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Recuerdo Nostálgico del Madrid de otros Tiempos

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     Con el paso de los años Madrid ha experimentado un cambio en todos los órdenes que no podía pasar inadvertido a ningún visitante. 

De Madrid podemos hablar desde muchos puntos de vista, no es un Madrid externamente costumbrista, fosilizado, arquetípico, tal vez folklorista, con tendencia a crear una literatura regionalista, a lo largo de la vida nos va a ofrecer un Madrid interiorizado que participa, en alguna manera, de esas vetas críticas, sangrantes, denunciadoras que atraviesan, como el urbe literario de esta gran ciudad que fue una constante en Azorín o Larra. Pero el Madrid –centro cultural de la vida española- que tan brillantemente describieron  estos grandes autores no es al que queremos referirnos ahora, pues ya quedó glosado en bellísima literatura; ahí están las bibliotecas para recordar. Por tanto el Madrid a que ahora quiero referirme es al Madrid de mi pretérito, el que yo he vivido en mi juventud, tan apasionadamente que ahora no puedo concebirla de otra manera. En mi edad madura, en el último tramo de mi vida –llevo más de 60 años ejerciendo de madrileño sin haber nacido aquí-, ocupa mi corazón con la misma intensidad que los propios, o más. Mis recuerdos se remontan a la coincidencia de mi llegada, todavía inacabados mis estudios y con ganas de abrirme camino en esta ciudad mágica y con tantas posibilidades.  

       El Madrid de aquellos años, principio de los sesenta, y posteriores setenta, tenía una gran actividad musical que fue despertando en la juventud de aquellos años, un interés especial por acoplarse a los nuevos tiempos y tendencias internacionales. Las noches tenían un encanto especial, ofrecían toda clase de posibilidades que yo disfrutaba tanto por mi edad y juventud como por la actividad que desarrollaba; es como si se adaptara, lo que está de moda a lo que cada cual vive y en el momento en que lo vive, porque es el tiempo quien marca la trayectoria: Madrid es una ciudad llena de historia y de recuerdos, si volvemos la vista atrás, se recogen, se adornan, y se recrean, una y otra vez, los mismos temas tratados y reiterados, por dos grandes autores que ya son clásicos en el género: Mesonero Romanos y Pedro de Répide. Se diría que Madrid se agota con el chotis, el género chico y los sainetes de don Carlos Arniches; apenas un instante, apenas un aspecto, muy significativo, muy pintoresco sin duda, pero nada  más. Sucede, incluso, que puede ser enormemente repetitiva;  pero es que Madrid ya fue hace siglos capital del mundo, cabeza del imperio más grande que jamás existió, y se vio obligada a asumir esta capitalidad con prisas, con improvisaciones, con urgencias inmediatas, sin tener preparada su infraestructura. Esta realidad histórica forma parte de la esencia, del modo de ser de esta villa coronada, y explica por sí sola muchos de sus encantos y sus espantos. Todos los madrileños llevan en su memoria colectiva –incluso los que lo somos sin haber nacido aquí- algo de esta idea subliminal de formar parte de la capital del mundo. 

       Esta enorme capacidad de adaptación y de captación no implica en absoluto falta de personalidad, sino precisamente todo lo contrario, una peculiar y marcada personalidad, una forma de ser y de desarrollarse con los ojos y con los brazos muy abiertos al mundo, con talante claramente universal. Porque en este sentido  Madrid es una ciudad joven. Lo que caracteriza a la juventud es precisamente la capacidad de apertura, de captación, de aprendizaje. Y lo que sorprende de Madrid es su vocación de grandeza, de universalidad; su capacidad para recoger al forastero, para asimilarlo y madrileñizarlo. Es una ciudad abierta que siempre está dispuesta a recibir sugerencias, a cambiar su imagen a dejarse llevar por los modos, por los estilos, por las modas…Madrid no poseía realmente una música propia, una cultura de raíz popular, un sello autóctono. Casi todo venía de fuera, era importado, como tantas otras cosas en la villa y corte. Chueca adoptó sones de otras latitudes, los incorporó con toda naturalidad al acervo madrileño. 

