Copyright 2017 - Custom text here

TRISTE ESPECTÁCULO

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

 

Sánchez dinamita al PSOE, paraliza España, y allana el camino al separatismo catalán.   

La guerra civil que sacude  al Partido Socialista desde hace meses y que  ha explotado con toda su crudeza esta semana, consumó ayer su virulenta rebelión contra Pedro Sánchez. Diecisiete miembros de su dirección presentaron en bloque su dimisión, lo que unido a los tres puestos vacantes dejó en minoría al secretario general, lo desautoriza de forma expresa y le muestra irremisiblemente la puerta de salida.

La espoleta definitiva propició ayer cuando Felipe González denunció sin tapujos que había sido engañado por Sánchez porque ante él se comprometió a abstenerse en segunda votación para propiciar un gobierno de Rajoy. Estas declaraciones provocaron un rosario de descalificaciones contra Sánchez.  Ferraz no lo desmintió y provocó una cadena de reacciones que culminaron con la renuncia de más de media ejecutiva. 

Pedro Sánchez ha aumentado la tensión de la guerra interna del PSOE en su intento de reafirmar su liderazgo frente a las voces críticas, en una táctica desesperada de supervivencia cada vez más irracional. Apeló a la literalidad de los Estatutos del partido que no establecen textualmente la disolución de la Ejecutiva y convocó de inmediato a la otra mitad de la dirección, prohibiendo la entrada a los compañeros incómodos, a los que no permitió retirar sus objetos personales,  en un intento de autoridad que no hace sino confirmar la ruptura del partido en dos mitades irreconciliables. Su democrática actitud, en la línea de sus últimas intervenciones, se corresponde con la política de decisiones unilaterales que el líder socialista ha firmado desde Ferraz, provocando el golpe de mano promovido por los barones críticos, que dan por disuelta la ejecutiva y dimitido su Secretario General. 

Los sucesivos fracasos electorales, la torpeza con la que se ha empecinado durante meses en una negativa a cualquier negociación coherente, el bloqueo al que ha condenado al país, el coqueteo obsceno con los que quieren romper la unidad de España había convertido a Pedro Sánchez en el enemigo público número uno de quienes dentro de su formación conservan la sensatez suficiente para comprender lo que está en juego. 

Sánchez ha conseguido unanimidad contra su irresponsable política de los cuatro secretarios generales y de los dos expresidentes de Gobierno que lo han sido del Partido Socialista, de la mayoría de los relevantes cargos en anteriores ejecutivos, y la crítica feroz de los barones más significados en las diferentes comunidades autónomas donde gobiernan. Solo los “pitufos” que todavía le acompañan –gente sin pasado, presente, ni futuro-, que ven peligrar la única posibilidad de subsistencia que les queda,  atrincherados,  dispuestos a no aceptar que la dimisión de media ejecutiva cesa automáticamente al resto de la dirección, supone una estrategia suicida y de corto recorrido, como previsiblemente veremos en fecha próxima.   Sánchez debería inhabilitar de facto su pretensión de convocar primarias y un Congreso Federal, y lo mejor es que en las próximas horas una gestora provisional se haga cargo del PSOE hasta que señale fecha para la elección de un nuevo secretario general. Pero lo único que e importa es resistir, esperar que ocurra el milagro y se cumpla su delirio de dormir en la Moncloa. Sánchez es un hombre desesperado, lo he dicho más de una vez, o los barones le matan a él o él mata a los barones. O él muere con las botas puestas o pierde España. O él desaparece o el PSOE quedará destruido para siempre. Sánchez es incorregible, a pesar de los esfuerzos de El País –y sus editoriales-, va a obligar al partido a acompañarle en el trabajo sucio de su autoliquidación. 

Hoy es imposible saber quién cuenta con más opciones de salir victorioso del Comité Federal de mañana sábado porque la división del PSOE es absoluta. Nunca se había visto tal grado de virulencia ni esta cota de desprecio mutuo entre unos sectores y otros, y las consecuencias son imprevisibles. Susana Díaz, en su muy bien escenificada comparecencia de ayer, dejó la puerta abierta a disputar el liderazgo de Sánchez: “Estaré donde mis compañeros me pongan, en la cabeza o en la cola”. Pese a los intentos  orgánicos a la desesperada que pueda hacer Sánchez para resistir a toda costa invocando la letra pequeña e interpretable de los estatutos del partido, lo razonable es que la gestora asuma el destino inminente del PSOE y permita cuanto antes una sesión de investidura de Mariano Rajoy y proceda de inmediato a un refundación  del partido. 

Pedro Sánchez es un lógico producto de la siembra revanchista de  Zapatero que llevó al Partido Socialista a  romper con el constitucionalismo. La deriva intransigente y ajena a una política de Estado a que Sánchez ha abocado ha convertido ese objetivo en una necesidad imperiosa. Sánchez ha hecho imposible que el PSOE sobreviva a la agonía que dejo tras de sí Zapatero. Lo sucedido ayer fue un intento fallido de forzar a Sánchez a dimitir mediante un procedimiento de urgencia que se ha visto arropado por los feroces comentarios coincidentes de los principales medios de comunicación del país.  

Pedro Sánchez puede ser historia en breve, pero las heridas van a tardar mucho tiempo en restañar, y eso es lo peor que le puede pasar al PSOE en estos momentos en que el populismo de izquierda le come el terreno. Ese camino del abrazo a Podemos le convierte en Podemos más pronto que tarde. Sería dramático para España que el  partido de referencia de la izquierda perdiera su razón de ser por la frivolidad de estos líderes de plastelina. España no puede permitirse tener al partido que más tiempo ha gobernado en democracia desangrándose en público, con sus líderes peleándose como si un combate a muerte se tratase. Y los españoles asisten sorprendidos y preocupados a este espectáculo y su deriva que puede tener consecuencias incalculables en el presente y futuro de España. Hoy, la única realidad de supervivencia del PSOE radica en recuperar su vocación institucional  y apartarse de sus alianzas con los separatistas. 

Sánchez, dispuesto a usar el Gobierno de la nación para defender su liderazgo alquilando el apoyo de Podemos como quien contrata mercenarios, ha empujado a su partido a la ruptura más brusca y tensa vivida en su historia democrática. Nunca una rebelión fue tan virulenta en el PSOE. Sánchez se ampara en cualquier argumento que vuelva a demostrar su capacidad de resistencia, su pertinaz obsesión por negarse a ver lo que todos ven. El espectáculo es desolador, más si se tiene en cuenta que Sánchez ha estado jugando con la gobernabilidad de España del modo más irresponsable posible. El encarnizamiento en el PSOE ha llegado a un nivel extremo y revelador de que no se trata de un cisma coyuntural sino de una guerra en la que no habrá prisioneros, sino víctimas en términos de pérdida. 

Los barones críticos habían advertido de que no se prestarían a ser albaceas de sus desmanes o sumisos subalternos de una estrategia suicida. EL alucine de Sánchez supone el mayor batacazo que haya podido pegarse la España contemporánea. Sánchez conoce las consecuencias de su inconsciente desafío,  pero su ofuscación no permite a su cerebro dar más de sí. Todo este enredo solo es un episodio más de su huida hacia adelante, cada vez  más delirante, para hacer difícil lo inevitable. Cada paso que da, cada enrocamiento, erosiona más y más al PSOE. A Sánchez, que ya ha fulminado cualquier resquicio de sensatez, le da igual que dimita medio partido. Hablamos del político más irresponsable que se recuerda.  

30 de sreptiembe 2016 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Buscar

f t g m