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Ni blanco ni negro, sino todo lo contrario

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Tras fijar la fecha de investidura para el próximo día 30, todo parece querer indicar que Rajoy y Rivera están decididos a firmar el pacto, buscando puntos de encuentro a propuestas incómodas para el PP.  Pero sin el apoyo socialista este acuerdo sería papel mojado.  

La reunión del Comité Ejecutivo del PP, ha sido convocada para debatir y aprobar las condiciones que planteó Albert Rivera la semana pasada como paso previo a una negociación de investidura, fijada para el próximo 30 de este mes,  aceptar el pacto contra la corrupción articulado en seis medidas, su cumplimiento queda sometido al incierto apoyo que podría darles el PSOE en el trámite parlamentario. La sombra del fracaso de este pacto propiciaría una alternativa entre PSOE y Podemos, que podría prosperar sumando a los independistas. Ha sido desmentido, pero eso  solo demuestra  que actúan como elemento obstructivo, incapaces de solucionar una salida institucional. Sánchez no puede ser presidente del gobierno y no quiere ser líder de la oposición. EL sí de Ciudadanos no resuelve la investidura, sumarían 170, contando a Coalición Canaria, frente a los 350. Siguen faltando seis votos imprescindibles  porque el resto son 180 que llevarían a unas terceras elecciones lo nunca visto desde la Segunda Guerra Mundial. 

El comunicado de Ana Pastor, presidenta del Congreso, desvela la fecha más esperada, la convocatoria de investidura, el 30 de agosto. Su anuncio pone en marcha un proceso que llevará a Rajoy a dos votaciones –los días 31 de agosto y 2 de septiembre- sin tener confirmados los apoyos que necesita para salir airoso. En caso contrario,  los plazos llevarían a unas terceras elecciones el 25 de diciembre, pues como fija el artículo 99, si fracasa en la semana del 30 de agosto al 2 de septiembre, se podrían tramitar sucesivas propuestas hasta que se cumplan dos meses desde la convocatoria del pleno. De hecho, se apunta la posibilidad de  una tercera investidura que se produciría después de las elecciones vascas y gallegas el 25 de septiembre. 

Por su parte, el portavoz parlamentario del PSOE, Antonio Hernando, interrumpió sus vacaciones para reafirmarse en el “no”: “Con una mano no vamos a presentar una comisión sobre la responsabilidad de Rajoy y con la otra facilitar su convivencia”. Los socialistas pretenden apuntalar su parte de los réditos de ese posible pacto y eclipsar la imagen de Ciudadanos como látigo de corrupción. Si los  socialistas tuvieran una política responsable, haría más de medio año que tendríamos un gobierno de coalición porque se habrían unido de inmediato, pero como no tienen esa formación de emergencia solidaria se revuelven de forma visceral contra cualquier gesto de responsabilidad institucional que no responda a los nutrientes que les hacen fuertes.  

Algunas de las imposiciones de Rivera son razonables. Otras son una barbaridad jurídica en la práctica, más que discutibles en una democracia, al eliminar la presunción de inocencia, solo sirviendo como argumento sólido para que Rivera pueda justificar ante su electorado la rectificación que han puesto en marcha y desbloquear la parálisis institucional de España.  La incógnita clave para confirmar este acuerdo ha sido fijar la fecha de la sesión de investidura, condición impuesta por Albert Rivera.  Por si acaso, Rajoy no quiere deshacerse de su baza de hacer correr el tiempo para que el Rey termine convocando unas nuevas elecciones. El PSOE da por hecho que el fracaso de la investidura de Rajoy le proporcionaría nuevo turno de protagonismo. Sánchez necesita un éxito al que agarrarse para sostener su propio liderazgo, a falta de otro podría bastar la jubilación de Rajoy. La alianza alternativa con Podemos y los independistas  le seduce pero lo tiene complicado, podría romper hasta la disciplina de voto. Su autoridad en el PSOE es precaria y su única salida es invalidar a Rajoy como candidato.  

El resultado de la Ejecutiva del PP, favorable a un acuerdo fructífero con el partido de Albert Rivera, abre el melón de la negociación. Rajoy debe apartar la sombra de que le interesa más la abstención del PSOE que el sí de Rivera. Las dos cosas son imprescindibles, pues las cuentas parlamentarias, sin duda, dicen que la suma del PP más Ciudadanos no garantiza.  Evitar una vuelta a las urnas –que coincidirían con las fiestas de Navidad-  se ha convertido en prioridad, y tanto el PP como Ciudadanos así lo han entendido frente al obsesivo ejercicio de irresponsabilidad en que está incurriendo el PSOE. Y con el riesgo de no remitir a tiempo los presupuestos a la UE para 2017. Llega el tiempo de los compromisos de madurez política, todas las miradas están puestas en el PSOE, Sánchez puede hacer mucho daño o mucho bien con sus 85 escaños, pero no conseguirá cambiar la historia de su fracasada gestión. 

