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EN CAMISAS DE ONCE VARAS

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LA CLASE POLÍTICA ESPAÑOLA, INSTALADA EN UN DISCURSO IRRESPONSABLE,  CONVIERTE EL PARLAMENTO EN UNA REINVENTADA TORRE DE BABEL: SU ALOCUCIÓN Y TALENTO SOLO COINCIDE  EN  CRUELDAD PARA EXTERMINAR AL ADVERSARIO.  

O los políticos, y sus partidos, se dejan de milongas y ponen los pies en el suelo, asumiendo que España no se puede permitir tanta “señoría”  para tan escasos recursos y resultados, o  la realidad nos va a enseñar a todos lo que significa la irresponsabilidad

El nuevo ejecutivo, mezcla de continuismo y renovación, muestra un marcado perfil económico para sacar adelante la legislatura.  Lejos de la mayoría absoluta, la necesidad de los pactos ha obligado al presidente Mariano Rajoy a designar un gabinete persuasivo capaz de ejecutar políticas  imprescindibles para el sostenimiento económico de España.  

Pero mal haría el presidente Rajoy en centrar su éxito en solo cuadrar  las cuentas. Cuantas empresas se han ido a pique con un perfecto modelo contable: una empresa, en este caso un Estado, tiene prioridades y necesidades, el saber conjugar ambos conceptos define al buen gestor. Conseguir un atractivo producto es imprescindible, tanto como establecer una buena gestión de mercado, ambos necesarios pero insuficiente para la consolidación y continuidad si no se tiene en cuenta una atención constante en infraestructura  y, sobre todo,  equilibrio en la distribución del beneficio para que todo el personal, hasta el más insignificante del escalafón, noten el estímulo  de participar de una gran empresa. La sistemática costumbre de que los de arriba tienen patente de corso, beneficios y prebendas  escandalosas, mientras los de abajo apenas pueden subsistir, es asignatura pendiente que los mandatarios tendrán que aprobar con nota si no quieren ser suspendidos por procedimientos  poco recomendables promovidos por el desencanto, la necesidad, o la rabia convertida en furia radical que, como estamos viendo, está transformando el mundo. 

La persistente crisis financiera se ha traducido en un amplio descontento social que, sumado al azote de la corrupción y la mastodóntica  estructura del Estado, nos ha llevado a una situación de inestabilidad preocupante.  Lo que comenzó  como una crisis económica deriva hoy en una grave crisis política internacional que evidencia una preocupante tendencia a la radicalidad que conlleva el paro, la pérdida de poder adquisitivo, la desconexión social, y el hastío que  genera en una buena parte de la población la evidencia crónica de que el establishment tan solo parece preocuparse por el mantenimiento del poder. La sociedad en su conjunto y las fuerzas políticas deben tener muy en cuenta el descredito generalizado que ha terminado por plasmarse en las élites gobernantes. 

Las claves del nuevo Ejecutivo –trece carteras, en las cuales repiten siete, con algunas variaciones de competencias-, un Gobierno sin estridencias, más pensado para resistir que para seducir, de tono amable, un grupo cortado por el inconfundible  patrón de su jefe. Rajoy se ha asegurado de que a lealtad a su liderazgo sea el nexo de unión más visible. Gente profesional y moderada que sonríe lo justo y dice pocas tonterías, pero encorsetado en la consigna de lo políticamente correcto, con el riesgo de perderse en la abulia que presidió su pasada mayoría absoluta. No creo que sea momento de resistir y deja transcurrir el tiempo,  si lo piensan así nuevamente se está equivocando, la transformación populista tiene mucha prisa y pueden llegar demasiado tarde. El nuevo Ejecutivo debe intentar con urgencia las reformas que necesita el Estado para hacerlo viable, intentando conseguir el consenso suficiente de forma visible, explicando la necesidad y la conveniencia, dejando claro que lo ha intentado por todos los medios y ante la imposibilidad se ha visto obligado a unos nuevos comicios,  necesitado de una mayoría que permite seguir adelante con las reformas. El electorado se ha  acostumbrado a tener que elegir entre lo menos malo o lo peor y entendería, como mal menor, que se tuvieran que repetir las elecciones, esta vez teniendo claro la pertinaz obcecación de los partidos que  prefieren anteponer las conveniencias personales y de partido a los intereses de España. 

