la vida y olvidamos el dolor de los hogares más desfavorecidos de la tierra. Se siente un raro atractivo, una curiosidad discreta, algo hondo dicil de explicar, por todas las personas  que sufren la desigualdad y la injusticia. 

Todos los hombres que sobre el Universo viven una vida superficial, loca, embrutecida, ambiciosa, despiadada e inútil, egoísta y sin ternura, jamás sentirán la paz serena de sus corazones y nunca se librarán del dolor, la miseria y la congoja por todos los que lloran y sufren silenciosamente.  

Los hombres como yo, que en medio de este griterío mundano  ponemos un acento grave, de respeto y temblor, ante la injusticia y los crímenes, buscamos el consuelo de poder dirigir nuestros pasos a orillas del mar, para contar las estrellas blancas  y sentir con orgullo la verdad de nuestras vidas. 

28 de noviembre 2017  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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