 Es la pescadilla que se muerde la cola. Si Rajoy quiere que la pelota continúe en el tejado de Pedro Sánchez debe intentar por todos los medios confirmar el acuerdo con Rivera. A Ciudadanos se le pedía claridad y compromiso. A su manera, Rivera dio un paso táctico, con sombras  y luces, pero suficiente para que el PP pudiera decir que no es un partido aislado, que la investidura de Rajoy tiene hoy más apoyos que el 20-D y para traspasar toda la responsabilidad del bloqueo al PSOE. Pero ni aun así suman, se necesita alguna abstención. EL PP sabe que no está todo hecho con ciudadanos, sino que hay mucho trabajo pendiente. España necesita acuerdos amplios y reformas profundas, porque habrá que tomar medidas  para garantizar la viabilidad de la sanidad y las pensiones y para salvaguardar la unidad de la nación. Entre otras muchas. Y aquí es necesario el PSOE.  Además, siguen sin conseguir que Sánchez acepte una negociación a pesar de que se han tocado prácticamente todos los registros: desde señalarles como únicos culpables de una repetición de elecciones, hasta apelar a su responsabilidad y sentido de Estado 

No hay voluntad política, ni responsabilidad institucional. Para pactar un gobierno y poner en marcha una legislatura se necesita como mucho una docena de dirigentes sentados en una mesa. Es cuestión de intención, no de presencia, porque sin voluntad de negociar da igual. El líder socialista se ha marchado de vacaciones sin sentirse obligado a argumentar su ausencia, una declaración de intenciones de que la cosa no va con él, se queda deliberadamente al margen.  De nada han servido los llamamientos de Felipe González y de algunos varones críticos para ofrecer una salida a Rajoy por el bien de España. 

Pedro Sánchez quiere demostrar que él también sabe pudrir los tiempos, sin reparar en que muchos ciudadanos solo ven en su bronceado una frivolidad propia de un liderazgo irresponsable. Un arma de doble filo, el PSOE busca salidas a la desesperada para superar su embrollo interno sin pensar en las consecuencias que su empecinamiento en el “no” está provocando en la estabilidad política y económica. Y unas razones de peso: Pedro Sánchez sabe que si autoriza la abstención de seis diputados propiciando el desbloqueo socialista lo val a descabalgar en el próximo congreso; y otra más acorde con su ambición: SI Rajoy pacta con los independistas el también podrá hacerlo en caso de que ese gobierno Drácula –que chupe la sangre- necesitara sus votos para montar con ellos ese desgobierno que le daría la oportunidad de llegar a ser presidente. Pero la realidad es otra, todavía asombra que le soporten tras hundir a su partido y regalar el poder municipal al populismo televisivo.    

 A Sánchez se le agotaron las escusas y al PSOE  le sobran malabarismos carentes de sentido. La mediocridad se ha apoderado del sistema político español. El país está paralizado, puede parecer exagerado o no el estado de emergencia nacional, según el cual todo cargo debe permanecer como un bombero de guardia en los despachos donde no hay nada que despachar, simulando que trabajan, donde el tiempo pasa y nada se resuelve. Es como si estuvieran paralizados de mente pero no de bolsillo, cobran a final de mes, y quien sabe si varias veces. La emergencia se ha convertido en un pretexto para que el rencor social se desate contra los políticos, sin que ellos sean capaces de responder con un poco de responsabilidad. Esto es España: un gobierno maniatado. Un líder de la oposición de ínfima calidad política y moral, una judicatura pusilánime y  asustadiza, progresista, que se arruga con tolerancia perversa ante un problema creciente: el populismo y la demagogia. El trabajo que le espera a Rajoy de seguir en la Moncloa asusta. El de Sánchez, caso de sucederle, con Podemos y los independistas, pone los pelos de punta. El hundimiento de la calidad de la política española es angustioso. Entramos en un período de inestabilidad: la coacción, la amenaza, la violencia y el colapso de la legalidad y las instituciones. Como alternativa a partidos corruptos, faltos de ideas y de moral, surge Podemos una fuerza financiada e inspirada en regímenes comunistas, corruptos y despreciables. Que esta sea la realidad de la España actual no se debe a la eficacia de la clase política, todo lo suyo son fracasos, el discurso de la izquierda de Sánchez y sus mariachis lo emponzoña todo, incapaces de frenar la amenaza real de un Frente Popular que vuelve a plantearse tras las elecciones que podrían convocarse, ya puestos al esperpento, el 28 de diciembre, día de los inocentes, recién despertados de la resaca de Nochevieja, una tomadura de pelo más, y convertir la papeleta de voto en un monigote en la espalda de los españoles. 

elblogdepacobanegas 19 de agosto 2016

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