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El parchís: tan simple como eso

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A cuatro colores: se pueden mezclar hasta conseguir tantos como el arco iris. 

Si el bipartidismo ha desaparecido del mapa político español y, en su lugar, un movimiento caleidoscópico, aparentemente ilusionante, inunda de colores diversos la escena parlamentaria, el espectador decepcionado  confundirá esperanza con prosopopeya en las  diversas opciones que de forma trepidante ofuscan las posibilidades de visión y la capacidad de definir.

   Estamos en una dinámica de confusión que puede conducir a la tentación de juegos peligrosos.  Pero también es cierto que conservar el movimiento  bascular del bipartidismo, como forma de mitigar la sensación de excepcionalidad, al final se corre el riesgo de proscribir los matices que lo hace diverso y completo. En definitiva, ponemos al electorado en la dinámica de conseguir la cuadratura política que no permite la aritmética parlamentaria, haciéndoles responsables subsidiarios de la incapacidad de sus señorías.  Un juego perverso de demagogia manipulativa cuyo caldo de cultivo aparece definido en la diversidad cultural del votante y la influencia que ejerce la necesidad de creer en resultados mágicos para la solución de problemas  que la irresponsabilidad política les ha creado. Lo que pone una vez más de manifiesto la necesidad de que el político de turno tenga que rendir cuenta de su gestión al finalizar la legislatura,  resulta incomprensible que tengan el efecto añadido de convertir en bueno por definición cualquier cosa que toque aunque sea por mera coartada. Ellos tienen la solución en su mano, una gran coalición que afronte, con autoridad, las importantes reformas que necesita el Estado, y consenso, además de fuerza (un gobierno fuerte),  para afrontar los grandes retos que nos acechan. Una ocasión única que se está diluyendo por la irresponsabilidad, falta de cintura política, categoría moral, y altura de miras de estos saltimbanquis que pone su ambición personal y de partido por encima de los intereses de su Nación. 

Dicho esto, si como parece, el próximo 26 de junio repite, aunque con alguna diferencia de escaños, los resultados del pasado diciembre, España tendrá un gobierno de izquierdas, aunque por razones de aritmética tenga que pactar con los independistas, un gobierno ingobernable compuesto por seis o más partidos de tendencias e intereses diversos o encontrados, porque esto es lo que persigue Pedro Sánchez, por encima de su Comité Federal, de los intereses de España y el bien común de los españoles. Un gobierno ineficaz y corto recorrido que pondrá al Estado en una taxativa endiablada de retroceso  de incalculables consecuencias. Todo, absolutamente todo, con tal de ser investido Presidente. 

Pero nada es gratis en política, siempre hay una trastienda y un por qué. El PSOE está sumido en una guerra cainita, de intereses encontrados y fuerzas equilibradas. Una facción que apoya el pacto con Podemos y los independentistas, o con el diablo más perverso con tal de llegar al poder. El otro PSOE, más tradicional, con mentalidad y sentido de Estado, ha presionado reclamando responsabilidad con tanta firmeza que Sánchez se lo ha tenido que pensar. Y no crean que en  su decisión final ha influido la  disciplina de partido, ni las líneas rojas impuestas por los varones, su limitación ha correspondido, única y exclusivamente, al convencimiento de que si plantaba abiertamente el desafío al Comité Federal,  a tal extremos de irresponsabilidad, la disciplina de voto podría romperse en algunos sectores y encontrarse con otra investidura fracasada, esta vez por desencuentro con su propio partido, circunstancia que para él habría resultado irreversible. 

He oído, en alguna tertulia de televisión, que Sánchez es un cadáver político, que deambula noqueado en busca de apoyos para mantener su candidatura como Secretario General, incluso, que uno de los varones de su partido se ha ofrecido como cabeza visible en un proceso de transición hacia un nuevo liderazgo. Nada más lejos de la realidad, estoy  tan seguro de lo contrario que solo el tiempo y la evidencia podrá quitarme la razón, aquí queda reflejado. Pedro Sánchez es un iluminado enloquecido por el poder sin más límite que su propia ambición. Si las encuestas cumplen su vaticinio, si el destina le da una segunda oportunidad, nada, ni nadie,  podrá impedir que culmine su proyecto de ser investido presidente, por encima del partido y de los varones: una vez en el poder hay mucho que repartir y muchas bocas que tapar.  Con una salvedad añadida, solo pensarlo produce escalofríos, Pablo Iglesias es capaz de adorar a Dios con tal de llegar al poder y su salvoconducto es Pedro Sánchez, la vía moldeable que les permitirá llegar para nunca regresar; le darán tantos agasajos, le pondrán tantas alfombras persas para mullir al pisar, que su mayor gloria rozará mimbre divinos, con brebajes afrodisiacos que lo mantendrán enloquecido hasta el momento de engullirlo: la metamorfosis de España hacia un símil de Venezuela. Y soy consciente de la conjura de los necios. No me refiero a los seguidores de esta página -más de  200.000-, sino al visitante con disfraz y amañada intención, que ignora tomando nota. El tiempo pone a cada uno en su sitio, esperemos que no sea demasiado tarde: los cementerios estan llenos de gente que tenía razón.  

Si las encuestas mantienen su predicción y el escenario ofrece parecidos tintes, estaremos en el mismo punto de salida, pues todos mantienen su discurso, idénticas razones, y obstinado empecinamiento. La izquierda utilizará su pinza siempre que la aritmética acompañe en la cuadratura, aunque para ello tengan que poner una vela a Dios y otra al diablo, asociarse con el mismísimo satanás, fraccionar España en “naciones”, o volver a la prehistoria vestidos con taparrabos. La única esperanza posible es que, aunque sea con un voto de diferencia, Partido Popular y Ciudadanos conformen mayoría  y, aun así, contando con que Ribera recupere  su centrado discurso y pueda desprenderse del enamoradizo hechizo que le ha permitido a Sánchez tenerlo de florero -quita y pon- en su campaña de promoción.  

La cuestión es que estamos donde estábamos, o peor. Sin haber empezado -oficialmente- la campaña de la mal llamada segunda vuelta, 26-j, podría vislumbrarse una tercera, o una repetición de la parodia de investidura, como forma de hacer promoción: el espectáculo se ha instalado en el hemiciclo.  La vergüenza no les abruma, se carece de ella; para qué una campaña electoral (180 o más millones) si ya sabemos quién son, lo que dice y lo que piensan. Tienen una cara que se la pisan. No es que estos personajes no tomen en cuenta a los electores, es que no se toman en serio a ellos mismos. Que si los españoles han votado un cambio de progreso, que si han querido poner fin al bipartidismo, que  si la diversidad es deseo de entendimiento... ¿Cómo van a cambiar el país si no cambian ellos? Si su discurso derrama la misma miseria moral que nos ha llevado a donde estamos. No se trata de que tengamos que ir nuevamente a votar, es que siguen tomándonos el pelo. Y lo que es más grave, y muchos pensamos. Según los expertos y las ecuestas: por cansancio, cabreo o confusión, todos votamos al mismo partido que habíamos votado.  Que cambien los otros. Así nos va. 

Elblogdepacobanegas 5 de mayo de 2016 

 

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