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EL POPULISMO QUE ARRASA

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El Estado español se ha desconectado de Cataluña, ¿o lo han desconectado?: solo cuando interesa. 

¿Qué se ha conseguido tras tres décadas de comprensión, palanganeo y entreguismo con los nacionalistas? Pues solo que haya ido a más, hasta llegar al desafío frontal al Estado. Los nacionalistas siempre aspiran a encarnar el sentimiento popular, lo que condena a los no nacionalistas  a vivir en un estado de acoso y ostracismo.

La propaganda oficial, envuelta en el bucle de su matraca, ha creado un entramado  político por el que millones de catalanes siguen atrapados en una burbuja de ficción que colapsa el autogobierno y estrangula el desarrollo social y económico. 

A esto se le llama jugar con fuego. Por un lado es difícil creer en semejante determinación cuando se van dando fechas para la desconexión  y, por una razón u otra, estas siempre se postergan. Esta vez, además, la Diada ha sido también escenario de unos movimientos políticos de nuevo cuño que, irresponsablemente, esperan el momento oportuno para cambiar definitivamente los ejes de la política catalana y justificar su supervivencia. Los años de la transición trajeron esta democracia con todas sus inmensas virtudes, que se desdeñan hoy con alarmante falta de madurez por algunos recién llegados a la vida pública  

Los delitos del independentismo no llevan a ninguna parte, pero se repiten manifiesta y descaradamente; y sus consecuencias tardan tanto en llegar  que es fácil pensar que va a acabar extraviándose.  Entre otras razones, porque las dos Españas marcan la diferencia, la movilizada y la silenciosa, una división que tiene su peculiar rasgo de que los movilizados son, en realidad, minoría, pero se oyen más porque salen a la calle y manifiestan púbicamente sus posiciones. Lo que quiero decir que montan sus desaguisados promovidos y manipulados por quienes necesitan el ruido para camuflar sus estropicios económicos y la madeja se va complicando y enredando hasta que un día, la ruptura entre la unidad y la fuerza, los hechos consumados, recibe la respuesta que nadie quería, el coste del silencio y la pasividad no dando respuesta adecuada a esta atmosfera social. El Estado podría haber desarrollado alguna estrategia en Cataluña, en lugar de su absentismo fragrante. Es preciso dejar bien claro que burlarse de la Constitución tiene un precio que hay que pagar. 

Pese a la evidencia que conlleva el independentismo, los partidos constitucionalistas siguen sin articular una posición común porque el Partido Socialista está empeñado en propuestas federalistas que no aportan ninguna solución y solo animan a los independentistas a culpar a la democracia. El problema no es de la Constitución, ni el sistema financiero, ni el nivel de autogobierno, sino que Cataluña ha caído en manos de una clase política irresponsable, a imagen y semejanza de los que gobiernan la nación, dentro y fuera, pues la oposición ha demostrado mucha más irresponsabilidad. Y ya no digamos el esperpento de los partidos periféricos. 

Cuando en una población lo irracional impera, el suicidio está al doblar la esquina. Cualquier lugar de España puede llamar a abolir la Constitución. Pero solo la población española, en su conjunto y en referéndum, puede aprobar la consulta. Lo demás es un golpe de Estado, y tras eso se abre solo la gloria o el presidio. 

A partir de la transición se inició en España un viaje al fondo de la estupidez localista, que distribuía poderes y competencias e impedía la función del Estado de crear una conciencia nacional en los ciudadanos. Por tanto, lo primero que habría que hacer para evitar la ruptura a medio plazo sería algo que apoyarían la mayoría de los españoles: ponerse de acuerdo PSOE  y PP y recuperar para el Estado las competencias de Educación y Justicia. Algo imposible mientras esté Sánchez al frente del PSOE porque su enfermedad ególatra cultiva la felonía con su nación.  

Los sucesivos gobiernos tampoco andan cortos de irresponsabilidad. El abuso y permisividad con los estatutos autonómicos han provocado una expansión ideológica de beneficiarios que a todas luces necesita una poda. Pero el principio debe ser mantenido como amparo complementario de a independencia judicial y política. 

De lo que se trata es de ofrecer una empresa que nos vincule a todos, una ilusión que nos agrupe, una soberanía que se ejerza, no que se proclame: una igualdad que se haga real, no que repose en textos jurídicos, un sentimiento de pertenencia que nos enorgullezca, no una retórica impostada para tribunas de ocasión. 

La permisividad solo conduce a un viaje sin retorno alimentado por la irresponsabilidad y las ocurrencias. Un disparate conduce a otro y la necesidad obliga. Puigdemont, sometido al dictado de un grupo antisistema,  proclama la pronta convocatoria de elecciones constituyentes como próxima fecha de este viaje a ninguna parte, Acumulando una  deuda inasumible y suicida. La alcaldesa de Barcelona última la creación de una candidatura capaz de disputarle la hegemonía al resto de los nacionalistas. Una locura desencadenada e irresponsable, sucede a otra. Pera la evidencia se impone a pesar de la ceguera institucional. La Generalitat acude con puntualidad periódica a Madrid para rogar al odioso Estado el aval de una deuda impagable, el costo de sus facturas y el  maquillado de sus deudas,  para que no caigan en la bancarrota. Lo que demuestra, que estas malversaciones de los caudales públicos se perpetran con plena conciencia de impunidad-legalidad por parte de sus autores.  Y todos cómplices del despropósito meten la cabeza bajo el ala, como el avestruz, hasta el día que alguien quiera levantar las alfombras y aparezca lo que todos saben y nadie quiere reconocer,  el verdadero tsunami catalán que nos hará retroceder varias décadas. Los políticos están legitimados, al parecer, para todos los crímenes, la ley no cuenta para los dirigentes  de la nación- Estado. Los administrados, no solo aceptamos los hechos consumados, pagamos las consecuencias.  

Y vuelta a empezar, volveremos votar por Navidad. 

Perra vida... 

  20 de septiembre 2016 

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