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EE.UU. SUCUMBE AL POPULISMO DE TRUMP

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DONAL TRUMP HA GANADO PORQUE HA INSPIRADO EMOCIONES MÁS PROFUNDAS, AUNQUE NO SEAN VALIDAS NI POSITIVAS.

Una mezcla tóxica de mentira, egoísmo y absurdo, pero acertó al hacer el retrato de un sistema que conoce como la palma de su mano.

El ciudadano de a pie, el votante de aquí y de allá, cansado de un mundo con respiración asistida, donde mientras unos –los muchos- viven en vilo, otros más privilegiados –burócratas oportunistas- muestran un organismo por el que el oxígeno no deja de funcionar, ha decidido tomar el mando, a través de su voto.

Existe también una izquierda radical mucho más peligrosa por su extremo, cambiante y demagógica, desorientada por un genérico paradigma de socialdemocracia conservadora, que ha inundado a las primeras democracias del planeta: un páramo de ideas, un desierto de proyectos y de soluciones, que reduce el ámbito público y expulsa la excelencia al ámbito privado. Una crisis de eficacia y de esperanza que produce agotamiento social y siembra el desaliento. El votante de a pie ha llegado a la conclusión de que las “casta” política actual encarna todos los males que nos asolan y, ante la impotencia, en un clima de cabreo, de evidente malestar, ha optado por inclinar la balanza hacia el descontento: de perdidos al río, todos revueltos y sálvese quien pueda. Si los políticos no son capaces de estar a laltura, de ver más allá de sus propios intereses, hay que explorar otros sistemas, el mal ya lo tenemos, peor imposible, por lo que hay que experimentar nuevos caminos. Y sucede como con el Brexit Británico de consecuencias imprevisibles, el terror de Daesh, el rechazo a la miseria y al miedo como en Grecia, la tímida respuesta al drama de la inmigración, o el proyecto fallido de la Unión Europea, convertido en caricatura, que no se atreven a reformar porque lo que necesita es reconstruir.

Y así es como ha llegado la elección presidencial de EEUU de 2016. El año que los norteamericanos han sufrido en sus carnes la fiebre populista, el movimiento respaldado por la América tradicional blanca que lidera Donald J. Trump, llamado a demoler el establishment, Obama incluido. El aspirante que irrumpió estrepitosamente con insultos a los hispanos y la promesa de un muro en la frontera con Méjico, llega, pese a todo, a la Casa Blanca. El secreto está en que ha sabido hablarle al pueblo de su trabajo y de su destino. Ha ganado diciendo lo que piensa, sin sucumbir a los dictados de la corrección política, al margen de su partido y casi en “contra” de su partido. Es más, puede decirse que el mensaje de Trump es populista, pero tal evidencia no exime de preguntarse por qué ha ganado un candidato objetivamente inconveniente para presidir la primera potencia mundial. La única verdad es que Trump ha ganado porque ha acertado a conectar con lo que piensan millones de americanos, muy especialmente de la clase media a la que le han vendido un retrato de EEUU en el que no se reconocen.

La voluntad de cambio, la impotencia del electorado, el divorcio entre la clase política y el pueblo, provoca extraños compañeros de viaje y favorece las iniciativas más extremistas. En la primera democracia del mundo, las elecciones USA 2016 giraron en torno a grandes temas más allá de la política, les falta todavía bastante para alcanzar la plena igualdad de equivalencia económica que hoy encontramos en todos los estamentos de la sociedad norteamericana. “¿Queréis un país gobernado por corruptos o un país gobernado por la gente?” La gente está harta de promesas incumplidas, de planteamientos demagógicos, de ajustes presupuestarios que solo afecta a los más desfavorecidos, de la mastodóntica maquinara del Estado y su falta de equivalencia.

Es lo que ha sabido capitalizar Trump con la crudeza y habilidad de un demagogo. Sus comentarios denigrantes han significado votos de americanos en paro o posición de pobreza (a pesar de que solo tiene un 3’9 % de paro), familias que han perdido a sus hijos en guerras distantes y ajenas, y una ascendente rebeldía radical que o se redistribuye la riqueza de la recuperación para que se note de forma efectiva en los hogares, o las consecuencias serán imparables.

Como en España y otros ejemplos europeos, los norteamericanos han tenido que elegir entre o malo y lo peor. Primero un presidente negro para darle un cambio radical, una mujer como primera presidenta, Hillary Clinton, con sobrada trayectoria política, con experiencia de Estado, esposa de Bill Clinton un presidente que dejó buenos resultados para la política norteamericana, tal vez la primera potencia mundial de la historia moderna. Y ahora un hombre con discurso xenófobo, racista, del que reniegan sus propios votantes. El 45 presidente de EEUU llega al poder contra pronóstico y contracorriente, votado por aquellos que ahora se ponen las manos en la cabeza. Los datos de esta insólita elección gritan por si solos: casi dos tercios de los estadounidenses rechazan a ambos candidatos y ocho de cada diez norteamericanos confiesan estar hartos de los políticos.

Pero a veces lo insólito prevalece sobre lo normal. Es la hora del contra-pronóstico, por el descontento del votante. Llega a la presidencia sin equipo, sin experiencia, nociones básicas de los grandes problemas que acechan al mundo. Por primera vez, un empresario sin experiencia política o militar se sentara en el Despacho Oval. Aparte de que Trump nunca haya gobernado nada, está por verse que haya leído un libro alguna vez y que su conocimiento del mundo provenga de algún otro sitio que o haya sido la televisión. Su trumpismo resultará especialmente apreciado por toda clase de regímenes totalitarios que están o pretenden imponerse. Su candidatura, inicialmente concebida como una broma, ha sido asumida también por millones de votantes que han encontrado en Trump una oportunidad perfecta para canalizar su descontento, resentimientos, desesperación e incertidumbres. Aunque luego la realidad convierta en espejismo cualquier oportunidad soñada.

Por supuesto que el presidente Trump no será como el candidato Trump. Primero porque no le va a dejar el sistema constitucional, quizás el más perfecto de las democracias existentes. Segundo porque él sabe que gran parte de sus promesas son falsas. El populismo no consiste solo en proponer soluciones fáciles a problemas complejos en momentos como este, de incertidumbre y derrotismo social. El aterrizaje a la realidad le obligará a desestimar el disfraz de payaso agresivo y estrambótico y vestirse de estadista si no quiere hacer saltar los resortes del realismo político. Trump será una mezcla tóxica de mentira, egoísmo y absurdo, pero acertó al hacer el retrato de un sistema que conoce como la palma de su mano. La victoria de su estridente y ramplona versión del populismo sitúa ahora en la cabina de mando a la cara más oscura e inquietante de las democracias liberales. América es el país en el que cualquier cosa es posible. Dicen que la patria y el pueblo nunca se equivocan. Y si se equivocan da igual porque lo descubren demasiado tarde.

10 de noviembre 2016

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