       El baile más popular de Madrid, el chotis, es inglés; y los creadores del madrileñismo son dos alicantinos y un salmantino, Chapí, Arniches y Bretón; que su alcalde, Pontejos, fue gallego; el prócer que diseñó su ensanche, Salamanca, era malagueño, y uno de sus barrios más castizos, Chamberí, tomó su nombre de un distrito francés. 

      Madrid es tan sorprendente y singular que incluso en algunos barrios ni siquiera se parece a sí misma; su paisaje urbano se escapa, se transfigura, se convierte en una ciudad acaso del futuro; en muy corto espacio resulta posible recorrer el Madrid imperial de los Austrias,  el Madrid borbónico del XVIII,  el de los manolos y chisperos de Goya y de Mesonero Romanos, o el del XIX con la Gran Vía y la Plaza de Toros neomudéjar de Pedro de Répide, y el de la posguerra con sus edificios neoherrerianos, y todo ello esmaltado de algo que le presta a esta ciudad un algo inefable, de simpatía y de personalidad: las tascas madrileñas, las tabernas, los bares…Difícil, muy difícil será encontrar una sola calle de Madrid que no tenga su taberna, su lugar de encuentro y de reposo; difícil, muy difícil será encontrar otra ciudad en el mundo que en este aspecto pueda igualarse a Madrid. 

       En la actualidad es una ciudad cosmopolita que se caracteriza por su simpatía, por su carácter acogedor. Porque el Madrid de hoy -cuando escribo estas líneas-, esta ciudad trepidante que a toda prisa con ritmo de salsa o de rock ha iniciado su tercer milenio, es heredera directa de aquella otra, la que para bien o para mal quedó diseñada y trazada en sus parámetros fundamentales, en los dulces años 60-70. Tiene de todo: industria comercio, universidades, museos, teatros, salas de fiestas, salas de conciertos, barrios típicos, barrios modernos, una ciudad eminentemente divertida además, como diseñada para pasar unas buenas vacaciones. 

       Fueron años cruciales para la historia de la villa. Se rompió su perímetro, saltaron sus costuras, se diseñaron nuevos barrios, se cometieron pecados urbanísticos, locuras arquitectónicas, exultaron de gozo los especuladores del suelo y la ciudad sufrió una especie de pubertad, de desarrollo desordenado, pero no por ello menos trascendental. El Madrid del 2.000 y más, una de las primeras metrópolis europeas, sigue teniendo como base –repetimos que para bien o para mal-, aquel apresurado y ambicioso diseño que se trazó en aquellos años inolvidables, cuando cantaban los Beatles en la Plaza de las Ventas, cuando se detenía el tiempo en el reloj de Lucho Gatica, cuando Massiel triunfaba en Londres con él “La,la,la…” del Dúo Dinámico, y Clif Richard nos saludaba sonriendo con su alegre “Congratulations”, desde las pantallas de una televisión recién estrenada. O cuando Mari Trini  debutaba en Madrid -en J&J- como una novedad, después de su periplo en Londres o París donde pasó unos años formando y modelando su personal estilo,  para su regreso y posterior triunfo. 

       O aquellos otros locos de la música que, en algunos extraños clubes de Madrid, nos hacían soñar con mundos distintos y sugerentes: siempre pensé que si deseaba  un día conocer el ambiente de jazz tendría que darme una vuelta por las calles y tugurios de Nueva Orleáns. Muchas veces había contemplado en películas, fotografías y revistas, el abigarrado color del mundo negro de esa ciudad, sus entierros acompañados de su banda correspondiente, limpiabotas moviendo sus cepillos con un ritmo acorde, sus clarinetistas y trompetas tocando sones increíbles en oscuras cuevas llenas de humo, semejantes a catedrales de una nueva e increíble forma de culto musical. 

       Sin embargo, fuera de esos ambientes, a muchos kilómetros de las orillas del Mississipi, en los más insospechados rincones del viejo urbanismo madrileño, también podíamos encontrar clubes de jazz con intérpretes adecuados: Pedro Iturralde y Wady Bas, saxos; Juan Carlos Calderón y Jean-Luc, al piano; Eric Peter, contrabajo; Derby Trumman, bajo; Peter Wyboris y Pepe Nieto, baterías… No necesariamente juntos pero sí revueltos. Creadores que se expresan lanzando al aire las notas que producen sus propios impulsos anímicos. Magníficos conjuntos que revelan aspectos inéditos, y acostumbran a una riqueza de armonías, a una disciplina rítmica y a una variedad de coloración orquestal antes insospechada. En las horas brujas de la madrugada, en algún  rincón subterráneo y laberíntico donde una densa nube de humo dificulta la respiración, estalla cada noche a los sones de un magnífico cuarteto que nos sumergía en un círculo extraño y abigarrado con éxito  manifiesto. 

