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SOLIDARIDAD

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La Navidad y, especialmente, la Nochebuena, desahogo del alma y de la humildad

Todas las fiestas, todas las tradiciones, cada instante del calendario, tiene su escenografía especifica: como un marco propio que pone una aureola conocida en los diversos latidos que tiene el pulso del año; una temperatura y una expresión psicológicas y espirituales, pero también, puramente atmosféricas.

La ciudad, de pronto, sin saber por qué, nos trae un sentido especial de Nochebuena; una oculta y misteriosa sensación. En el color del cielo que la cubre, en el hielo que se deshace en los tejados, en las hojas húmedas y pisoteadas de los árboles...Y en los tenderetes de las plazas amplias y ruidosas, con los clásicos motivos navideños, todos estos elementos naturales y artesanos con los que construiremos el belén o nacimiento clásico de estas fiestas.

Cubriendo el paisaje de España pensamos en una Nochebuena única, singular, de caridad intensa, tierna, amorosa y comprensiva... En las montañas, a la orilla del mar, en el borde humilde de los caminos perdidos, nosotros vemos la mano del hombre ofreciendo su pan al que no lo tiene y oímos palabras de consuelo, dulces palabras de amor... Sin embargo el mundo se precipita en un caudal fugitivo de emociones donde la vida nada vale y la conducta radical deja marcar la impronta de aquellos a los que nada influye ni nada les perturba, solo la ambición.

Porque el nervio escondido de la Nochebuena consiste en esta fuerza para renovar, cada año, el culto de la familia, ahora que los tiempos plantean confrontación con posturas radicales de todos aquellos que intentan, vanamente, despreciar estos días de universal solidaridad.

Al margen de quienes ensalzan la vida insípida y tangencial, que discurre, vacía y desequilibrada, al margen de este sendero donde florecen las virtudes superiores de la humanidad, en el fondo, la Nochebuena tiene este sentido familiar tan consustancial a ella misma que se convierte automáticamente, lejos de las música de sus panderetas o de sus zambombas, de la alegría y de las risas, en una pura meditación personal

Las navidades son días especiales que presentan en el fondo de nuestro corazón, un diseño coloreado de calidoscopio, una imagen distinta en función del momento que vivimos. Hay una Nochebuena neta y plena que corresponde esencialmente al mundo de nuestra infancia. Mentalmente reconstruimos la fiesta familiar y nos damos cuenta de que nosotros entonces la vivíamos con una intensidad irrepetible. Esta es ya, para nosotros, la Nochebuena del pretérito, con el encaje trémulo de las primeras percepciones de la vida y el eco amado de las palabras que no volverán a pronunciarse. Porque la versión de hoy es más mundana, y lejos de la influencia que ejerce la familia, prevalece un concepto lúdico condicionado por la transformación que ha ejercido en la sociedad el paso del tiempo.

Ojalá algún día podamos reconstruir los principios esenciales de la familia para que nuestros hijos puedan apreciar el efecto de los sentimientos y los valores morales que encierra.

Las Navidades de nuestra madurez no son las de nuestros hijos, acaso tenuemente entibiada por nuestra mesurada evocación, pero mantenida con gracia por ellos mismos, en los que renace, milagrosamente, nuestra fisionomía y nuestro carácter. A esta altura de la vida tiene la Nochebuena pujanzas antiguas, florecimientos de impulsos pueriles, deseos de confundirnos, alegremente, con los pequeños y deshacernos en bromas, cantos, piruetas, incluso lágrimas; lágrimas que no acertamos a definir y a expresar si las rompe este propio contento que sentimos, o son ya, prematuramente, inicial anunciación de que comienza a marchitarse la rosa del alma.

En los hogares la Nochebuena no puede ser solo la sonrisa del niño; es también, a veces, el silencio que impone el padre por la enfermedad del abuelo, o las desgracias del familiar fallecido... La nochebuena cruza las tres generaciones y las tornasola de distintos colores, de reacciones desiguales; y pone en cada figura un sello especial e inconfundible. Respetemos el clamor que levanta la nochebuena en cada espíritu, porque cada uno de nosotros vive sobre el Universo su hora sentimental y afectiva; queramos vivamente hacer partícipes a todos de nuestra alegría natural y encajada, pero miremos con amor, con profundo amor, casi con veneración, este rictus desconectado de la realidad que ahoga la libre exaltación de nuestros sentimientos y pone en el alborozo de nuestras casas el misterio de algo imposible de decir.

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Finalizada la Navidad, la ciudad está desierta, alborotada, misteriosa. Panderetas, carracas y zambombas, son abandonadas hasta el año que viene, efímeras como nuestra alegría y efusión, estériles como el amor nuestro de cada día,.. Recuperamos la soledad y el trabajo, o la ansiedad y el intento por tenerlo, las preocupaciones de cada día: todo ha sido una fiesta más en el calendario. Volvemos a la incertidumbre de lo que nos espera, la deshumanización del mundo  y conviene no descartar su destrucción, nosotros incluidos. Mucho habrá que trabajar para impedirlo.

Mi oración de Navidad es triste. Me gustaría tener alas para volar.

8 de diciembre 2916

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