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Ni ellos podían llegar a más ni España a menos

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Quien va a pactar, con que programa, a cambio de que. España necesita un gobierno fuerte para acabar de salir de la crisis y no fundado en filias y fobias personales. 

No son tiempos para  utopías ni para absurdos retornos ideológicos. En una democracia consolidada como la nuestra, el ciudadano exige a sus dirigentes políticos una buena gestión de los recursos públicos, servicios sociales sostenibles, un entorno laborar solvente con garantías razonables para consolidar el Estado del bienestar, unas fases firmes para asegurar el futuro y mejorar  el presente. Es decir, el ciudadano aspira a que las instituciones no le fallen y el Estado le haga la vida más fácil. Es una obligación moral de las sociedades modernas con las sociedades futuras. La democracia debe estar sometida a un permanente perfeccionamiento y una reflexión pragmática. 

Treinta y ocho años después de que nuestra democracia empezase a caminar, a España le persiguen una alarmante tasa de paro del 21 por ciento, innumerables casos de corrupción política casi endémica, un revisionismo histórico dañino, una amenaza secesionista... Todo exige una atención prioritaria. 

Ya hemos perdido demasiad tiempo.  España no se puede permitir la irresponsabilidad de carecer de un Gobierno sólido y estable capaz de afrontar los grandes desafíos que todavía tiene por delante, pero esta decisión depende, en gran medida, de la voluntad del PSOE, cuya posición será definitiva en la Ejecutiva Federal del sábado. La única opción de gobierno razonable y plausible consiste en que los socialistas apoyen la investidura de Rajoy, ya sea a través de un aval puntual o bien mediante un acuerdo más amplio donde se recoja una postura común sobre las grandes cuestiones de Estado. Evitando con ello unas terceras elecciones y el peligro de dar nuevas alas al proyecto populista que desea acabar con sus reglas. Tras la fallida legislatura anterior, todos los partidos están obligados a sentarse y negociar para posibilitar la formación de gobierno, dejando a un lado sus egoístas intereses políticos, ya que lo contrario implicaría traicionar el mandato de los electores y pervertir la esencia de la democracia. Los ciudadanos dictaron el 26-J un mandato inequívoco, un gobierno de unidad nacional, que ponga orden en esta jungla  y fin a la tentación totalitaria. 

 Los ciudadanos buscan  en sus gobiernos una buena gestión de sus recursos públicos, unos servicios sociales sostenibles, un entorno laboral que les permita desarrollarse como personas, un presente para sus ancianos y un futuro para sus hijos. Es un error que las comunidades autónomas tengan competencias legislativas  de tal importancia como sanidad y educación y no sea el Estado el que garantice en última instancia esos derechos para todos. Una ley de educación que no se modifique con cada cambio de Gobierno. Las pensiones públicas son la mejor fotografía del Estado del bienestar, hay que recuperar el Pacto de Toledo. Tomar medidas urgentes que favorezcan el mercado de trabajo  Ofrecer empleos de calidad acordes al nivel de formación. La sanidad es una de las materias que más preocupa a los ciudadanos, y hay que seguir avanzando: agilizar las listas de espera y aumentar la plantilla de profesional. Y algo que nunca debió ser materia de mercadeo político, sacar las fuerzas de seguridad de la política partidista, Y una realidad social, crear un mercado de viviendas con precios más al alcance de los más desfavorecidos. 

Y no hay otra salida que un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos, que suma 254 diputados y garantizaría la estabilidad política e institucional que necesita el nuevo Gobierno. Aprobar los presupuestos, la política europea que tiene que cambiar de rumbo diametralmente y cualquier reforma institucional. Una gran oportunidad que no podemos dejar, los políticos tienen que estar a la altura del momento histórico que vivimos y si ellos no son capaces de entenderlo y vamos a unas terceras elecciones, los ciudadanos tenemos la oportunidad y a última palabra si, como parece,  el aviso de las pasadas no ha sido suficiente. Con intransigencias nada se consigue ni se conquista el futuro.  

 Hay ámbitos esenciales para reafirmar la convivencia que no solo supone la mayor y más realista preocupación de  los ciudadanos en su día a día, sino que también exigen de pactos serios, de acuerdos de Estado para que su sostenimiento quede al margen del fragor de la batalla política cotidiana. Y no me casaré de repetirlo.  Es inédito que nunca se haya suscrito un pacto de Estado por la educación en casi cuatro décadas asentadas sobre un régimen de libertades públicas. Y es incomprensible que la protección del sistema de pensiones, o la política de vivienda, o la gestión de sanidad, sean objeto sistemático de confrontación política. Los ciudadanos deben estar por encima de cualquier interés político, pero a menudo se imponen el tacticismo electoralista y el olvido de los intereses de los votantes  nada más abrir las urnas. Así es razonable que crezca el descrédito de la clase política y la desconfianza en el sistema. Porque de facto solo parece de garantías cuando se acercan las inefables promesas de una campaña electoral.  

España está en un momento crucial de la historia. Las embestidas del independentismo y el crecimiento de un populismo de corte leninista son alarmantes, por más que las elecciones del 26—J no hayan despojado al PSOE de la ejemonía de la izquierda en España. Normalizar el ambiente de crispación y superar con tono constructivo los constantes episodios de conflictividad política es un desafío  para la  legislatura. No hay que ser ingenuo ni pretender imposibles. Pero sí es exigible a los partidos  constitucionalistas tomar conciencia de que las necesidades de los ciudadanos están por encima de las obsesiones personales de poder, especialmente si además no son ratificadas en las urnas, como es el caso del PSOE. Debe empezar a legislatura de los pactos. Sin retórica, sin vetos y con la convicción de que el ciudadano, al votar, lo hace con la esperanza de que servirá para resolver sus problemas y preocupaciones, y no para echar gasolina al fuego de una democracia cobarde  

En las pasadas elecciones los españoles no votaron pensando en lo mejor para sus representantes, sino que votaron, u optaron por abstenerse, pensando en lo mejor para sus familias, y los intereses de su país. Las equivocaciones se pagan caro. El ejemplo más reciente lo tenemos en la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, con todos los problemas que esto supone, que apenas acaban de salir y ya quieren regresar. La crisis supone una oportunidad para profundizar en una Europa de los ciudadanos y, con generosidad, tender la mano a quien decide volver, actuando con solidez y responsabilidad. 

En las próximas semanas se formará un gobierno. Aún desconocemos su formato –gran coalición, pacto de legislatura o en minoría-, pero es seguro que la próxima legislatura habrá que consensuar. Es una gran oportunidad para mejorar la vida de los ciudadanos...la mejor receta para cortar de raíz todo brote populista. 

Una nueva cita con las urnas sería letal, fundamentalmente para PSOE y Ciudadanos, el PP podría salir beneficiado con este escenario no descartable, posiblemente, con una mayoría absoluta, pero sería una mala solución para España, que necesita urgentemente un Gobierno que recupere la iniciativa y ponga en marcha las medidas urgentes que necesita el país. La llamada de Ángela Merkel de hace unos días reclamando celeridad para conformar un Gobierno estable forma parte de la presión que la Unión Europea imprime al proceso español, y la necesidad urgente de que los políticos se ponga a trabajar. 

elblogdepacobanegas 7 de julio de 2016 

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