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EL BUFÓN

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EL BUFÓN

El independentismo en Cataluña se ha convertido en un fraude para los ciudadanos. Puigdemont se ha transformado en un auténtico payaso, un pelele de  sí mismo que ya no convence con disfraces ni sus juegos de artificio. Está instalado en la parodia, un arma mortal para desbaratar los paradigmas, el juego deforme de los que no creen en nada y se burlan de todo.

 El trabajo del bufón es el gran juego de la parodia, un juego que pone de relieve la capacidad de imitar, distorsionar y ridiculizar, habilidades que no se le pueden negar a Puigdemont. Un gen masoquista que parece inducirle a la asunción de todas las culpabilidades históricas. Consciente de su derrota, los suyos lo han abandonado en su locura y tratan de salvar su pellejo, por lo que su horizonte vital es la prisión o la semiclandestinidad. La frágil parodia que lleva dentro se revela en la maravillosa presencia del clown. El nivel destructivo del personaje está en trance de convertirse en un drama para la estabilidad política porque el juego ya no encaja en el organigrama y sus campañas de victimismo alcanzan un nivel de patetismo con tintes de  tragicomedia. ¡Ya era hora! Si los sucesivos desafíos secesionistas hubiesen sido respondidos con contundencia, si los sucesivos gobiernos  y tribunales se hubiesen atrevido a pararles los pies en lugar de mirar para otro lado, no habríamos llegado a esto.  Lejos de curar la fiebre, el salpullido creciente avisa de que la enfermedad podría derivar en epidemia.

Con una perversión añadida. Es posible que el proceso siga pese a todo. Incluso es posible que, en caso de celebrar nuevas elecciones, vuelvan a sumar nueva mayoría los separatistas, al menos ahora saben que quien se salta la ley acaba en la cárcel. Pero no nos engañemos, sería un error ingenuo creer que aunque el pretendido presidente   descarrile va a descarrilar también el “proces”. El nacionalismo nunca tira la toalla, la “pela” es la “pela”, no tienen programa de gobierno, ni les importa mientras puedan vivir de esta quimera. A diferencia del prófugo errante Puigdemont, al borde del embargo y con un horizonte penal. Y es evidente que no tiene la menor intención de regresar a España, acaba de alquilar una mansión en Bélgica por 4.400 euros al mes (supongo que el Gobierno estará investigando de donde sale la pasta para tanto derroche). La casa tiene 550 metros cuadrados, seis dormitorios, tres cuartos de baño, sauna, un garaje en el que caben cuatro coches y un jardín de diez áreas, está situada en el barrio más residencial de waterloo, al sur de Bruselas: suena a mal presagio, un lugar consagrado al recuerdo de la famosa batalla, y Napoleón camino de Santa Elena. Más propiamente el exilio (Estremera) para el subsodicho: “Estoy acabado”, un lugar para reflexionar sobre sus capacidades delirantes.

 Mientras Puigdemont insista en escenificar una tragedia teatral entorno a su persona –con o sin futuro- el error político persistirá porque  no tiene sentido seguir manteniendo un pulso al Estado de Derecho desde la vulneración sistemática del código Penal. De haberse producido el milagro de su república independiente, no había un solo país normal dispuesto a reconocerla. La UE dejó claro que solo aceptaría una España unida y solo con la posibilidad sí ha habido un descalabro en la economía catalana, que ha visto cómo se marchaban la inmensa mayoría de sus principales empresas.

No sé si la historia absolverá a Puigdemont, espero que la justicia no, en la locura de creerse Puigdemont llevará la penitencia. Ya no se trata de salvar el cargo, sino su persona. Ha tenido la tentación de creerse Napoleón, y ha confundido Waterloo con la antesala de la cárcel de Estremera. Pero cuidado con tirar las campanas al vuelo, los tontos, los locos, los buscavidas, y los rufianes, manejan una brújula distorsionada, nada fiable, más bien tramposa, como lo de nombrar un presidente simbólico y otro efectivo, un capo en la sombra  manejando los hilos de la mafia organizada y criminal.

Los medios de comunicación lanzan editoriales: El “procés” está dando los últimos coletazos, los nuestros nos han sacrificado: “sálvese quien pueda”. El nacionalismo es como un barco que se hunde del que huyen hasta las ratas. Nada creíble. Es un espejismo disuasorio que forma parte del decorado, de los efectos especiales  de este espectáculo delirante. Es posible que la acción coordinada de la justicia, el Gobierno y la Jefatura del Estado  les hayan dejado un poco  noqueados, momentáneamente aturdidos, buscando culpables y señalándose con el dedo,  pero tengan la seguridad de que esto no acaba aquí, se les ha dejado llegar demasiado lejos, el independentismo como modo de vida y como negocio político es su recurso aunque esto suponga traicionarse unos a otros y  moderar momentáneamente sus ansias rupturistas. De hecho sigue habiendo buen caldo de cultivo, una excelente cosecha a pesar de los ninguneos de exquisitos varios, una multitud de factores con voluntad de fondo, no solo se ignora la legalidad, se la desprecia, y como consecuencia de ambas se concluye en una especie de vergüenza colectiva. El adoctrinamiento mediático y educativo se han convertido en el mejor instrumento de manipulación y de eso son tan culpables los sucesivos gobiernos como la oposición.

¿Saben por qué creo que esta historia no ha terminado? El independentismo Catalán está demasiado consentido, reflejo de la sociedad actual y su conflicto político. Describe una situación tan surrealista como su propia existencia. Cuando una persona padece delirio se le llama locura. Cuando son muchas se le llama religión.

3 de febrero 2018

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