Mientras tanto, Rajoy tendrá que gobernar en minoría, pero con un PSOE en ruinas cuya recuperación va para largo, un Podemos que se ha echado al monte: ni sus doctrinas, ni sus fórmulas ni mucho menos sus personas, están pensadas para ser confrontados con la realidad, y un Ciudadanos a la baja que se encuentra en la cómoda situación de no tener miedo a nada que se encuentre a su derecha ni a su izquierda. La marea populista que se expande por nuestras tierras ha logrado ya uno de sus objetivos: desestabilizar al PSOE, expresión de una de las dos grandes corrientes políticas que han sido pilares de nuestra democracia. Los partidarios de Pedro Sánchez en el grupo parlamentario socialista trataran de hacer la vida imposible, pero con un Sánchez desinflado como un suflé y el Congreso que podría darle un respiro  distanciado hasta el verano, es muy posible que Rajoy pueda gobernar hasta el próximo mes de mayo, cuando este en disposición de  convocar  nuevas elecciones, que por otra parte no interesan a nadie si exceptuamos al PP. Así que el presidente lo tiene todo de cara para, con voluntad, planificación y paciencia, alcanzar los objetivos que podrían dar estabilidad a este país y a su propio partido,  si en esta segunda oportunidad no comete los mismos errores que le hicieron perder cinco años desde que comenzó su primera legislatura con mayoría absoluta. Con el indiscutible acierto de haber conseguido evitar el rescate y la tendencia  del paro –las cifras le avalan- a que nos vimos avocados por la ruina económica que nos dejó Zapatero, eclipsado por la dejadez, contradicciones y torpezas que daban la sensación de que el país iba por un lado y el Gobierno por otro. 

Los movimientos populistas son la gran preocupación de nuestras democracias. El avance es cada vez más intenso. Basta con mirar el mapa político occidental  para advertir que este fenómeno ha ganado espacio y electores, hasta tal punto que los populismos han logrado socavar la imagen de lo que podrá haber sido un gran proyecto: la Unión Europea. Incluso EE.UU., la nación más poderosa de mundo, con la democracia más perfecta y consolidada, se ha visto implicado de forma incierta. ¿Cómo es posible que un patán zafio, misógino, grosero haya llegado a la Casa Blanca? Se pregunta el mundo entero. La respuesta: Trump supo detestar el desánimo de sus compatriotas mejor que sus rivales. Las consecuencias  son visibles: la demagogia de la nueva política y sus propuestas utópicas, la ingenuidad de  unos votantes que se dejan seducir, y los defectos del sistema que se ha mostrado incapaz, corrupto y plagado de desigualdades. Es lamentable que aún vivan en extrema pobreza 800 millones de personas. A esto hay que añadir la competencia que deprime los sueldos de la clase media de EE.UU., Europa y Australia con las nuevas tecnologías y los robots que está consiguiendo que los pobres  del mundo se les igualen por abajo. La globalización nos ha enlazado como nunca antes, esperemos que para mejorar. En España aún funciona bien el servicio de salud, pero la educación pública y las pensiones han envejecido de forma preocupante. La desigualdad social es escandalosa y la clase media prácticamente ha desaparecido. Pero no es solo eso. El término crisis bien puede referirse a un escenario global que no es ajeno a convulsiones. De Daesh a las ciberamenazas y otros riesgos como las catástrofes naturales que asolan hoy a gran parte del mundo. Los partidos políticos deber dejar a un lado sus disputas callejeras y dedicar sus esfuerzos, desde el Gobierno o desde la oposición, a buscar soluciones a  estos retos y otros novedosos como la ciberdelincuencia, la vulnerabilidad energética o la proliferación de armas de destrucción masiva, y Los todavía imprevisibles, como el de los refugiados, una terrible bomba inestable que, de estallar, podría provocar un tsunami demográfico que inundaría Europa entera.  

Rajoy necesitaba un Gobierno dialogante, firme, amable y disciplinado, para emprender las reformas que necesita España, rodeado de rivales que no se lo van a poner fácil. Saben también que no pueden gastar más de lo que ingresan, pero ahí está la piedra filosofal, la arquitectura matemática, la gran decisión que nadie se ha atrevido a emprender, armonizar de forma equivalente la mastodóntica estructura del estado. La corrupción, que ha sido el azote de nuestro tiempo y, por supuesto, poner fin a la sangría que supone Cataluña y su desafío independentista, uno de los más grandes retos que tiene España. Espero que no sea demasiado tarde para que Rajoy repare las consecuencias de su pasividad y mojigatería. El marco constitucional debería haber resulto con más eficacia los desafíos y las amenazas de quienes quieren imponer su doctrina al margen de aquello que nos hace iguales. El Estado de Derecho debe ser garante de los derechos fundamentales y la unidad de España, y es evidente que no ha sido así.  Ver en televisión como un representante político rompe un auto judicial  en público o cuando otros de alta responsabilidad proclaman desafiantes que no acatarán las sentencias de los tribunales es algo muy preocupante e inadmisible. Argumentar que la democracia está por encima de la ley, al amenazar con un referéndum cuando todavía se les está intentando juzgar por el anterior celebrado el 9 de noviembre de 2014, es un sinsentido y una aberración jurídica que avergüenza a todos los españoles y pone de manifiesta el deterioro de las instituciones. Esta ímproba tarea de unidad es hoy uno de los principales retos que tiene España. Imagino que Rajoy es consciente de ello, aunque no lo dice, como casi todo. 

