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DE AQUELLOS POLVOS ESTOS LODOS

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DE AQUELLOS POLVOS ESTOS LODOS

 Los partidos independentistas han entrado en una dinámica surrealista. Cada día tratan de dar una vuelta de tuerca a su  hoja de ruta. El presidente de la Generalitad, Carles Puigdemont, y el sector convergente del Gobierno catalán quieren convocar el referéndum secesionista para el 1 o el 8 de octubre. Fruto de la debilidad del estado de derecho las fuerzas independentistas  tensan la cuerda al máximo.

Oriol Junqueras amenaza con declarar la independencia si no se celebra el referéndum en  las fechas que maneja para la  consulta ilegal. Sus dirigentes están vulnerando la legislación vigente una y otra vez conscientes de que más temprano que tarde, este proceso será irreversible. El  Gobierno de turno, a base de tolerancia y concesiones incomprensibles,  ha llegado al callejón sin salida en que se encuentra, y el problema más grave subyace en que se les ha dejado crecerse tanto que su inercia produce indefensión. Rajoy se encuentra perdido en sus propias contradicciones.

Es evidente que los partidarios del “no” a la independencia se imponen a los que se inclinan por un estado catalán, según el último barómetro de su propio centro de estudios de opinión, pero el tiempo juega a su favor y el clima creado favorece a los independentistas aunque sea por cansancio. La farsa del 9- N sirvió para constatar que el secesionismo se retroalimenta y marca una y otra vez fechas a un proceso kafkiano, que no termina nunca de abrirse pero tampoco admite la derrota.

Presupuestos escandalosos, que pagamos todos los españoles, para financiar sus campañas secesionistas, Embajadas  fantasma y otros proyectos de incomprensible tolerancia de autopropaganda exterior, televisiones de promoción dirigida y monopolizada,  nóminas escandalosas de instituciones que solo sirven al independentismo.  El proyecto reciente de crear una bolsa de parados para trabajar en la consulta ilegal es una vergüenza que refleja la total falta de escrúpulos de quienes han puesto todos sus esfuerzos en avanzar en lo que algunos se empeñan en afirmar como un callejón sin salida. Nunca pasa nada, absolutamente nada,  la inmunidad les  protege, están acostumbrados a hacer su voluntad aunque alguna vez el espejismo nos haya deslumbrado. Más valdría que se dedicasen a afrontar  los problemas de los ciudadanos y no a destinar recursos a esta clase de acciones con el dinero de todos los españoles. Hay una Cataluña que nunca sabe lo que debe y a lo que paga le llama robo.

El independentismo, asociado al populismo y apoyado por la izquierda, ha llegado a creerse que España es un país de inútiles que el mundo odia tanto como ellos.  Algún día tendrá que explicar la izquierda prefabricada, que practican la solidaridad viviendo en La Finca o la Moraleja, la razón última por la que han hecho de los ataques a España su esencia moral, a pesar de su constante regateo por chupar de la teta del Estado. Escuchar a Bardém, su Penélope y su tropa, a Almodobar o Trueba  sobrados de extravagancia y oportunismo,  o deslizar el mando de algunas televisiones con  su monólogo del tremendismo es viajar al más deprimente fresco de nuestra realidad. Menos mal que está Banderas y su amada Málaga natal. No hay regla sin excepción.

Lo que no se puede entender es que la política constructiva que tanto esfuerzo costó sea el proyecto destructivo de algunos políticos de izquierdas. El mayor ejemplo lo tenemos en las Cámaras Legislativas donde, desde la entrada de los podemitas y algunos disputados de partidos afines, montan el circo de su espectáculo. Hemos visto, por ejemplo, a “padres de la patria” vestidos con un desaliño que produce vergüenza ajena, una madre con su bebé en el escaño, dos diputados besándose en la boca, llamarse “ganster”, “mamporrero” o “gallo conspirador”, prometer hasta lo imposible de cumplir, apoyos a parásitos y okupas...comportamientos radicales antisistema carente del más mínimo respeto o cortesía parlamentaria, política institucional destructiva que pone en peligro nuestra joven democracia. Lo sorprendente es que hayan sido votados por más  de cinco millones de españoles, posiblemente desencantados, expulsados a los últimos escalones de la “sociedad del bienestar” que adelgaza mientras todo lo demás sube, ante la pasividad de nuestros políticos divididos en dos bandos: prestidigitadores “milagreiros de santo  oficio” por un lado y, por otro, los de la política de “salón” trasnochada del progresismo: déjala pasar que el tiempo juega a nuestro favor.

Demasiadas contradicciones que han propiciado el caldo de cultivo para que un grupo de oportunistas quieran resucitar tiempos ya pasados. 86 años desde la proclamación de la Segunda República que tantos rencores despertó  y los españoles seguimos sin ponernos de acuerdo empeñados en no olvidar aquella sangrienta guerra civil que vino después. El mayor ejemplo lo tenemos en la Ley de “Memoria Histórica”, una “ley mordaza” de verdad con la que se calla a todo el que quiera recordar las verdades de nuestro pasado: permite difamar a cualquiera que no sea del bando correcto y desprecia una libertad que no conocen.

Claro que aquella España de ricos y pobres, de católicos y anticatólicos, de izquierdas y de derechas, incapaces de dirimir sus diferencias con soluciones consensuadas, entablaron una lucha feroz  en la que una mitad aplastó a la otra. Tan amarga experiencia hizo que la reflexión impusiera que aquello no podía continuar, que era necesario un armisticio, un pacto entre ideologías para poner un poco de sosiego. Eso fue la Transición, la Democracia milagrosa que nos ha permitido vivir en paz durante más de cuarenta años.

Demasiadas contradicciones que han propiciado el caldo de cultivo para que un grupo de oportunistas vuelvan a las andadas.  Es  un tiempo de querencias autoritarias que apuntan a desenlaces desestabilizadores y sacudidas desquiciadas.

Los españoles son los únicos habitantes del Planeta Tierra (afortunadamente solo en parte, pero dominan la situación hasta en el Parlamento de España) que aborrecen su origen, su patria y  su bandera. No pierden ocasión de mostrar rechazo por todo aquello que podría hacernos sentir orgullosos.  Por citar el ejemplo más llamativo: el idioma español es la lengua materna de más de 46 millones de personas en Europa. Lo hablan en la Unión Europea como segunda lengua más de 30 millones de personas. En el mundo somos más de 560 millones los que tenemos el idioma de Cervantes como primera lengua, y no hay ningún idioma oficial en el proyecto europeo que iguale esta cifra. Y conviene recordar, en EEUU son más de 48 los millones  que hablan español.  Sin embargo, y sin ánimo de escatimar su importancia cultural, nos empecinamos en el empeño de intentar eclipsarlo con el catalán, gallego, valenciano, o cualquier otro lenguaje provinciano que tenga, aunque solo sea, un peculiar soniquete.

21 abril de 2017    

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