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Los valores morales del político

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En el 400 aniversario del Príncipe de los Ingenios: Cervantes y la propia identidad 

“Hay que aceptar al ser humano como es, con todas sus complejidades y contradicciones”. Es uno de los fragmentos del Quijote más extraordinarios -afirma Andrés Amorós, en ABC-. Forma parte de la lección de pensamiento en la literatura de Cervantes y no seré yo quien entre en consideraciones sobre los privilegios de los grandes literatos.

Y menos en estos momentos que tanta literatura se ha vertido sobre el Príncipe de los Ingenios con motivo del  400 aniversario del genio universal. Don Quijote, es evidente, busca la razón de su propia identidad y en un momento concluye: “yo era allí entonces el que soy aquí ahora”,  un viaje simbólico en busca de sí mismo, como en otros cuentos de la literatura no se queda en la realidad aparente, indaga en lo que está por debajo de lo sub-real. Deja al lector en libertad de decidir lo que cada uno quiera, la verdad objetiva queda  para mezquinos bachilleres. La lección de que hay que aceptar al ser humano como es, con todas sus complejidades y contradicciones, no habría encajado hoy, trescientos años después. Habría tenido que poner el punto de la excepción en los políticos, o en la gran minoría que ha universalizado la impresión generalizada de su falta de ética, o de estética. Es peor parecerlo que serlo. 

La literatura de los años dorados, atribuía a los políticos valores morales  exentos de aderezos materiales, lo decía El alcalde de Zalamea: al rey,  la hacienda y la vida se e ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios. Calderón, como Cervantes, no sabían (o no quisieron saber) que el mito estaba cerca de la realidad cotidiana. Hoy sabemos que la verdad objetiva queda para los que saben aprovecharla. ”A donde interviene el favor y la dádiva, se allanan los ricos y se deshacen las dificultades”. ”Don Quijote soy y mi profesión la de andante caballero. Son mis leyes el deshacer entuertos, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil”. En ron paladino, una reedición avanzada de la gestión que debería practicarse. La política española se ofrece tan nubada como la moralidad.  

 Dignidad, honor, honra, moral, prestigio, reputación, son términos asociados a nuestro patrimonio personal, a la estima  implícita en nuestro propio ser, a la valoración social de nuestra presencia, al orgullo que otorgamos a nuestro reconocimiento en la vida, al respeto social que aportamos con nuestra participación.  Cuando estos conceptos desaparecen o quedan disueltos en la nebulosa del comportamiento, cuando la parte animal y primitiva de nuestro cerebro nos obliga a prescindir de prejuicios, espoleamos los impulsos que permiten diseñar maniobras que impulsan la codicia, a la vez que nos  convertirnos en seres disociados de nosotros mismos. En esta perspectiva no solo termina degradando o empobreciendo la condición de lo humano sino que niega cualquier diferencia entre el animal y el hombre. 

Esto es lo que parece desprenderse de los políticos españoles donde el respeto solo sirve para reconstruir, edificar su  propio reconocimiento y  beneficio  personal. Ya sé que es injusto generalizar, pero no desproporcionado pues tan corrompido es quien lo ejecuta como el cómplice, consentidor, incluso el que mira para otro lado. La nueva política aparece llena de imperativos cuartelarios donde el objetivo debería ser solo una rutina en la gestión del bienestar.  

La estética de los políticos españoles se ofrece tan confusa como su moralidad camaleónica: puede ser blanco o tinto, en barril o botella,  en odres nuevos, y tan ocurrente como su habilidad permita. Solo a través del reconocimiento y el respeto se producen avances en materia moral. “Cambiar el mundo,  amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. 

El espejismo ideal se produce cuando fijamos la mirada en la singular dignidad de la persona, descubrimos el carácter irrepetible, cumunicable y persistente de ese ser personal con  patrimonio propio, dueño de su dignidad, capaz de soñar y vivir una vida propia, un ser dotado del bien precioso de la libertad, la inteligencia, la capacidad de amar, de reír, de perdonar. Esta sería la diferencia, la distinción entre ser humano y persona. 

Elblogdepacobanegas 12 de mayo 2016 

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