En el nuevo Gobierno, Rajoy mantiene a siete ministros, pero incorpora seis nuevas caras, entre ellas a Cospedal que sustituye a Morenés en Defensa, da más poder a De Guindos que además de Economía asume Industria y reafirma su núcleo duro para la política económica, incluido Montoro al que necesita para ejercer la cuota antipática del poder. Sáenz de Santamaría se mantiene como única vicepresidenta y asume la tarea de reconducir  el desafío catalán, pero pierde la portavocía que pasa a manos de Íñigo Méndez de Vigo, encargado de suavizar las relaciones con las empresas de comunicación. La vicepresidenta ya no será la cara del Gobierno tras el Consejo de Ministros, como portavoz que cada viernes entra desde la televisión en todos los hogares. El problema de comunicación, el punto más débil del Partido Popular siendo tan necesario en nuestros días, representa un tanto por ciento importante de sus fracasos. No sé en esta ocasión, me quedo con las dudas. La tendencia de Rajoy a favorecer a los medios que luego han resultado ser sus enemigos, pone de manifiesto que su ojo clínico necesita un retoque. El duopolio televisivo que hoy controla más del 84 por ciento de la inversión publicitaria –más de 1.300 millones en este ejercicio- gracias los devaneos del PP, dedican la mayor parte de su programación  al azote inmisericorde “full time” de la derecha, a favorecer a la izquierda y elogiar a Podemos, dando cobertura a cuantos predican algo que signifique un peligro para España. Entre los  que salen se encuentra García Margallo, gran sabio y ministro  de altura, que reactivó la ofensiva sobre Gibraltar ahora que el Brexit nos ofrece una magnífica oportunidad de solucionarlo. Sería interesante conocer lo que opina al respecto el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, pues no deja de ser sospechoso que el ministro saliente le haya tenido que recordar a entrante, en la ceremonia de traspaso, la prioridad de este contencioso. Pero estamos “in albis” sobre él. Típico de Rajoy. Es probable que tanto él como el Gobierno que preside se deje arrastrar por esa reacción, pusilánime y espantadiza, que consiste en conjurar cualquier tentación de firmeza apelando al argumento de que la Democracia no precisa de defensa y amparo. Tiempo al tiempo. Algo parecido al payaso de las bofetadas. 

Se trata de un Gobierno renovado casi al 50 por ciento cuya necesidad será pactar unos presupuestos en la línea de las prioridades de Rajoy: mantener la recuperación, negociar el futuro de las pensiones, fraguar una ley educativa, asegurar el aumento del empleo, la contención del déficit, y articular las respuestas al chantaje de Cataluña; que no es poco. Todo muy bien, pero insuficiente porque éste planteamiento resultara nuevamente pan para hoy y hambre para mañana. La deuda pública –que supera el 100% del PIB- y los ajustes de la UE obligan a unos recortes que impedirán el desarrollo de otras prioridades imprescindibles que exigen un replanteamiento de reestructuración para nivelar los desequilibrios que nos tienen encorsetados. O los políticos, y sus partidos, se dejan de milongas y ponen los pies en el suelo, asumiendo que España no se puede permitir tanta “señoría”  para tan escasos recursos y resultados, o  la realidad nos va a enseñar a todos lo que significa la irresponsabilidad.  España es una gran nación –que su sociedad no valora- y tiene los ingredientes necesarios para que sea un privilegio vivir en ella. Solo apreciando  lo que somos y lo que tenemos estaremos en condiciones de protegerlo. Pero no es gratuito: necesita unidad, esfuerzo y sentido común. Algo muy alejado de la casta política que nos maneja. Supongo que hay excepciones, pero deben ser tan escasas que apenas se les advierte. El futuro emitirá su veredicto. Pero yo no sé limitarme a esperar. 

17 de noviembre 2016

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