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¡NO TINC POR! (¡No tengo miedo!)

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¡No tinc por!  (¡No tengo miedo!

 

las cosas hay que llamarlas por su nombre. Estamos  en guerra, y las guerras o se afrontan  con decisión o se pierden definitivamente. Una guerra de la cual Europa puede salir destruida si no se dota de inteligencia y un ejército eficaz.

Cuando un hombre ve que se le viene encima un tenebroso laberinto que de forma asesina hace trizas los sueños y la vida de  los suyos, lo lógico es que tenga miedo, lo contrario sería una imprudencia, una temeridad. Tener miedo es el sentimiento propio de una consecuencia, y como el lector ha podido deducir me estoy refiriendo al golpe que ha recibido Barcelona y Cambrils, que podría haber sido en otro lugar de España, o de Europa como fueron los atentados de París, Bruselas, Niza, Londres, Berlín –la lista se haría interminable- y en todos se ha oído la misma cantinela: no nos vencerán.

Cientos de muertos y miles de heridos, destrucción y desolación, en el norte, en el sur, en el este y el oeste de Europa, y los españoles, en el colmo de la originalidad, ignoramos nuestro idioma y añadimos traductor para seguir diciendo lo mismo: ¡No tinc por! (No tengo miedo), en catalán, en vasco, en gallego, en valenciano, en aragonés, en “panocho”, o en “castizo” ya que algún partido político –en el colmo del “alucine”- ha propuesto que Madrid sea "nación": muertos, pero no vencidos. Los políticos españoles coinciden en  el despropósito, sacar rédito en cualquier circunstancia y en olvidarse de que son instrumentos al servicio  del ciudadano para situarse en la órbita partidista, aunque sea haciendo el ridículo más patético.  Ambos enfoques apuntan al corazón del problema: la manipulación, la fragilidad en que han convertido las responsabilidades, y la falta de iniciativa a la hora de hacer frente a los riesgos que amenazan a los ciudadanos. Y conviene recordar que este no es un problema regional, que también, es un problema nacional, europeo, mundial, y resulta patético que sus dirigentes,  en cualquiera de estos niveles, delinquen contra la Constitución y las leyes permitiendo que un cuerpo armado integrado por unos pocos miles de agentes se atribuyan competencias exclusivas sino que además obstaculizan la tarea que con mayor autoridad y capacitación ejercen los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.    

Aquí se manipula hasta a los muertos, que son los únicos que ya no puede tener miedo,  se les fue con la vida. El infundado alarde de autosuficiencia  con que se han manifestado los responsables del ejecutivo regional y los partidos que le apoyan, constituye prueba palmaria del redito con que el secesionismo catalán   pretende rentabilizar la sangre de las víctimas. Si la manifestación no tenía por objetivo homenajear a los muertos, solidarizarse con la víctimas y sus familiares, y mostrar un sentimiento de dolor ante tanto horror, es que el problema somos los españoles, incapaces de entendernos entre nosotros mismos, cometiendo el error de creer lo que nos dicen  los políticos, que el problema se soluciona resistiendo, cuando lo que ocultan es que sus objetivos están por encima de Las víctimas y de la seguridad, aunque a veces les salga el tiro por la culata o, como vimos en la manifestación, se convierte en una humillación a las más altas instituciones del Estado y en una vergüenza nacional e internacional con ausencia absoluta de líderes extranjeros  ante el temor de verse implicados en la encerrona.

Tomar como rehenes de una mentira a los catalanes y al resto de los españoles con la complicidad del Gobierno y los principales partidos políticos –tan culpable es el que lo hace como el que lo consiente-, refleja que el independentismo ha hecho de la mentira y la manipulación un modo de vida, como podremos ver si algún día conviene levantan las alfombras. Su irresponsabilidad les lleva, no solo a romper España, sino en jugar con la seguridad de millones de personas,  españoles o visitantes, da igual, son vidas humanas. Cuando Puigdemónt y sus satélites se den cuenta del daño que están haciendo a la sociedad con sus mentiras y su obstinación al haber hecho caso omiso de los avisos de un servicio secreto con la credibilidad del estadounidense, se podrá calibrar el grado real de lo que podría haber sido esta amenaza. La consecuencia no ha sido menor, 16 vidas y un centenar de heridos, el dolor de familiares y amigos y una mayor fractura  en la sociedad catalana.

Los políticos están dando muestras de que no están a la altura de las circunstancias, pero estamos en democracia y tanto el miedo como las decisiones son libres, al final cada pueblo acaba teniendo los gobernantes que se merece. La culpa será nuestra si no sabemos darnos cuenta de que las urnas solo sirven para guardar las cenizas de los muertos. Que a pesar de la algarabía circense el parlamento se ha quedado vacío, inservible y hueco. Si los españoles no reflexionamos al margen de la política y no somos capaces de luchar con las armas precisas en cada situación o defendiendo nuestras decisiones a capa y espada, la responsabilidad del desastre será nuestra, lo que por desgracia ocurrirá tardeo temprano.

5 de septiembre 2017

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