       La cultura o es reflexión o no es nada. Y este Madrid nos hace reflexionar,  sobre su propia identidad, sobre lo que de su historia aún permanece vivo. Sobre estos locos virtuosos genios innovadores de la música. Sobre las estrellas nacionales e internacionales que brillaron un tiempo en las noches de Madrid inolvidable; los trovadores que cantaron al amor, al olvido, a la esperanza; los poetas que nos enseñaron a soñar despiertos, al recuerdo de aquellos noches de ilusiones, de mi juventud añorada pero no perdida. Aquellos que brillaron en su tiempo con luz propia, algunos han desaparecido, otros viven casi apartados, en esa “descansada vida” que cantaba nuestro Fray Luis de León, “huyendo del mundanal ruido”; pero ninguno de ellos ha perdido su fulgor estelar. Al contrario, los que nos han dejado permanecen en el recuerdo inolvidable; los que viven, cuando asoman a su público lo hacen con una singular plusvalía que los años y la nostalgia van depositando sobre lo que es eterno; la pátina del tiempo ennoblece a los más nobles y hunde en la nada a quienes nada fueron.  

    Pero conviene recordar que el Madrid de ahora, aparte de conservar el pasado, es una ciudad de futuro. La capital española, el castizo ponderado,  denostado y agobiado Madrid, cuya población viene a representar ya el quince por ciento de toda España se dispone, si Dios y los hombres no lo remedian, a superar los 7  millones hacia 2016, esto en el hipotético supuesto de que se mantengan las actuales condiciones de vida. Porque si estas mejoran perceptiblemente y los medios de comunicación siguen llevando al mundo la imagen luminosa y atractiva de la vida urbana, es muy posible que las aparatosas cifras que acabamos de dar se queden cortas. 

    Los problemas que la convivencia presenta en una ciudad de las características de  Madrid ofrecen al menos, una condición positiva: están a la vista de todos. Madrid, ciudad locuaz, mitad manchega, mitad serrana, llena de luz, carente de intimidad, proclive a la feria y al exhibicionismo, ofrece sus defectos a la vista de todos. La falta de pudor puede jugar, en esta ocasión, un papel en cierto modo positivo, las noches de Madrid tienen ese carácter mágica que las hace irresistibles.  

  Sin embargo, tiene otros problemas de infraestructura que han condicionado su desarrollo. Si usted vuelve en coche, de su escapada de fin de semana, a Madrid en las últimas horas del domingo,  se topará, ineluctable y abiertamente, con uno de los problemas más graves que la ciudad tiene planteados, la sobrecarga de las carreteras de acceso a la gran ciudad y la sobrecarga de las autopistas de circunvalación que permita a los miles de automovilistas que regresan dirigirse directamente a su barrio, zona o pueblos sin un penoso peregrinar por los numerosos e insufribles atascos.  

    Todo esto no ocurre porque sí. Es consecuencia de un desequilibrio entre los recursos auténticos y las necesidades reales de la ciudad. Madrid se ha convertido en pocos años en el centro de las tensiones demográficas del país entero, ha sufrido el envite impetuoso de una ola migratoria sin precedentes y ha visto desbordados casi todos los servicios previstos para hacer frente a los problemas. 

    La cuestión  ahora es saber a dónde puede llevarnos el crecimiento vertiginoso de Metrópolis y si existe alguna posibilidad de mejorarlo  y encauzarlo.  Para ello es necesario que se estabilice la economía, ceda en cierto modo la tensión política, y se retome con decisión y voluntad de miras el gran proyecto de Madrid del futuro, que ayudaría a dar un paso de gigante en todos los aspectos que exige una de las ciudades más importantes y hermosas del mundo. 

elblogdepacobanegas 26 de diciembre 2015 

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